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Full text of "La iglesia y el estado consideros en sus relaciones religiosas, políticas y civiles"

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Magarinos Cervantes , 
Alejandro 

La iglesia y el estado 
consideros 



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m\k Y EL ESTADO ^| 



CONSIDERADOS 



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Ea s'js relacionas ¡relljiosas, políticas y civiles Mm 

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IDtr ÍD. cfloPeuxiiJto dlItacaíX/UiiOó Cetvíxuted í^ 



ABOGADO DE LOS TIBUNALES NACIONALES 








KGJWTEvüBEO, 

IMPRENTA Y LIBRERÍA DE D. JAIME HERNÁNDEZ. 

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LA IGLESIA Y EL ESTADO 

CONSIDSH^DOS 

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EL Dr. D. ALEJANDRO MAGARIK OS CERVANTES, 

ABOGADO DE LOS TRIBUNALES .NAtlONALEH. 




MOÜTl VJIíJtO. 

Imprenta del NacionaL 



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D* EÍÍOAÍiríÍLCIOtlI CERVANTES DE BIAGARlSOS 



7ufj^ una madre relijiosa y buena : — ella me muñó <,oh 
>u vida i/ muerte cristiana que donde está el espíritu del Se- 
ñor allí ecsiste la verdadera dichas la verdadera líber lad, 
<tlma de la civilización, ley eterna del pregreso y bien supre- 
mo do esta vida y la futura. 

Montevideo. hJnero 10 de 1850 



Las primeras pajinas de este ensayo, redactadas en for- 
»ia de discurso ó tesis universitaria, fueron escritas en Es- 
paña con un objeto espscialisimo y estaban destinadas al 
a Faro Nacional}^ acreditado periódico de jurisprudencia 
que se publica hace tres ó cuatro* años en Madrid con gran- 
de y merecida aceptación. 

Motivos que no es del caso especificar impidieron que 
viesen la luz inmediatamente. Esta circunstancia me hizo 
aplazar su continuación y terminación para otra época mejor. 

De vuelta á mi país, varios de mis amigos y los órganos 
de la prensa, me invitaron á que escribiese algo. Uno de 
los jóvenes orientales de mas valer formuló este deseo en 
una sentida composición que transcribo en el apéndice,. ce- 
diendo á los deseos del editor, y también como testimonio 
público de mi aprecio á D, H. G. Fajardo. Aprovecho 
igualmente esta ocasión para dar las mas espresivas gracias 
á la prensa Montevideana y Bonaerense que con tanta bene- 
volencia ha acojido mi regreso á la Patria. Sus afectuosas 
palabras son un estímulo y la mejor recompensa de niis es^ 
casos méritos lilerarios. 

He continuado pues, y terminado este ensayo, deseando 
justificar de algún modo la cordialidad y el cariño de mis 
compatriotas y amigos, entre ¡os que híiy algunos á quienes 
no tengo el honor de conocer personalmente. En vista de su 
jeneroso proceder, por insignificante que sea el mérito de 
este trabajo, me lisonjeo que la idea que ha presidido á su 
composición y las doctrinas que contiene, encontrarán eco 
en mivchos corazones. Por eso le coloco como humilde v 



VI 

piadosü ofrettáa ai pié de ía cruz que guarda las cenixas de 
raí madre ; y le dedico en su nombre á la juventud hispano- 
americana. 

Nada diré de la forma que he adoptado : en cuanto al 
espíritu y tendencias que dominan en este escrito, son una 
consecueíicla necesaria de mi manera de considerar el a^un- 
ío en sus relaciones políticüs, civiles y reiíjiosas. 

He procurado presentar esta importante cuestión de la 
Iglesia y el Estado tal como la concebía, bajo un punto de 
vista nuevo. He procurado reunir un caudal de hechos y 
observaciones y agruparlos en un solo cuadro, por el cual 
pueda el lector s\n gran trabajo descubrir la relación íntima 
que ecssste entre esos hechos y observaciones, y las causas 
de que proceden. He necesitado por lo tanto fundar mi« 
juicios, ora en la ley divina ó humana, ora en las institucio-» 
nes y sistemas gubernativos; ya en la historia, ya en las 
creencias y sentimientos predominantes en nuestra época ; 
pero no he metido la hoz en mies ajena, ni soy el eco de 
nadi6. 

No me agradan las parodias ; y aunque sé que la oriji- 
nalidad absoluta en ciertas materias es de iodo punto impo- 
lible, me adhiero en este particular á la opinión del ¡lustre 
Rossi, el ministro de Pío IX asesinado en Roma. No hay 
iutor, dice, en su Curso de Economía Folilica^ que después 
de haber reunido una soma considerable de hechos, y de 
haber deducido de este conjunto, los principios y las conse- 
cuencias que constituyen la verdadera elaboración científica 
de una materia, no oiga decir que en último resaltado no 
merece se le tributen los honores debidos á la verdaderfl 
creación, porque en tal siglo, en tal libro, se encuentra una 
palabra, una frase, un pasaje que hace mas ó menos alusión 
al mismo asunto. 

He escrito pues, creyendo seguir mis propias inspiracio- 
nes, y in pretender en lo mas mínimo dogmotizar, apoyado 
únicamente en hechos y doctrinas, que cada uno puede in- 
terpretar según le dicte su leal saber y entender. 



Las conciusiones que he deducido me parecen justas, pe- 
ro no infalibles. El lector puede á su vez deducir como yo 
las que mejor le parezcan. 

Solo me resta reclamar la induljencia de los doctos pem 
algunas esplicaciones tal vez demasiado elementale», y la de 
los indoctos por el uso de palabras técnicas, cuya significa- 
ción no les sea acaso familiar; pero enire estos dos escollos 
camina siempre el que escribe para el público, particular* 
mente en asuntos de esta clase en que las palabras y aun 
fórmulas representan un orden de ideas que no pueden sus* 
lituírse con otros vocablos equivalentes, sin eternos rodeos 
y perifrases interminables. ¿Habré acertado á descender sin 
trivialidad para los intelijentes, y á elevarme sin oscuridad 
para las personas poco instruidas ó de cortos alcances?.... 

No lo sé : pero aun suponiendo que lo haya conseguido, 
este opúsculo empezado li escribir on Europa con un objeto 
especial como ya he dicho, y en su orijen consagrado casi es- 
dusivamente á España ¿no desagradará a algunos en los dos 
hemisferios, atendida la imposibilidad de tratar una cues- 
tión semejante de un modo que llene satisfactoriamente la* 
ecsijencias de todos? 

La indiferiencia ó el aprecio de las personas competen- 
tes me lo dirán. Entretanto he procurado y creo no haber 
omitido por mi parte nada de lo que podia contribuir á estos 
fines; y si no los he conseguido, depende mas de la natura- 
leza del asunto y de mi inhabilidad, que de mi buen desee 
j arraigadas, profundas convicciones. 



r^-:it»-«s«- «xcss»- — 



í 



Hay cuestiones cuya solución siempre es diOcil, pero mu- 
cho mas en épocas de transición y fiebre revolucioncria, en 
que se disputan el campo y predominan sobre la razón y la 
Terdad las pasiones políticas, el choque de encontrados in- 
tereses, el antagonismo de ideas al parecer irreconciliables, 
y mas que todo las tiránicas exijencias del momento. 

A este número pertenece, sin disputa, la cuestión de 
que voy á ocuparme, examinando rápidamente cual ha sido 
y es el carácter de las relaciones entre el poder espiritual y 
el temporal, ó sea entro la Iglesia y el Estado. Cuestión in* 
mensa que para mi, abarca y reasume las mas graves cues- 
tiones del imperio y ci sacerdocio, en el orden reüjioso, po- 
lítico y social; y en la que por fuerza tendré que circuns- 
cribirme á los puntos en mi concepto capitales, só pena de 
traspasar con eí^ceso los límites que yo mismo me he im* 
puesto. 

Arrancaré como punto de partida del evanjelio, tratando 
únicamente de eslnbonar los hechos y sin subordinarlos á 
ningún sistema filosófico ni político. Mi norte será la fé y la 



-- 10 — 

moral cristianas, formuladas ya en todos mis escritos anter- 
riores, y muy principaimeiúe en una de mis cartas á Ik 
H Consliluciony) de Montevideo, como corresponsal de este 
periódico en Paris, y en el programa de la Revisla Españo- 
la de ambos mundos que me capo el honor de escribir y de 
la que fui principal redactor desde su fundación hasta mi 
partida de Europa. (1) 

Me propongo principalmente levantar el sentimiento 
moral y relijioso, como el mejor ausiliar de la civilización, 
de| progreso, y de las mejoras y adelantos de todo jénero. 

Me propongo demostrar el íntimo enlace y relación que 
existe entre las necesidades divinas y las humanas ; y como 
el hombre se acerca ó se aleja do su destino, de su misión, 
de su ventura, según cumple ó nó las prescripciones de su 
doble naturaleza espiritual y terrena. 

Para alcanzar este resultado, dos ideas tengo en vista : 
la iglesia católica, símbolo, espresion y regla de las necesi- 
dades del hombre con relación al cielo en primer lugar, y al 
mundo en segundo término ; y el Estado, símbolo, espresion 
y regla de las necesidades dei hombre con relación al mun- 
do en primer lugar, y al cielo en segundo término. 

Procuraré indagar que leyes determinan el desarrollo y 
la marchíf de los fenómenos sociales que han nacido y nacen 
inmediatamente de esos do3 hechos innegables; peroné 
falsearé ia historia ; no intentaré esplicar lo que es inespli- 
cable; no deduciré de un principio cierto consecuencias 
falsas ; ni daré tormento á las palabras, á los sucesos y á las 
cosas para que vengan á encerrarse en un molde que no 
existe sino en la cabeza de los que escriben, como les suce- 
de á todos los fundadores de sistemas, á todos los que han 
abrigado la ilusión de creerse infalibies, y poseer única y 
ssclusivamente la verdad. 

Asi pues, solo trataré incidentalmente y con lo que diga 



Í1) Todos ios núoidros que dú lleven b nota al pié corros 
añn t\ SDéndka. 



-ponden al apéndka. 



^ 11 ~ 

relación á mi asunto de Dios y ei hombre, y de sus íermí*^ 
nos correlativos : esta vida y la futura, ei espíritu y la ma* 
teria, el cuerpo y el alma, el idealismo y la realidad, el in- 
dividuo y la Patria, el instinto y el raciocinio, el egoísmo y 
el deber, lo continjente y lo necesario ; el pasado, el presen- 
te y el porvenir en sus armónicas y ai parecer encontradas 
evoluciones, llenando el tiempo y el espacio con la lucha ji- 
gantesca á que parece entregada ía creación entera desde 
que salió de las manos de su Hacedor, como lo ha espresade 
admirablemente en cuatro versos un poeta, de esos que al 
decir de ios truditos adivinan por intuición Jas mas recóndi- 
tas verdades. 

« Es en su vida el universo entero 
Ilimitado campo de pelea ; 
Cada elemento un triste prisionero 
Que su cadena quebrantar desea.» 

La lucha eiijendradora de la armonía, que e.<ítá en tod«? 
partes, al rededor del mundo, dentro del mundo, fuera del 
mundo ; en los millones de planetas que alternativamente 
alraidos y rechazados jiran en el vacio sin encontrarse, cons 
tituyendo el orden universal ; en las revoluciones dtmósferi- 
:as que mantienen las condiciones vitales para los seres or- 
ganizados ; en las fuerzas creadoras y destructoras que con- 
:íervan el equilibrio entre la vida y la muerte ; en la eterna 
metempsícosis délas sustancias corpóreas é incorpóreas, ge- 
neradora de los infinitas combinaciones que desde la tierra al 
mineral, del mineral á la planta, de la planta al animal y del 
animal al ser intelijente, convierten nuestro globo en un 
inmenso elaboralorio ; finalmcíite, en el hombre que pelea 
contra la naturaleza, contra los demás hombres y contra si 
mismo, siendo ora vencedor, ora vencido, en tan reñida y 
desigual batalla. En el hombre, titán rebelado, ánjel caido, 
que en sus raptos de vértigo y locura vuelve su semblante 
airado, hasta contra su Dios, y le interroga frenético, y n^^ 



— 12 — 

pediendo comprenderle prorrumpe en blasfemias y grit05< 
satánicos, y le escarnece y maldice y le niega como el verdu^ 
go de su razón, como el espectro de su conciencia, (1) 

Aquí se levantan todos los pavorosos problemas que aji- 
lan á la humanidad ; y se presentan en tropel, — como en la 
embocadura del occeano ¡as revueltas aguas de innumera- 
bles rios, — las diversas teodiceas y los diversos sistemase 
que han dado nacimiento. 

¿Quién és Dios? ¿dónde está? ¿qué ha hecho antes y 
después de la creación? ¿Cómo puede concebirsele inmóvil 
é inactivo durante una eternidad? ¿Si el h mbre no ha pe- 
dido la ecsistencia por qué dársela? ¿Qué hay mas allá de 
la vida? ¿Cómo se concilla la unión del espíritu con la ma- 
teria? ¿El pecado orijinal con la responsabilidad y con la 
perfección que se nos ecsije? ¿El libre albedrio con las sen- 
saciones que enjendran ó despiertan nuestras ideas y con las 
influencias interiores y esteriores que determinan nuestros 
actos? ¿Baja el mal de arribo, ó está en el hombre, ó en la 
sociedad, ó en la forma de gobierno, como pretenden, ora 
declarándose en un sentido, ora en otro, cada una de las es- 
cuelas teolojicas y políticas? ¿Puede el hombre encontrar la 
verdad, que es el sumo bien, y una vez encontrada, amarla 
y practicarla, y deducir de ella la regla de sus deberes pcira 
con Dios, para con sus semejantes, y para consigo mismo? 

En vano interrogo los libros de los sabios; (y he.leido al- 
gunos.) Para cada solución mas ó menos satisfactoria, en- 
cuentro diez objecciones que dejan en pié todas las cuestio- 
nes, cuando no las resuelven de un modo negativo. 

No nos irritemos, ni desmayemos por eso : la ciencia 
especulativamente considerada, no tiene objeto. La ciencia 
observa^ espono, esplica : el arle es quien aconseja, pres- 
cribe, dirijjB. Procedamos pues á la manera de Tácito sine 
ira el studio—sln prevf.ncion ni saña. 

(1:) Paiflbns do ProirUjon,— -Véase la ñola 2. 



— 13 — 

¿Tiene el hombre como asienta Locke (1) la facultad de 
deducir verdades desconocidas de principios ciertos?... ó co* 
mo pretende y ha demostrado Kant, la razón del hombre to- 
mada en si misma se contradice inevitablemente, y todos los 
raciocinios encierran una insoluble antinomia? Cuando el 
filosofo de Koennisberg rechaza todos los sistemas y ataca á 
la vez á los dogmáticos y á los escepticos y les pregunta 
¿cuál es la relación del conocimiento con el sujeto que cono- 
cen, ó lo que es lo mismo : el conocimiento racional es po- 
sible?.... Cuando saca por resultado de todas sus investiga- 
ciones que la relación de las cosas que son en si y los fenó" 
menos, ó como dijeron sus discípulos: la relación éntrelo 

objetivo y lo sujetivo es inespiicable ¿será verdad que 

desdeiiando el hombre el mundo esterior y buscando en si los 
principios de la razón pura, no acierte á encontrar las reía*" 
cienes de los fenómenos con la sustancia, puesto que en vis- 
ta de la ineíicacia de todos sus esfuerzos, apesar de su gran 
genio y portentosa erudición, el primer metafísico de los 
tiempos antigaos y modernos declara terminantemente: 
« que no formando Dios parte del Universo y siendo por el 
contrario su causa, no podemos atribuirle resultados pro- 
ducto de la esperiencia, es decir, del conocimiento de las 
cosas posibles ; de lo que se deduce que no podemos tener 
de él mas que conceptos trascedentales, puros, y de un va- 
lor universal?....)) 

Antes Pascal habia dicho : 

«Si hay un Dios, es infinitamente incomprensible, por- 
que careciendo de límites y de partes, no tiene niagun pun- 
to de contacto con nosotros. Por consiguiente, somos inca*» 
pac^s de conocer no ya lo que es, pero ni aun siquiera si 
realmente existe.)) 

En pos de los escepticos y deístas que relegan á Dios, 
especie de sombra indolente y solitaria, al fondo de su in- 
móvil eternidad, vienen los ateos; y el judio panteista Ba- 

(1) Essay on lluipan underslanding. 



— 14' -^ 

mjeh Spinoza formula en estos términos su profesión de íé 
en el orden político. 

(( Ya que hemos hecho ver, dice, que el derecho natural 
lío está determinado sino por el poder de cada uno, se sigue 
que cuanto se cede á otro de este poder, otro tanto se le ce- 
de necesariamente de su derecho, y por consiguiente aquel 
que dispone de un derecho soberano sobre todos, tiene un 
poder soberano para obügarlos por la fuerza y para conte- 
nerlos por el temor del último suplicio, tan temido jeneral^ 
mente Asi procurará conservar ese derecho mientras tenga 
el poder de ejecutar su voluntad ; de otro modo su autoridad 
seria muy precaria ; y cualquiera que se creyese mas fuerte, 
no se consideraría obligado, — á menos qae voluntariamente 
lo quiera — aprestarle obediencia. La sociedad donde domi- 
na este derecho, añade Spinoza, se llama democracia, U cual 
por esta razón se define así : una asamblea jeneral que po- 
see en común un derecho soberano, sobre todo lo que está 
í?ujeto á su jurisdicción. De donde se infiere que el sebera-»' 
no no se encuentra limitado por ninguna ley, y que todo*- 
están obligados á ejecutar sus órdenes, aun las mas absur- 
das porquQ la razón nos aconseja escojer entro dos males ej 
menor. \> 

Es de ver como estes pretendidos amigos de la humani- 
dad, tergiversan los mas claros principios y degradan y en- 
Yilecen a! hombre. No obstante, la lójica inflexible de los 
hechos, los [leva á sentar verdades tan amargas y desconso- 
ladoras como esta. 

«Guando la fuerza del soberano prevalece, dice el abatí 
Lamennais, tenemos el despotismo, r— cuando la fuerza del 
pueblo, la anarquía. Solo veo un cambio de la fuerza, que 
en último resultado queda arbitra de la sociedad. Si el pue- 
blo es mas fuerte derribará al soberano desde que se le an- 
toje, y todos los partidarios de la soberanía del pueblo le 
conceden este derecho, que no podrían negarle sin inconse- 
cuencia. 

Si la fufría por %\ contrario está d« parte del soberano. 



-^ Í5 - 

estrechará los lazos del pncblo á medida de sus capricho» o 
temores, como se remacha la cadena do un anima! feroz te- 
miendo ser devorado por él.» 

Owen, Fourrier, St. Simón, y antes que ellos otros filó- 
sofos antigiios, padres del socialismo y del comunismo, hi- 
jos de la misma impla negación, hablan proclamado la au- 
tonomía de las conciencias independientes, tanto vale decir,. 
sin ley moral. 

Levántase Proudhon y proclama la autonomía de h)§ 
sociedades an-arquicas — 6 las que es lo mismo, sin autoría 
dad, sin poder que las domine. 

Todos los hombres son ¡guales y dignos, dice Mr. Proud^ 
Hon en sus Confesiones de un revolucionario : la sociedad- 
pues, asi por su naturaleza, como por las funciones á que 
está destinada, es autonómica que tanto quiere decir como 
incfohernahk. Siendo la esfera de actividad de cada ciuda- 
dano el resultado, por una parte de la división natural del 
trabajo, y por otro de la elección que hoce de una profesión,, 
y estando constituidas las funciones sociales de tal manera 
quQ produzcan un efecto armónico, el orden vjene á scr©í 
resultado de la libre acción de todos : de donde saco la ne- 
gación absoluta del gobierno. Todo el que pone en mi su 
mano para gobernaríne es un tirano y un usurpador; yo le 
declaro mi enemigo! 

Siguiendo este principio en sus consecuencias, y á éi van 
á parar los que entienden la libertad como los socialistas y 
los comunistas, (que son infinitos) se proclama que el esta- 
do mejor del hombre, que su estado natural y lójico, es el 
libre y franco desarrollo de todos los instintos, de todas las 
pasiones, de todas las conscupiscencias, de todas las hieles 
qae fermentan en su corazón. La pelea á muerte de todos 
contra todos, bellum omnium contra omnes, virilmente ar 
ticulada por Hobbes, el sombrío apóstol de la tiranía, el tris- 
temente celebre autor del Leviathan. 

La confusión subiría de punto, si pretendiésemos armo - 
uiíar aquí en un síntesis que abarcase todo lo «puesto fa^i 



— 16 — 

ideas relijiosas contenidas en la Divina comedia del Dante, 
en los dramas de Calderón, en la Messiada de Klopstock, 
en el Fausto de Goethe, en elManfredo de Byron y en la 
Historia de la filosofía de Hegel. 

No obstante, para desbaratar los anteriores argumentos, 
basta recordar las principales razones alegadas por Mr.Tilot- 
Lequesne en su polémica sobre el derecho con Emilio Gi- 
rardin. 

En el mundo físico las relaciones necesarias que se deri- 
van de la naturaleza de las cosas ; relaciones que la razoii 
descubre y que no crea, constituyen las leyes que rigen á 
los cuerpos, y á las que los cuerpos obedecen fatalmente, 
porque son ciegos. 

En el mundo moral, las relaciones necesarias que se de- 
rivan igualmente de la naturaleza de las cosas, relaciones 
que la razón descubre y que no crea, constituyen las leyes 
que rijen á las intelijencias libres y por lo tanto responsa* 
bles. En su consecuencia ellas pueden cumpliré quebrantar 
libremente esas leyes, haciéndose acreedoras á recompensa 
ó castigo. 

Sentadas estas premisas, sale de ellas el orden universal 
de la creación, anterior y superior á la razón del hombre: 
y el orden no puede comprenderse sin la preexistencia de 
leyes que lo determinen y de una intelijencia suprema que 
formule estas. {!) 

Entonces se esplican por si mismos una multitud de fenó- 
menos incomprensibles. 

Hay una especie úe atmósfera moral, — dice un distingui- 
do escritor alemán hablando del poder de la imajinacion, — 
que circunda la tierra lo mismo que la atmósfera material ; 

(1) En esle senlido y dando a b palabra Ifyes la signifícacion 
mas lata, Mnnlesqmeu en su Espíritu délas Leyes no vacila en 
afirmar que hasia la divinidad liene las suyas, que se derivan de 
su naturaleza y de las relaciones necesarias qae existen entre 
aquellas y esla. 



-~ 17 — 

en esa atmósfera iTipnlpable hay un flujo y reflijo de ideas 3 
lie senumietitos que flotan invisibles por el aire, ideas y seu- 
tímienLos que el hombre respira, se asimila y trasmite síjí 
tener c'ara conciencia de ello. Esa atmósfera moral pudiera 
denominarse a/ííia es ierior del mundo ; el espíritu del siglo 
■es su reflejo; la moda es su mirage, su hiperdolon ó enga- 
ñosa apariencia. Ninguna esfera social se libra de los efec- 
tos del secreto influjo que la opinión pública ejerce en la* 
intelijencias mas libres; pero el medio moral que obra en 
los individuos pjiede á su vez ser modificado por la acción 
de una fuerza individual. El valor de un héroe se trasmite 
como un fluido magnético ; el miedo tiene una especie de 
poder contagioso; la risa y la alegría se comunican de una 
manera irresistible, apoderándose del hombre mas apático 
y obligándole á deponer el ceno ante el espectáculo de una 
alegría franca y bulliciosa ; los bostezos y el fastido son co~ 
mo epidémicos, viniendo á producir un efecto parecido al 
que causarla la presencia de un traidor en medio de una 
reunión de amigos. ¿Quién se negará, pues, á creer que 
personas completamente sanas han podido aiesligunr, since- 
ramente y de buena fé la realidad de ciertos piodijios y de 
ciertas apariciones? Si, la fé es una fuerza omnipotente, la 
í'é obra maravillüíí, y es capaz de mover y trasportar los mon- 
tes. Tened á vuestro hermano por hombre de bien y lo se- 
rá ; confiad en el que no es biicr.o mas que á medios, y se 
hará hombre de bien por entero ; suponed aptitud en vue«^ 
tro discípulo, y aptitud desarrollará ; si le calificáis de inca'- 
p-iz, incapaz y rudo se quedará. Persuadios de que vuestra 
salud es cabal, y os pondréis bueno ; porque la naturaleza 
no es mas que un écc del espíritu, y la ley suprema que la 
rige es que la idea es la madre del hechoy y la idea amolda 
el mundo á su imájen y semejanza. (Ij 

Kn esto me fundo para rechazar como inconnplelos lo- 
dos los anteriores sistemas y refujiarme á los brazos de la 



(1) Barón E, de Feucbíerslebfir».— ///^íeni dd alma. 

2 



— 18 -^ 

ligíésia católica, que proclama la inmortalidad del alma, el' 
triunfo de definitivo de la ¡dea, y nos muestra el orijen deF 
hombre en la nada y su fin en el amoroio seno d^ Jesu- 
cristo. 

Ll&gado á esto punto, no se mas, ni quiero saber maü 
queá Jesu*CrÍ8to — yeso crucificado como decía el apóstol. 
Yo lé que donde está el espíritu del señor está la libíjr- 
tad. (1) 

Necesito un punto de partida : si me pongo h raciocí- 
isar estoy seguro que me perderé en un mar de confusiones, 
ú no voy á parar vía recta, de siiojismo en silojismo, a la im- 
piedad y al ateísmo. 

Todos los que han profundizado estas difíciles materias,, 
saben que el mismo catolicismo que tantas ventajas 11 va á 
todas las relijiones y filosofías, la mejor de todas sin disputa, 
ilaquea por su base y se desmorona, cuando la flaca razón 
del hombre pretende esplicar sus impenetrables misterios ; 
cuando no los acepta sin discusión ni exam.an. Nada lo 
prueba mejor que el hermoso libro del ilustre Marques de 
Valdegamas; (2) libro que al ver la luz causó gran sensa- 
ción éu la República literaria ; que reúne Á bellezas de pri- 
mer orden, defectos capitales, que no lo parecen tanto mer 
ced al esclarecido talento y á la ha ilidad de! escritor, á 
quien t^ngo como habüí^ta y hombre de estilo, por el prime- 
ro de los modernos escritores españoles. 

Necesitari» enlrar en una larga disertación para probar 
que muchas veces ni la revelación, ni ¡a Biblia, ni !as tradi- 
ciones paradisiacas, ni la época coetánea de los tiempos fabu- 
losos á que alude con harta frecuencia, ni la teolojío, ni la his* 
íoria, ni la ciencia, ni la razoo justifican y abonan sus aser- 
ciones. 

Y no es esto solo : tan grande, bello y sublime como es,, 
cuando desciende de las verdades reveladas á los sofisma» fi- 

íjj S-in Pebiü, ... 

i2) Encavo sobre üI cavoÜc-'SíDO, >1 !ibí.?fii!iiíuJO y e! sociai^mo. 



— 11) _ 

Fosóficos, pnra combatir los errores de los soeiííligtas y do ^o* 
que él cree c nemigos del dogma católico ; es débil, contra- 
dictorio, silojisticü, ciianJo pretende penetrar en !a escFicii 
misma de los misterios y hacerlos evidentes á todos : 
cuando en sentido opuesto dejándose arrastrar de su pndcro- 
^a tmaginacion, y sig(!Íendo las huellas de Maistrc, el autor 
de Jai Veladas de San Poíersburgo, incurre en el mismo de- 
fecto que tanto critica á sus adversarios. 

Gomo coníprobante de lo que avanzo, ruego t mis lectores 
áe dignen pasar la vista por el apéndice. Allí encontrarán 
\ot definición ó paráfrasis del misterio de la Trinidad (i) to- 
mada de los Escolásticos, aunque el autor no lo dice, y que 
lejos de esclarecer la sencilla manifestación del cntecismc. 
que se resuelfe en afirmaciones y negaciones absolutas, )-x 
hace todavía si cabe, maij obscura é inconcebibre 

Lo mismo sucede cuando confunde en un solo miembro Fa 
igualdad, la libertad y la fraternidad, equivalentes en su ma^ 
ñera de raciocinar, á la solidaridüd humana, política y do- 
mestica, 

. Lo mismo cuando rá á parar de consecuencia en conse- 
cuencia á la necesidad de la efusión perpetua de la sangre 
humana^ (1) desconociendo hasta ese punto el espíritu y la 
letra del eTangulio; como demostraré oportunamente 

Lo mismo cuando se imagina y afirma paladinamenti- 
que suprimida la pena de muerte en los delitos políticos 7 
comunes, procede la supresión de toda penalidad humana . 
Como si practicando este absurdo pudiese subsistir la socie 
dad, como si el lejislador clasificando las acciones y estabie- 
tiendo prohibiciones, no crease en cierto modo los delitos ) 

{\] Evideniemíínití al iraanr est^s hneas^ td t-utcr ionia en vij- 
Ui Ja s'gwienle prnposit:ion dol conde ¡laM-islro, orij endo la guerra 
cíi derecho y exaizandola en estos leoninos : « t'S|)ticaílm©, sino, 
(;.)rqatí ¡o qufi hay di> mas honroso [honorable dice el t<-slo) en el 
MUJ5:do, begim el juii* o drf lodo el lifiaja bc::35- O, f? el dertck^ 
Ut vffífT h sangra inocente.jt 



- 20 - 

ao estuviese obligado para asegurar los derechos á estable- 
cer las penas y á hacerlas efectivas como su salvaguardia ! 

1^0 mismo, en fin, cuando renegando de la ley del pro- 
greso, borrando el iris de alianza quo trazó el dedode Dios 
entre las nubes después del diluvio, esclama : 

« A las teorías sobre la penalidad de las monarquías ab 
solutas eíi sus tiempos decadentes, se siguieron las de las 
escuelas liberales, que trajeron las cosas al punto y trance 
en que hoy las vemos. Tras las escuelas liberales vienen las 
socialistas con su teoría de las insurrecciones sanias y de los 
delitos heroicos. Ni serán estas las últimas, porque allá en 
los lejanos horizontes comienzan á despuntar nuevas y mas 
sangrientas auroras. El nuevo Evanjelio del mundo se está 
escribiendo quizás en un presidio. El mundo no tendrá 
sino lo que merece cuando sea evanjelizado por los nuevos 
apóstoles.» 

/ I Y es este el mismo escritor que con una modestia an- 
jelical, con una majia de estilo arrobadora, reconoce la m- 
signe ceguedad de suponer que el hombre puede ver claro 
en estos hondos misterios, cuando el solo proposito de que- 
rer apartar los velos divinos que los cubren, le parece necia 
arrogancia, desatino y locura ! cuando cree que no hay rayo 
de laz tan poderoso que baste á iluminar lo que Dios escon- 
dió en el impenetrable tabernáculo que está defendido por 
las divinas tinieblas / 

Esto piensa y esto escribe, y antes apropósito del miste- 
rio déla Encarnación que intenta esplicar y no esplica, por 
que no hay la menor anolojía entre lo que él llama la dig- 
nidad humana y el verbo hecho carne en el seno de una 
mujer, virgen antes del parto, en el parto y después del 
parto , asegura dogmáticamente que se admira y con- 
funde al ver que haya quien piense que se necesita una fé 
menos robusta para creer el incomprensible misterio de la 
dignidad humana, que para creer en el misterio adorable 
de un Dios hecho hombre por la virtud del Espíritu Santo 
€Ílíis enlra&as de una vírjen. Esto prueba, añade, que el 



- 21 — 

hombre vive siempre sujeto á la fé, y que coando parec-fc 
que doja la fé por su propia razón, no hace mas sino tlcjar 
ía fé de lo que es divinamente misterioso, por la fé de ío 
que es misteriosamente absurdo. 

En esta úllima consecuencia — que es esactísima — sin ad- 
vertirlo se condena á sí mismo el célebre autor del Ensayo 
«obre el catolicismo, el liberalisino, y el socialismo. 

Yo, sin pertenecer á su escuela y á su comunión abso- 
lutista, hijo de la democracia,-— arca santa que no se hun- 
dirá en el cataclismo de las revoluciones, porque guarda en 
su seno los futuros destinos de la humanidad, — pido á mi 
vez luz y ayuda al evangelio y á la iglesia, y con frecuencia 
saco deducciones diamctn^mente opuestas í\ las deMaistre, 
Valdegamas y sus partidarios. . , _ Vi' ,' i 

No espongo la doctrina y á ella ajusto los hechos. íínr/o 
los hechos tales como se presentan sin negarningano dejos 
principios fundamentales de la iglesia; luego los Jqzgd y 
avaloro en la balanza de la doctrina católica. Tengo repug- 
nancia invencible á las ficciones, y odio particular ai lecho 
de Procusto. He visto tantas veces mutilados mis pobres 
escritos .' , , * 

Opino que no debe perderse nunca de vista que la so- 
ciedad no se compone de filósofos y teólogos, sino de hom- 
bres á quienes es preciso aceptar tales como son y no espe- 
rar mas de ellos ni pedirles mas que lo que racionalmente 
puede y debe csijírseles. Lo contrario equivale á edificar 
sobre arena un pidacio que al menor embale cae portii rrn 
convertido en polvo. 

En mis obras y palabras, quiero antes que todo ser hom* 
bre de mi siglo: hijo de la América libre ó indí^pendiente; 
obedecer á las nobles y santas creencias que elevan el alma 
y el corazón en alas de la fé. No sé abatirme por la desgra- 
cia ni por males transitorios — y aunqu^) los vea levantar 
triunfmtcsln cabeza en todas partes, aunque sienta sus efec- 
tos, creo con los estoicos que la voluntad.es supeiior íi ellos. 
Les digo lo que aquel mártir al tirano que le atormentaba: 



- 22 -~ 

iodo tu poder do alcanza á que yo no píense ni crea !o que 
pienso y creo. Puedes matarme ; pero no obligarme á qae 
(iónsidere las cosas, á que sienta y opine como tú. 

Lfí conciencia, como la mano que rechaza por instinto ai 
escorpión que la oiuerde; como el genio que condenado á 
caer de rodiilas por la ignorancia fanática y ciega, consentís 
en cerrar los ojos á la luz y negaba la verdad, lanzando aquel 
grito sublime: E pur si muove ! h conciencia y la razón, 
en las mismas garras de sus verdugos, involuntariamente 
protestan contra el triunfo definitivo del mal, contra el 
error, contra la violencia y la mentira I 

Por eso, marchando por sendas opuestas aunque conver^ 
Jentes, voy á encontrarme en todas mis conclusiones, con el 
principio proclamado por el Marqués de Valdegamas, y que 
si habia sido ya formulado, siglos hace, por los padres de la 
iglesia, ninguno á mi entender logró presentarlo coa tanto 
reíieve y novedad, líelo aquí : ^ 

Al hombre le ha sido dado poner á sus pies la sociedad 
desgarrada con sus discordias, echar por tierra los muros 
mas firmes, entrará saco las ciudades mas opulentas, der- 
ribar con estrepito los imperios mas estendidos y renombra- 
dos, hundir en espantosa ruina las civilizaciones mas altas, 
envolviendo sus resplandores en la densa nabe de la barba* 
ríe : lo que no le ha sido dado, es suspender por un solo día, 
por una sola hora, por un solo instante, el cumplimiento 
infalible de las leyes fundamentales del nmndo físico y del 
moraU constitutivas del orden en la humanidad y en el uni- 
verso : lo qne no ha visto ni verá el mundo es que el hom- 
bre qae huye del orden por la puerta del pecado, no vuelva 
á entrar en él por h\ de la pena, esa mensajera de Dios que 
!alcan2U3*i todos con sus mensajes. 



u 



La primera consideración que me asalta, al echar una 
•ajeada sobre la historia, es la lucha constante de los dos 
,principios teocrático y civil, cuyas fuerzas lejos de equili- 
brarse, desde su oríjen tienden á absorverse recíprocamente 
-predominando ora ¡a una, ora la otra ; pero á medida que 
nos elevamos, y seguimos de siglo en siglo y de zona en zo- 
na las evoluciones del espíritu humano, al través del flujo y 
reflujo de los acontecimientos y de su mutua acción y reac- 
ción, no podemos menos de reconocer la marcha ascendente 
de aquellos hacia un fin superior, hijo de la ley suprema que 
los lleva irresistiblemente á establecer la línia divisoria con 
que la relíjion, la moral y la política de consuno, separan los 
intereses profanos y transitorios de este mundo de los celes- 
tiales y eternos. 

El uííjido de Dios en el siglo XIX nopuedeserel Obispo 
de los godos, ni el Abad de la edad media, ni el Prior délos 
monasterios y estintas comunidades de frailes. El negro ró^ 
page que le cubre, indica que su cuerpo como su intelijen- 
cia lleva el lulo de las brillantes miserias de la vidaá que ha 
renunciado para siempre. Solo queda dtl hombre purificado 
.por el fuego de la gracia, el amor divino, la humildad cris- 
tiana, la castidad ejemplar, la caridad sublime y la abnega- 
ción inmensa, inagotable, infiriita / 

Natural era que en ios primitivos tiempos el sacerdote 
fuese la cúpula del edificio social y dueño del poder y de b 
ciencia dictase como lejislador sus preceptos, y en lodo \ 



- 21 ^-~ 

para todo simbolizftse en sa parsorí.i h doble supramacia re- 
VipoTA y civil. El P.iginismomuUiplicaníIo sns dioses a! infi» 
Oiito, div¡niz:inci » á los héroes y á lis pasiones humanas, or- 
ganizaba í;i sociodiid segan las bases da su teología ; y esta, 
4^ümo creada ó interpretada por la clase sacerdotal, tendía 
íiiticesarJamente á establecer su dominio sobre las demás. 

Por er?o en la historia del mundo índico, asirio, persa, 
griego ó romano, se vé al sacerdote figurar en primer térmi-* 
8iiO durante ía infancia de la sociedad. \í\ hombre no incü* 
jia ía frente ni obedece sino al que le habla en nombre del 
Altisimo; y los monarcas mismos no se presentan á sus pue- 
blos, sino como delegados de otro poder mas alto. Non est 
poíestasnise a Deo, No es otro el orijen del pretendido de»» 
rícho divino de ios lleyes. 

Y ío que este derecho divino signiíica, nos lo ensena el 
íÍOTpoiismo que pesa sobre los pueblos modernos donde to- 
*Íá^Éa se conservan en todo su vigor las tradiciones de! pon- 
tificado, ejercido por los jefes supremos de la Nación, jefes 
é la vez dal Estado y de la iglesia. El Emperador de la 
"China y el Czar de todas las Rusias son los dos ejemplos mas 
notables de ese monstruoso maridaje, expresión de las nece- 
ssdades de otro tiempo, y hoy inmoral, absurdo, incompati- 
Me con los principios que ostenta en sa bandera el sigjo 
XÍX, por mas que digan los que quieren rstaurar momias 
i;|uc la acción del tiempo ha convertido en polvo, cadáveres 
galvanizados á quienes la electricidad hace rensedar la vida, 
pero que están yertos y llevan la corrupción y la muerte en 
ííiis entrañas ! 

Al expresarme de esta rnanora no obedesco ciegamento 
á mis siíupatías por la causa sania do la libertad. Todo se 
encadena en e» mecanismo de las instituciones como en la 
manifestación vital de las sociedades. Necesilase que los 
hombres y las cosas eslén coló- ados de cierta manera para 
que se vea moj >r el lazo qiie I s une y resalten sus bellezas 
ó defectos. El gobierno ú^ los Czares, que no contento cotí 
ííjerceruna antoridad oraníojoda sobre las cosas temporales, 



\ 



— 't5 - 

pretende también estender su jurisdicción á las divinas, es 
un remedo de la teocracia pagana, que me espUca muchos 
misterios, que no espücan ni comprendía ántos en las his- 
torias que he Icido. 

Ahora sé porque los empcrador'S romanos acababan 
por contraer la locura cesárea ; ahora só porque algunos 
papas, porque Al jandro, Cesar, Carlos V, Enrique Vill, 
Pedro el Grande, Federico do Prusia, Napoleón 1, el Czar 
Nicolás y todos los hombres que han ejercido una autoridad 
sin límites, han acabado por creerse semi-dioses, y cometi- 
do errores y aun crímenes verdaderamente incomprensibles 
en personas de su elevada iníelijencta. Los cegaba su am- 
bición, se dice. Pueril raciocinio que se contenta con se- 
ñalar el efecto sin remontarse á la causa. 

La causa para mi es que nadie en el mundo usurpa im- 
punemente los atributos de la Divinidad, sin descender, mas- 
ó menos, a! estado de Nabuconodosor, de bíblica memoria. 

La anatomia comparada, señalando el modo como eí ti- 
po humano va degradándose hasta confundirse con el de 
ios seres inferiores del reino animal, da una ¡dea de la me- 
tamorfosis que se verifica en la razón y en las cualidades 
morales del desdichado que asi provoca la cólera celeste. El 
hombre ya no es hombre ; es una fiera desbocada, es un 
demente poseido por las furias infernales. 

¿Y cómo nó?. . . criaturas de carne y hueso como el 
resto de los humanos, con las mismas n¡is{ír¡as y pasiones: 
pero con una dosis mas grande de orgullo — la pasión de 
Luzbel — y medios sobrados para realizar sus delirios ; al pa- 
sear sus miradas en torno do sí, y no encontrar nada que 
^os contenga, nada que les sirva de anleuuiral, nada fuera 
del alcance de sa brazo, el veríigo se apodera de ellos; y 
entonces Calígula se hace tirar en un carro pornjujeres des- 
nudas y nombra con>ul á su caballo ; Ner(m canta á la luz 
del incendio de Koma y desea que el jénero humano tenga 
una sola cabeza para gozarse en cortarla : Alej ajidra traspa- 
sa el pecho de su mejor amigo en una orjia en Babilonia; 



— 2G ~ 

Cesar arrasa y estermina pueblos enteros en las Galias ; e\ 
papa Inocencio llj estendiondo 1a diestra hacia el Norte, 
grita : sal y oh hierro I de Ja vaina y no vuelvas á ella has- 
ta haber esterminado al úJlimo infiel I Julio II asalta espada 
en mano las fortalezas enemigas; Alejandro Borjia estre- 
cha en sus brezos á su bija Lucreoia ; Carlos V ordena el 
saqueo de Roma y las iniquidades de Fíandes, y muere en 
un claustro solitario consumido de tedio y remordimientos ; 
Pedro el Grande civiliza á su pueblo y no acierta á civilizar- 
se íi si mismo : se abandona á la ira, á la venganza, á la 
embriaguez : se divierte en cegar con sus imperiales manos 
la cabeza de los ^infelices á quienes condenaba á morir ; y 
Uevó sa ferocidad hasta el punto de dar tormento y hacer 
decapitar á su propio hiijo, no pudiendo arrancarle la confe- 
sión de delitos que no habia cometido. Hay quien asegura 
•que él mismo ejecutó la sentencia/ 

Enrique Vlli, viéndose contrariado por el papa León X 
que trató en vano de poner un freno á sus pasiones desorde- 
nadas, se divorcia de Catalina de Aragón, se hace nombrar 
por e! parlamento jefe de la iglesia de Inglaterra, y contrae 
matrimonio, y al poco tiempo de casado, repudia ó mata á 
sus diversas muj res. (1) Redacta el mismo los artículos de 
ífé del nuevo cijuna, confisca sus bienes á los monasterios y á 
una parte del clero, y bajo pena de horca monda que todos 
sr,s subditos adopten la relijion protestante. 

Federico de l^rusJa viola los trntados, promueve guerras 
injustas y mantiene siempre viva la hoguera de la discordia 
<^n Aleraañia á fin de engrandecer sus estados ; Napoleón fu- 
sila al tiuque de Enghien en los fosos de Vincennes, se apo- 
xlera trüidoramente déla España y empr<3nde la funesta 

¡1) Después do Cníalina íle Arajíon, ademas do oira« q»eiid<i« 
-siiballorn.'is, ocnparon e! l^.-ho do csle monarra disnlMioó i.npío, 
Ana -Bolnn», Jii;»íia Seyfíioar, Ana de Clcvfs, C^laltua H;>W«r'{ «y 
Caialii'.a Parr, viuda do Lord LaIim^'^. Pf'MXíiba \n Ennque VJM 
en darlt» uno surcsara, cuanda espiró «127 de Enero úo i'á\^^ 



— 27 — 

campa&a de Rusia ; finalmente, el €zar Nicolás continúa H 
•sistema político de «us antecesores, ensanchando sus fronte- 
ras á expc/isas de los pais js comarcanos y en particular de 
la Turquía ; redobla la opresión y el martirio de la desdi- 
chada Polonia y promueve la formidable alianza anglo-fran- 
cesa . 

Otro cumplo mas terrible acaso que los anteriores, po- 
día haber citado en apoyo de la teoría que voy desenvol- 
viendo. La República Argentina sabe hasta donde puede 
llegar la demencia y el desenfreno de un hombre que se 
cree autorizado para no dar cuenta á nadie de sus acciones 
en la tierra. En cuanto al cielo.... los tiranos son ateos. 

Los partidarios del absolutismo pueden interrogar al 
proscripto que, como perseguido por algún espectro invisi- 
ble, se pasca febril, receloso, lleno de congoja y miedo $)or 
las playa de Southampton, volviendo sin cesar los ojos á 1« 
ola que murmura una amenaza y vá i) espirar en las opue.*;- 
tas riveras del Atlántico. 

Al lado de los tiranos olvidados de la ley divina : Ptr 
me reges regnanl, el condilorcs Icgmn justa decernunt; ií) 
veo á los individuos y á los pueblos sumidos h.isla la gar- 
ganta en el fango del envilecimiento ir rodando despenados 
al abismo, sordos á la voz del cielo^ hasta que rebosan lan 
copas de las iras celestiales Veo el cuadro trazado con tan- 
ta valentía por D. Juan Donoso Cortés con motivo del abuso 
de la facultad— para él trnnenda y ha»ta cierto punto incon- 
cebible — ^^el libre albedrio otorgado al hombre. No me 
agrada repetir con distintas palabras y quizá mal, lo que 
otros han espresado perfectamente ; y mucho menos enga- 
lanarme con ajenas plumas imitando al grajo de la fábula. 
lié aquí sus propios conceptos. 

Tended los ojos, dice el escritor citado, por toda la pro- 
longación de los tiempos, y veréis cuan turbias y cenagosaf 
vienen las aguas de ese rio, en que la humanidad vá nave- 

¡J) Salomen. — Proverbios cap. 8. vori. Í5. 



^~ 28 — 

■^^gando. Allí viene haciendo cabeza de motín Adam el re 
beíde, y luego Caín el fratricida, y tras él muchedumbres de 
jeiUes sin Dios y sin ley, blasfemas, concubinarias, inces- 
tuosns, addilcras; los pocos magnificadores de Dios y de su 
gloria olvidan al cabo su gloria y sus magnificencias, y to^ 
dos juntos tüTiulláan y bajan en tumulto en el ancho buque 
que no íione capitán, las turbias corrientes del gran rio. 
con espantoso y airado clamoreo, como de tripulación su- 
blevada. Y no saben ni á donde van, ni de donde vienen, 
ni coiiio se llansa el buque que los lleva, ni el viento que 
los empnjíí. SI de vez en cuando, so levanta una voz lúgu- 
bremente profética, diciendo: ¡Áy de ios navegantes I ; 4y 
del buque 1 ni se para el buqi^c ni la escuchan los navegan- 
tes, y los huracanes arrecian, y el buque comienza á crujir. 
y siguen las danzas lúbricas y espléndidos festines, las car- 
cajadas frenéticas y el insensato clamoreo, hasta que en un 
momento solemnísimo lodo cesa á la vez, los festines es 
pléodfdos. las carcajadas frenéticas, las danzas Fábricas, e^ 
clamoreo insensato, el crujir del buque, y el rebramar de 
Jos huracanes. Las aguas están sobre lodo, y el silencio so- 
bre las a^uas, v la ira de Dios sobre las aguas silenciosas ! 






El cristianismo vinoá marcar una nueva era en ia hi*» 
loria de la humanidad. Suya es la gloria de haber procla- 
mado el primero la redención, la personalidad y la libertad 
de cada hombre ; suyo el dogma de la división del poder 
espiritual y temporal, formulado en aquellas memorables 
palabras que debian quebrantar un mundo : Dad al César 
lo que es del César y á Dios lo que es de Dios. 

La misión del Crucificado no se limitó á arrancar á los 
reyes la mitad do su diadema : enseñó como y porque el 
hombre os libre y responsable, como y porque es en la tier^ 
rn el artífice de su destino presente y futuro, puesto que 
lleva dentro de sí la antorcha de su propia conciencia, ó 
sea la regla infalible de la justicia ; puesto que se deter- 
mina espontáneamente juzgando y comparando las cosa?, 
esto es, dándose la razón de sus actos. 

La teoría del deber solidaria del derecho surjió grande r 
sublime á la voz del Nazareno é hizo del mas humilde es- 
clavo el hermano é igual del mas poderoso monarca. El pa- 
ganismo solo llamaba á la inmortalidad á los héroes y á los 
poderosos : Jesucristo dijo, bien aventurados los que sufren, 
bien avenlurados dos que lloran y abrió á todos las puertas 
del cielo. 

No cumple á mi propósito seguir paso á paso la marcha 
y desarrollo del cristianismo desde la montana del Calvario 
hasta las catacumbas de Roma, y desda los circos en que 
sus mártires eran arrojados á las fieras hasta el momento en 



fue los pontífices se sentaron- en el trono de los Césares 
Notaré únicamente que en esta lucha jigantezca de propa* 
gfanda y sacrificio, la iglesias se colocó frente á frente del 
poder civil, y no cejó ua paso en la alta misión que se creía 
y estaba, en efecto, desainada á Heaar, Espiendido triunfo 
coronó su indomable esfuerzo. 

Al soplo viviflcanto de las doctrinas evanjélicas el mun- 
do pagano se desmoronaba ; siniestros vaticinios anunciaban 
que habia sonado para el coloso romano la hora terrible de 
las espiaciones. Sin embargo, su orgaííizacion política era 
tan vigíirosa que fué necesario un verdadero cataclismo pa 
ra quebrantarla : y todavía durante largo tiempo, el espíritu^ 
del pasado gravitó sobre el espíritu del porvenir, como el 
cadáver de un jigante sobre el cuerpo de un niño á quieFF 
agobiase con su peso y asfixiase con sus miasmas dolecíéreos. 

Un. dia, dia infando en los anales de la ciudad eterna, 
inmensa muchedumbre de bárbaros descendió en tumulto df 
las vecinas montañas. Sus lanzas destilaban sangre hasta la 
empuñadura, y la sangre caia gota á gota de k crin v de I-» 
cincha de sus salvajes corceles. 

Horrible fué la carnscoría / Aula el azote de Dios, no se 
detuvo sino en presencia de un venerable anciano, San 
León, desarmadojy vencido por el resplandor tranquilo déla 
fuerza moral y la majestad sobrehumana de ia relijton. 

La Roma imperial desapareció y de sus ruinas brotaron 
la Roma ponliflcai y el feudalismo. 

Por esa ley divina que si hace de la faerza el alma ch 
la materia, constituye en la idea el alma de la fuerza, sfibor- 
diñando el núraero á- la intelijencia, los altivos vencedores 
recibieron á su vez el yugo espiritual de los vencidos. Los 
bárbaros abrazaron la relijion de Jesucristo, y los cristianos, 
en cambio, adoptaron algunos de sus usos y costumbres y 
líO los mtis buenos por desgracia. 

Invertidos ios papeles, los siervos se convirtieron en Se- 
líOies, y larga tarea sería la de espiicar ahora, comí» í« ' 
desmúralizacíon cundió áJvi manera de un voraz incendio^riV 



_. ti — 

ni Estado y en la Iglosia, ai estremo que hasta ios obispados 
T abadías se convirlieron en feudos. 

(( En medio de este caos, dice el señor Lasso de la Ycga,. 
se levantó una íig ira jigantezca que todo lo atrajo á sí ; no 
le atemorizó la corrupción del cloro ni el poder de los em- 
peradores ; desde su silla pontificaí quebró los cetros de los 
reyes y hecho á- rodar sus coronas por el polvo ; hizo valer 
los fueros de la ¡ntelijencia delante de la fuerza, y salvó la 
independencia relijiosa aboliendo Ins investiduras feudales 
en la concesión de beneíicios y afirmaiido la ley del celibato 
eclesiástico. Tal fué Gregorio V-11 represéntame augusto de 
la grandeza del Pontificado.» 

Dala de esta época sin disputa, la preponderancia de la 
iglesia católica, y por consiguiente ds los Papas. Mas ay ! 
los sucesores del pescador, no se contentaron con tener las 
llaves del cielo ; minor DeOy major hominej pretendieron^ 
ejercer una especie de dictadura universal : daban y quita- 
ban las coronas; ligaban y desligaban á ¡os subditos de su 
juramento de obediencia; inve¿tian con la pú.pura á sus fa- 
vorecidos y excomulgaban á sus contrarios, aunque estos^ 
fuesen un pueblo ó una naciou entera. Por último, Papa 
hubo que promovió, ademas do la obligatoria en Palestina, 
cinco ó seis cruzadas. Una contra los moros de España, otra 
«n Inglaterra contra los Baronets^ otra en riancia contra 
la casa de Suabia ; otra en Hungría contra los Tártaros, y 
otras dos en la Livonia y Curlandia contra los incrédulos. 

El poder de ios Papas no conocía límites, y ensanchan- 
do mas y mas cada dia su esfera de acción, liego un momenta 
en que era incompatible con las regalías deloí prinbipes,. 
con la independencia de la razón y los progresos de la cien- 
cia. Todos saben como apenas inventada la imprenta, de- 
senvolvióse el espíritu de examen : como la duda sucedió á 
íu fé, la razón declinó la autoridad, y Lutero en el pulpito 
de la igUsia de Witícmberg, rompió pubiicamccle las bulas 
del Papa iniciando de este modo la cruzada moderna aontra. 
tkímíi . 



^. 32 — 

Entonres, lo mismo que en los psimeros cismas y here> 
jías que desgarraron el seno de !a iglesia, lo n?ismoque en 
nuestros días, cuando fueron violentamente arrancados de su 
trono pontificai Pío Ylí y Pió iX., aquel por jNapoleon 1 y 
este por los revolucionarios italianos, se repitió un hecho 
que ha desconcertado, desconcierta y desconcertará eterna- 
mente á los que se obstinan, apesardc tan reiteradas prue* 
has, en negar á ¡a iglesia Católica sus divinos atributos, sm 
caracteres esenciales^ según los cañones, y esa virtud latente 
y superior al poder y á la voluntad de los hombres. (1) 

Traslado con gusto algunas líneas de un notable articulo 
del distinguido escritor arjentino D. Félix Frias sobre h 
muerte del arzobisp. de Bogotá acaecida en Marsella afinen 
de 1853. 

« La historia nniversal presenta á losojos de los que quie- 
ren ver un singular espectáculo: es el de un poder puramen- 
te espiritual, combatido por todas las pasiones que condena, 
por todos los errores que refuta, por todas las fuerzas mate- 
riales que desdeña ; combatido por lodos esos elementos 
reunidos en los tiempos mismos en que ellos bastaban para 
derrocar los imperios mas firmes y las instituciones mas anti- 
guas ; y sin embargo, mientras todo se desploma en torno de 
ese baluarte en que se refujia un pobre sacerdote al pié de 
una cruz, el poder espiritual queda solo en pié, y después 
del naufrajio los primeros rívosdel sol precursor de la bo- 
nanza, dejan ver en una altura inacce^ible para todos los 
torrentes, el monumento imperecedero, que salva los verda- 
deros tesoros del linaje huoiano : laCarided la Esperanza y l« 
Fé.» 

(1) No siénilomo posible entrar ea pormenores ni Iransiadar 
iodo lo quH ilioen ios A. A. con relación a mi asunln, reconíiiendo 
al lector ro.<:p^^clo dé los c^rícteres y ntnhiilos divinos de la Iglesia 
ellibfo XVI liúm CDXHl de b Historia eclesiúslica ái¡\ em\- 
nonle prebdo español 1). Félix Rico y Amal, Arzobispo de Pai- 
mirs. 



it: 



En los albores de líj edaJ media, el imperio romaou cm 
¡rnta las nuevas jeneraciones el único y deslumbrador ejem- 
pio, el ideal del estado constituido. Su restablecimiento fué 
el sueño dorado de los primeros invasores de la Italia, y 
desde Carlo^Magno, que la realizó, hasta nuestros dias, 
esa idea se ha perpetuado de siglo en siglo. 

Después de la toma de Gonstantinopla y de la instala* 
don definitiva de los turcos en Europa, la Iglesia sintió la 
necesidad de estrechar los lazos de la unidad cristiana y de 
darle un centro de acción en Roma. La rivalidad de los pa- 
pas y en\peradores unida á las causas espuestas, y la imposi- 
bilidad de entenderse y concertarse con un fin común, neu- 
tralizaron fuerzas que confederadas habrian sido invencibles, 
como observa Gervinus en su bella Inlroduccion á la histo- 
ria del siglo XIX, libro que ha valido últimamente al céle- 
bre filósofo alemán los honores de la persecución y del des- 
tierro ; pero el obstáculo mas grande que encontró la for- 
mación del imperio universal en el Estado ó enla iglesia, 
fué el genio de la raza germánica, enemiga mortal de la la- 
tina, y que personificado en Lutero, . echó entonces los ci- 
mientos del racionalismo que mas tarde debia pasar de la 
Iglesia á la filosofía con Descartes, y de la filosofía á ia po- 
lítica con Ptousseaii. OportunameDío deduciré la» Cof<¿€^ 
««eücias lójicn^ de estos premisas. 

<5^. 



-.31 ~- 

l^ota ta unidad católica é investidos los re^^es con et su* 
|)iemo pontíOcado en los países protestantes, la Iglesia vio ir 
desapareciendo una tras otra sus antiguas franquicias y pn- 
vilejios hasta en los pueblos en que t davia se acataba su 
poder. Asi nacieron en España por ejemplo, los partidos ul* 
tramontano y regalista. ♦ 

Para formarse una idea del carácter de los conflictos que 
antes y después de la Reforma ocurrian á menudo entre las 
potestades civil y relijiosa, baste recordar la amplitud de las 
atribuciones otorgadas al clero y consignadas en las disposi- 
ciones origen del derecho canónico, desde los concilios de 
Nicea y Constantinopla, cuya colección de cánones es la mas 
antigua que se conoce, hasta las decretales de Isidoro ; y 
desde el famoso Concilio de Trento hasta las últimas bulas y 
concordatos, mereciendo respecto de España un recuerdo 
especial, el que concluyó Carlos V con los papas Adriano VI 
y Clemente VII sobre los derechos de la corona en la cola- 
ción de los beneficios; el que celebró Fernanda VI con Be^ 
nedicto XIV sobre los privilejios del Estado eclesiástico ; el 
de Carlos III sobre los derechos de la Nunciatura y la pu- 
blicación de las bulas; y últimamente el que tuvo lugar en 
1852 bajo el ministerio del Sr. Bravo-Murillo, para el arre- 
glo de la Iglesia española y la enajenación, previas las bases 
estipuladas con S. S. de los bieíics del clero. 

Después de estos pactos y transacciones que han ido 
sucesivamente cercenando los fueros eclesiásticos, media un 
abismo entre el pasado y el presente de la Iglesia. Pasaron 
aquellos tiempos en que los príncipes otorgaban á los mi- 
nistros del altar jurisdicción sobre los tribunales civiles y el 
derecho de amonestar á los jueces neglijentes y prevaricado- 
res, y hasta el de convertirse en fiscales de su conducta cer- 
ca de la real persona. Pasaron aquellos tiempos en que los 
jueces eclesiásticos sin razón ni funrlamento, se declaraban 
competentes en las contiendas civiles, y aunque las partes 
declinasen su jurisdicción mandaban á los ordinarios que se 
inhibiesen del conocimiento de las causas y les remitiesen 



— 35 - 

inmediatamente los autos, só pena de incurrir en las censué 
ras y hasta castigos temporales con que los amenazaban. 
Pasaron aquellos tiempos en que cualquier templo ó sitio 
donde habia una imájen sagrada era un asilo inviolable has- 
la para los mas feroces criminales; y ni el rey mismo tenia 
el derecho de arrancarlos de allí por la fuerza sin permiso 
déla autoridad eclesiástica. 

Hoy, como todos saben, está prohibido á los sacerdotes, 
bajo penas severisimas, entrometerse con ningún pretesto 
ni motivo en los negocios puramente civiles, asi como á los 
legos prorrogarles su jurisdicción. No pueden aquellos, co- 
mo en otro tiempo, reducir á los seglares á prisión ó em- 
bargarlos los bienes : siempre que tengan que imponer pe» 
ñas semejantes en los asuntos de su competencia, están obli- 
gados á impetrar el auxilio del brazo secular, esto es, de los 
jueces ordinarios, quienes deberán prestárselo cuan í/o con 
derecho deban, dice una ley recopilada, palübrns que deno- 
tan el predominio de la real jurisdicion sobre la eclesiástica. 
El derecho de asilo ha quedado reducido, jencralmenle, á 
nn solo punto en cada ciudad ó pueblo, y eso con tales li- 
mitaciones, que puede decirse que en todos los delitos gra* 
ves, es en realidad ilusorio. 

Los recursos de fuerza, interpuestos ante las audiencias, 
ó el tribunal supremo de justicia, siempre que los tribunales 
relijiosos pretenden salirse del estrecho recinto en que los ha 
encerrado la potestad civil, demuestran bien cuales son las 
ideas que á este respecto dominan en el listado. Los recursos 
de que voy hablando, célebres en la jurisprudencia española, 
enseñan teórica y prácticamente, y se fundan en principios 
que vulgarizados hoy en los libros que sirven de testo en las 
universidades del reino, en otros tiempos habrían conducido 
á sus autores á las hogueras del Santo oficio. 

« El poder de la iglesia, dicen los Doctores La Serna y 
Montalban, linnlado en su esencia á las cosas puramentes es- 
pirituales, es mas bien un ministerio qHe no una jurisdic* 
cíon en el verdadero sentido que se da hoy á esta palabra. > 



— ^ — 

Y mas adelante : 

«Si como algunos pretenden la autoridad eclesiástica tu- 
viera derecho de conocer en unión con la civil al menos de 
las cuestiones sobre competencia, resultaria que frente aJ 
poder publico se presentaría como rival otro poder de distin- 
ta naturaleza, sin que hubiera un superior para dirimir sus 
discordias. Porotra parte, se violada el principio de la uni- 
dad y de la independencia del poder-civil que no ha sufrido 
desmembración alguna por la institución del sacerdocio ; (1) 
y se admitirian dos potestades absolutamente iguales en 
materias que interesan al orden social, dando lugar tal vez 
á hichas encarnizadas de q»ue la historia nos presenta tristes 
y repetidos ejemplares.» (2) 

Pero si todo esto y algo mas que podria añadirse, es 
exactísimo ; no lo es menos que h iglesia á la sombra de 
esas intrusiones ha dispensado muchos y grandes beneflcios 
á los pueblos, ¿Quién negará que en la edad media fueron 
los monjes y las comunidades relijiosas quienes salvaron Ins 
ciencias, las artes y la civilización, déla barbarie que sepul- 
tó en las tinieblas el resto de la sociedad civropea? (3) ¿A 
quién se le oculta que la facultad concedida á loscbispos, 
roíisignada en una ley del Fuero Juzgo, de vigilar y amoneí^- 
lar á los jueces seglares, tenía su raiz en l;i notoria injusticia. 
Ijíja de la ignorancia, el cohecho ó la arbitrariedad con que 
ainenudo procedían estos? ¿Es licito ignorará nadie que se 
ijirdsque á la carrera del foro los níotivos porque durante lar- 
go tiempo los mismos particulares acudían voluntariamente 
y reclamaban como un favor especialisimo ser juzgados por 
Íi),N tribunales eclesiásticos? Las leyes, las prácticas y la sua- 



(1) No creo fundada esla opinión. 

(2) Tratado Académico forense de pFOCfidimienlos judiciale^í 
loio. lí* 

(3) Merece recordarse, entre otros, un tnleresante estudio so - 
hf ^ el rei)dCÍmienlo de las íuenles lUersrias en el siglo XY y Xyi 
Win é. renaciraiento socia!, pc^ D. Juíjan Ssn á'ú Kto. 



- 37 ~ 

vidad de los castigos introducidos por ellos en una época en 
que se prodigaba la pena de muerte, el tormentó y las mu- 
tilaciones no han ejercido una notable influencia en la lejir- 
lacion y en los procedimientos judiciales? La inmunidad del 
lugar sagrado contra la que tanto se ha declamado y decla- 
ma, ¿qué era en su erijan sino un medio eficacisimo de evi- 
tar las venganzas personales y la snfia de los poderosos, tan 
frecuentes en una sociedad fundada sobre la desigualdad de 
clases, sobre la opresión y el vasallaje, en que un pequeño 
número de privilegiados gozaba de todos los derechos y el 
resto era un rebano destinado, cuando mas, á trabajar, ave 
jetar y á morir en silencio por sus señores ? Enfln y para ter- 
minar este enojoso paralelo ¿ no ha demostrado Balmes que 
al fundar Isabel la Católica el odioso y sanguinario tribunal 
de la Inquisición, llenó bajo el punto do vista político y social 
una de las grandes necesidades de España, reconstruyendo y 
cimentando su unidad rclijiosa, fundiendo en una sola 
creencia la de sus varios reinos, preservando á la península 
de los peligros de la Reforma y preparándola dignamente 
para las grandes hazañas que debia ejecutar en el reinado 
ile Carlos V y Felipe 11? 

Como olvidar, sobre todo, el papel importantísimo que 
durante largos años desempeñaron los concilios, muy parti- 
cularmente los famosos de Toledo, ocupándose de las mas 
graves ymoralizadoras cuestiones y dictando las providencias 
oportunas para la represión de la lujuria, del adulterio, del 
concubinaje, de la superstición é idolatría, de los desórdenes 
públicos ; leyes contra la ignorancia de los clérigos, contra 
los desmanes de los potentados, obligando á los obispos á 
constituirse en abogados de los pobres, prohibiendo á los re- 
yes disponer de las riquezas malam.ente adquiridas tVa. 

La primera de sus elevadas atribuciones, dice el Sr. Ru;\ 
Figueroa, la que reflejaba el lleno de su autoridad, y la que 
concertaba la estension de su soberanía era, sin disputa, fe 
acción que les correspondia y que desempeñaban amplísi- 
mamefile en la elección de los monarcas. Los concilios fij-»- 



^ 3^ — 

teuh las bases y los trámites del nombramiento, desijgnabaint 
las cualidades y circunstancias del elejible, marcaban el lu- 
gar y el tiempo de la elección^ determinaban quienes ha- 
bían de ser los electores^ fulminaban penas contra los alen- 
tadores á la persona y al poder del rey, decretaban la invio- 
labilidad de este y le exijian en plena asamblea el juramen- 
to de guardar y hacer guardar las leyes. 

i Que uso tan estraordinario y tan rigoroso de la potestad 
soberana ! pero al mismo tiempo que uso tan eficaz para 
reprimir las ambiciones de una aristocracia inquieta y des- 
eontentadiza, para protejer La vida del monarca amenazado 
de contino por el puñal rejicida, para cortar los escándalos y 
las consecuencias anárquicas de las elecciones turbulen* 
las I (1) 

A esto solo tengo que añadir que los concilios eran el 
verdadero poder regulador del Estado y los que mas pro- 
pendían á mejorar la condición de las últimas clases. En 
lísi^ resoluciones de universal trascendencia para la paz y el 
bienestar del reino, se pedia y se hacia constar en el acta la 
naneJon y consentimiento del pueblo con esta fórmula : « Ab 
universo clero ael populo diclum est, qui contra hanc noí- 
irán definitionem proesumpserity^ anathema sit. 

(1} Esiudüos íiobre !a historia del aislema representaiívo en 



-m* o-<i vr<*^3 



?. 



Condición propia de la humana flaqueza es convertir ea 
dañosas por el abuso hasta las cosas mas útiles y santas. Lo 
que pasó con la jurisdicción y las inmunidades otorgadas á la 
Iglesia, sucedió en mayor escala respecto de la propiedad 
territorial, de la que en muchos puntos logró eidero hacer- 
se casi único y esclusivo dueño. 

Limitándome á España, porque de lo contrario tendría 
que entrar en esplicaciones que me llevarían muy lejos, veo 
que desde muy remotos tiempos, desde los tiempos del ca- 
tólico Recaredo, la potestad civil trata de oponer una valla 
á las incesantes adquisisiones de la iglesia. Data de esta 
época la prohibición hecha á los particulares de legarle sus 
bienes sin previo permiso del Soberano. 

Mas tarde en el fuero de Sepulveda (1076) se prohibe á 
las manos muertas toda adquisición de bienes raices. Y no 
satisfecho con esto D. Alonso VI de León y I de Castilla, 
ordenó fll02) que nadie pudiera por ninguna razón nipre- 
testo alguno donar sus bienes á ¡a iglesia^ pues se esponia á 
sufrir un despojo. Sabido es que esta ley fué sancionada en 
Castilla por las cortes que tuvieron lugar en la ciudad de 
-Nájera ¡1138) congregadas por D. Alonso Vil, y aplicada 
después a León por las de Benavente (1202) cuya disposí^ 
cion se recopiló en el Fuero viejo de Castilla, estendiéniiose 
j todos los puntos conquistados corao Córdova, Cáceresdwi. 



— IG — 

Eí conquistador de Sevilla, D. Fernando, canonizado co- 
mo santo, tuvo también graves altercados con Gregorio IX, 
porque no quiso acceder á los deseos que este le manifesta- 
ba de que se renovasen las leyes de amorltzacion eclesiásti- 
ca, y en las cuales veía el santo padre un ataque á la libre 
acción de la iglesia, asi como también un acto de desobe- 
diencia á los mandatos de la divina ley. Y cuál fué la con- 
testación que dieron á este como á los demás pontifices to- 
dos los monarcas que se fueron sucediendo?... una negativa 
categórica y terminante, y cuando ^n 1525 se suscitó la 
cuestión respecto á que la propiedad se iba á las manos 
muertas, con lo cual se irrogaban graves perjuicios á la agn- 
cultura y la riqueza imponible padecía horrorosamente, la 
reina Da. Juana dispuso: agüelos monasterios é iglesias 
non pudiesen comprar ninguna facienda, é patrimonio^ é 
bienes raices, c censos, é cosa que labrar se pudiera.)^ (1) 

Inútil nos parece intercalar aquí lo dispuesto en distintas 
ocasiones, desde el siglo XVI hasta nuestros días en las cor- 
tes de Toledo, Segovia, Valíadolid y Madrid. Todas las me- 
didas adoptadas tienden, lo mismo en los concilios que en 
las cortes, lo mismo por los reyes absolutos que por los cons- 
titucionales, tienden directa é indirectamente desde el pia- 
doso Recaredo hasta Fernando Vil el deseado, á cercenar y 
desamortizar las inmensas propiedades de la iglesia. 

El clero resiste naturalmente, y como es rico, numeroso, 
temido é influyente; como cuenta numerosos aliados y tiene 
representantes en todas parles con sobrado prestijio y re- 
cursos para hacer frente á sus adversarios, mantiene palmo 
á palmo y línea á línea el derecho de propiedad abrogado 
por la Iglesia, hasta que llega un dia bajo el reinado de 
Oa. Isabel lí, en que una chusma frenética, ebria de vino y 
de sangre, invade sus monasterios y sus templos, y degüella 
impíamente á sus ministros al pié de los altares. 

(1) Fernandee Cadórniga. — La desamortización civil y 
tc^tsiástica. 



— iñ ~ 

"La iglesia es despojada dos veces en menos de veinte 
anos; pero en ia segunda, no le queda ni la mas remota es- 
peranza de volver á recobrar lo perdido. 

El proyecto de ley presentado por el Ministro de Hacien- 
da D. Pascual Madoz, decretado por las cortes coustituyen- 
tes y sancionado y firmado porS. M. en Aranjuez el 1. ^ de 
Mayo de 1855, por el artículo primero declara en estado de 
venta todos los predios rústicos y urbanos, censos y foros 
pertenecientes : 

« Al estado, al clero, á las órdenes militares de Santiago, 
Alcántara, Calatrava, Montesa y S. Juan de Jerusalem, á 
cofradías, obras pías y santuarios, al secuestro del ex-infante 
D. Carlos, á los propios y comunes de los pueblos, á la be- 
neficencia, á la instrucción pública y cualesquiera otros 
pertenecientes a manos muertas, .ya estén ó no, mandados 
vender por leyes anteriores.» 

¡ Tremenda ha sido la espiacion 1 y es necesario pedir á 
la historia la razón do las causas que la han preparado. í.o 
Providencia no tolera tamañas calamidades gratuitamente y 
sin motivo alguno. 

Un escritor cuya saperior intelijencia y sentimientos re- 
lijiosos nadie pondrá en duda, el autor de Jocehjn, hablan- 
do del suplicio de L'dis XVI se expresa en estos términos : 

(( España únicamente, si hubiese sido aun la España de 
Carlos Y. ó de Felipe lí, podia precipitándose délas cuiT)- 
bres del Pirineo invadir nuestras provincias meridionales, y 
en nombre de la sangre de Luis XIV que corria en las ve- 
nas de sus reyes, en nombre de la relijion y de la monar- 
quía, sus dos dogmas, podia fomentar una guerra civil di- 
nástica y relijiosa, terrible para la revolución en la mitad 
de la Francia. Pero España, que contaba torlnvia con uc. 
pueblo heroico, no tenía á su frente sino nn gobierno ener- 
vado. El sistema monástico habia absorvido todo el poder, 
toda la enerjía, toda la riqueza y toda la sangre de la nación. 
íLa teocracia sacerdotal dominaban la autoridad réjia, y á 
-sus pies yacia e! pueblo ibero en la indolencia, sin política.. 



-^ ^2 -- 

srn marina, sin ejército. La corte, sometida á favoritos, cor* 
tésanos y confesores, éntrela voluptuosidad y la supertícion, 
se contentaba con cerrar herméticamente sus fronteras á la 
civilización y confiar á los inquisidores el esterminio de las 
ideas. Lazareto de un pueblo contra todo contajio del pen- 
samiento moderno, «na cruzada contra la filosoGa era un 
esfuerzo superior á sus fuerzas. El fatalismo inmutable del 
réjimen monástico había sucedido en sus montañas al fata* 
lismo heroico de sus árabes musulmanes. Considerábase 
harto feliz de vejetar olvidada detras de los Pirineos con suí^ 
conventos y sus teatros, y no podia ofrecer á su causa de 
íamilía en Francia sino procesioner» y suplicios, » (1) 

Esta admirable pajina del gran poeta esplica y reasume 
en pocas palabras la grandeza y decadencia de la iglesia es- 
pañola. Sucedele hoy lo que al cedro de la Escritura: pasé 
y se ostentaba erguido y lozano; volví á pasar, y el huracán- 
habiaíc postrado en tierra y esparcido en derredor sus 
despojos. 

El juicio de Lamartine no peca de induljente; pero el e.s- 
tritor honrado y leal, tiene antes que todo el deber impres- 
cindible de poner de manifiesto la verdad tal como se pre- 
senta á sus ojos ; y por eso, para no decir á España cosa* 
desagradables, siempre ofensivas en boca de un extraño, y 
que Ja malevolencia suele interpretar siniestramente, he 
preferido citar las líneas que anteceden. Y no añadiré una- 
palabra mas, porque el aprecio y el cariño, como todos los. 
sentimientos verdaderos, tienen su pudor, y si algo temen, 
es que se dude de su lealtad y desinterés. 

(1) Hisioire de fa revolníian Francaise LES CONSTl- 

ri'AXS. 



VL 



Continuando el examen y señalando te índole de la* re- 
laciones entre el poder civil y el teocratrco^ en la región de 
la política y de los intereses profonos, cúmpleme ahora en- 
trar en el análisis de otros hechos, principaimente relijiosos 
Y morales, de mayor importancia y trascendencia para la 
sociedad que ambos poderes están encargados de dirijir, pro*- 
tejer y gobernar. 

La sicologia ó la ciencia de las facultades del alma, pe- 
netrando en el fondo del yo humano y poniéndole en rela- 
ción directa con el universo, separa la sensación de la ¡dea. 
el sujeto de la substancia, y nos enseña que el mundo ester- 
no no puede pensar y querer en nosotros, sino que despier- 
ta, 3 lo sumo, la reflecsion y la voluntad. 

La idea de causalidad surje clara y luminosa en las pro- 
fundidades de la conciencia humana, y el espíritu, de con- 
secuencia en consecuencia, vá á parar a la substancia abso- 
luta, eterna é infinita ; al que es fuente de toda luz y de to- 
da verdad ; al que no tiene principio ni fin ; al sabio, al po- 
deroso, al justo por escelencia, á Dios en una palabra. 

De aquí nacen los vínculos que toda relijion supone en- 
tre el Hacedor y su criatura, y la categoría de ideas morales 
que se eslabonan á la persona ontológica de Dios. (5) 

El Estado y la Iglesia se presentan entonces á la razón, 
del hombre como los dos término^^ del problema que estú 



líamado á resolver: como los dos polos de su doble natura 
leza espiritual y terrena. 

Su alma y su cuerpo tienen necesidades irresistibles que 
la Iglesia y el Estado se encargan y que solo ellos pueden 
satisfacer cumplidamente. La iglesia asociándose á todos los 
.grandes dolores y alegrias que nos manda la Providencia, 
conservando pura é incorruptible en nuestros corazones k 
]lama de sus santas creencias y esperanzas inmortales ; re- 
cordándonos oportunamente en la prosperidad nuestra pe- 
quenez y miseria, y prestándonos en losdias de la desgra* 
cia bastante fortaleza para soportar con resignación cristiana 
oí infortunio que nos abruma. 

El Estado llana igualmente el fin para que ha sido ins- 
lituido practicando la justicia', y practicar la justicia no es 
otra cosa que pcner en harmonía los derechos de todos, de- 
jando que la actividad de cada uno se desenvuelva sin otro 
límite que el derecho ajeno. 

Consecuencia de este principio, cuyo amplio desarrollo exi- 
jiría un volumen, es el deber imprescindible que tiene todo 
gobierno que merezca ese nombre, de ser realmente la cabe- 
za y no la cdia; de contar á la vez con la fuei^za moral que 
dá la legalidad, la superioridad indisputable, la inteüjencia, 
el mérito reconocido y los antecedentes de la vida pública ó 
privada, y con la fuerza malerial, puesta al servicio, no 
del capricho, no deias pasiones, no de la opinión recusable 
de uno ó muchos hombres, sino de la ley holiada, de la so- 
ciedad agredida, de los grandes intereses de la comunidad, 
que no pueden quedar á merced del primer ambicioso, 
egoísta, perverso ó fatuo (1) que los atropello y vulnere, 
alentado por la impotencia de la autoridad para contener 
sus d os m, a oes- 
Abomino la'tiranía bajo cualquiera forma que revista, y 
líbreme Dios de convertirme nunca en su apóstol 1 Hablo siem- 



{!) A?i se califra juridicamenle á los qui no esían en e! pleno 
uso de sus facultades mt^>n;ales, os decir, á los heos. 



— i5 - 

pro en el sentido de la necesidad dolorosa con que á ra nu- 
do se hace preciso, hasta en los tribunales, acudir á la fxier- 
za material para que se respete y cumpla lo mandado. ¿Y 
cómo podria ser enérjico un gobierno justo, con que dere- 
cho podría ecsijírselé la responsabilidad de sus actos, si ca- 
rece de los medios de hacer cumplir sus disposiciones, yno 
llega su brazo hasta donde alcanza su vista?... 

Y admiremos aquí el encadenamiento y la lójica de estas 
verdades correlativas que nos traen como por la mano á la 
única fuente de todo poder Icjítimo y racional': el derecho,. 
basado en la conveniencia jeneral, que impoaeá gobernan- 
tes y gobernados la obligación de hacer ió que In ley pres- 
cribe. Por eso el Estado debe fundar sus preceptos en la jus- 
ticia, en la reciprocidad, en el interés bien entendido de to^ 
dos y de cada uno, y no consentir ninguna violencia, ningu- 
na usurpación, ninguna mentira, ninguna iniquidad ; y la 
oníidad morííMlamada gobierno que és la mas alia expresión 
d.i los poderes del Estado, ha de ser para todos los raicm- 
nrosdela sociedad que preside lo que el sol pana la natura- 
leza entera. Su lumbre vivificante alienta lo mismo al ele- 
fante que á la hormiga, lo mismo al cóndor que al gusano, 
)bus rayos lucen para todos ó para ninguno! 

í.a ciencia del gobierno es, pues, laxiencia de lo bueno 
y de lo justo, ars wqid el boni que decia Celso : la voluntad 
firme y constante de dar á cada uno lo que le corresponde : 
Ij y no se necesita para ponerla en planta ni le doblez de 
Maquiavelo ni la virtud sobrehumana de Moisés. Se finda 
en las máximas evanjélicas: iío quieras para otro lo que no 
quieras para tí : haz á otro el bien que desearlas té hiciera 
él (2). Ejecutando lo contrario, gobernantes y gobernados 
acaban por rebelarse contra la ley divina, y van á caer bajo 
el imperio de la ley satánica, es decir, bajo el dominio di:. 
lOs hechos mas estúpidos y degradantes. 

(t¡ Ulpiano. 
(2) Ssn Maceo-. 



Fundado en estos principios, he señalado ya los debereí» 
^ las atribuciones del poder ; ahora, suponiendo al pueblo 
triunfante, niego rotundamente que tenga derecho de hacer 
todo lo que se le antoje^ como afirma el autor del Contrato 
Social : niego que el pueblo no necesita tener razón para 
validar sus actos, como asienta Jurieu ; niego que la mayo- 
ría pueda sancionar hasta lo inicuo éimpio como aseguran 
íle mil maneras distintas los que propalan que la sociedad 
es culpable de toda la felicidad que no nos proporciona ; los 
que creen que siendo ella obra del hombre, puede el hom- 
bre reformarla, alterarla, y modificar á su antojo sus condi* 
cienes de existencia, por medio de combinaciones tan irrea- 
lizables, tan viejas y gastadas como el Falansterio de Four^ 
rier ó los delirios calenturientos de Pedro Leroux. 

La mayoría I . . esta palabra me zumba en los oídos, y 
me trae á la memoria recuerdos funestísimos. Escuchad lo 
que dice un escritor arjentino de merecida y envidiable re-* 
putacion. 

«Ninguna autoridad lejítima impera sino en nombre del 
derecho, de la justicia y de la verdad. A la voluntad nacio- 
nal, verdadera conciencia pública, toca interpretar y decidir 
soberanamente sobre lo justo, lo verdadero y lo obligatorio: 
he aquí el dominio de la ley positiva. Pero mas allá de esa 
ley, y en otra esfera mas alta, existen los derechos del hom^ 
bre, que, siehdo la basa y la condición esencial del orden so- 
cial se sobreponen á ella y la dominan. 

(( Ninguna mayoría, ningún partido ó asamblea, tiene de^ 
recho para establecer una ley que ataque las leyes naturales 
y los principios conservadores de la sociedad, y que ponga á 
merced del capricho de un hombre la seguridad, la libertad 
y la vida de todos. 

(( El pueblo que comete este atentado es insensato, ó al 
menos estúpido ; porque usa de un derecho que no le per^ 
tenece, porque vende lo que no es sayo, — la libertad délos 
demás : porque se vende á si mismo no pudiendo hacerlo, y 



__ i7 --- 

^ constito^ti €sclavov^endi libre por la ky úq Üio* j de ?« 
naturaleza. (1) 



¥il. 



Queda demostrado que la Iglesia y el Estado caminan (ó 
deben caminar) por sendas paralelas, empleando cada cual 
para conseguir el objeto apetecido los medios que les son 
peculiares, y sus mutuos atribuciones y deberes se deducen 
del papel que respectivamente desempeñan. 

Ambos poderes tienen el derecho de vijilarsc y defender- 
se recíprocamente (jus cavendiy jus tuendi)', pero toda 
usurpación, todo atentado del uno, no. solo refluye en daño 
y mengua del otro, sino también en su propio descrédito 
y ruina. 

Suponed al Estado ateo (como pretenden algunos) y 
por consiguiente en aptitud de hacer imposible con sus dis* 
posiciones legales el ejercicio de ningún culto : ¿creéis que 
llegado este caso, la sociedad podría subsistir largo tiempo ? 
Haced que el jefe de la nación sea el representante de la do- 
ble autoridad civil y relijiosa, y tendréis divinizado el des^ 
potismo execrable del autócrata ruso ó del Schabde Persia. 
Imajinaos por el contrario al clero omnipotente en el Esta- 
do, y veréis reproducirse el gobierno teocrático de los sace»'^ 



(1) D. £sle?aD Echeverrii--X>9^ina socialista de la^nitau- 
tion Mayo. 



^- 48 — 

dotes ejipeioSj y en la hora fatal de las revoluciones las ter^ 
ribles escenas de 1793 en Francia y 1835 en España. 

La única escepcion de esta regla jeneral, el único ponti- 
Ücado que comprendo, el único que no está en pugna,, 
como institución, con los principios sentados,^ el único nece- 
sario y posible hoy á modo de ver, es el que ejerce en Roma 
er sucesor de San Pedro, como delegado de Jemcrislo, como 
raheza y jefe visible de la Iglesia. 

Menos como cristiano, y no diré como fllósofo, hablo 
ahora comojurista, consagrado al estudio y meditación de las 
cosas divinas y humanas, que así define Jusíiniano la ciencia 
del derecho. ' i 

A los que creen y afirman It) contrario, solo me permi- 
tiré recordarles que la iglesia católica forma una sociedad 
aparte, y que áclla sola incumbe predicar y enseñar el dog- 
ma, distinguir y separar en materias de fé, el error de la 
verdad, determinar el culto, arreglar su disciplina, ordenar 
su jerarquía, establecer sus tribunales, nombrar sus minis- 
tros y sus Jueces, conocer esclusivamente de ciertas causas^, 
¿imponer y hacer ejecutar las penas marcadas por los cáno- 
nes, entre los que están sujetos á su jurisdicción. Necesiin 
por lo tanto una autoridad suprema é inapeloble á la quo es- 
tén subordinadas todas las demás ; autoridad que ejerza re?;- 
pecto de ellas y de los que puedan ser oprimidos por su? 
fallos, del derecho de alta protección ó tuición concedido en 
el Estado al principe ó al poder ejecutivo. 

No ignoro las razones que se aducen para negar la infa- 
bilidad del papa ; pero si esta viniendo de la ley, ó de la 
conveniencia, se admite sin repugnancia en ciertos actos ci- 
viles ¿por qué negarla en lo que atañe a la iglesia ? 

Séame permitido aclarar mi pensamiento con algunos 
ejemplos prácticos. (1) 

(1) No se olvide que he tenido y luiigo muy présenle i 
España al escribir esie ensayo, f que si hay alguna diversidad tn 
©I derecho patrio, respetio de las disposicione'* que cito, ro altórsin 
r4 el fondo, los argumentos que de ellas isco. 



— /.9 — 

Para ia prueba pkna en el juicio criminal es sabida que 
se necesitan, por lo menos, dos testigos contestes mayores 
de toda escepcion» No obstante, si el rey declarase como tal 
testigo, su dicho haría prueba plena y bastaría para conde- 
nar á un hombre á muñirte. Lo mismo acontece en los tes- 
tamentos, . para cuya validez en el orden regular, se exijen 
tantos requisitos y garantías, al cstremo que contados son 
los que no podrian atacarse por el fondo ó la forma, en 
principios slrili jurisy si se examinasen con detenimiento. 
La palabra regia se considera como infalible, y desde qua 
ella interviene, tíencnsc por escusadas todas las solemnidad, 
des proscriptas; cuando fuera de este caso, bastaría la omi- 
sión de una sola para que dichos documentos fuesen injus-: 
tos y nulos. 

La ley dá tanta fuerza á las presunciones de Juris el da 
jure, que en algunas ocasiones no admite prueba en contra-, 
rio, como sucede, entre otros casos menos frecuentes que 
traen todos los A. A. y que poroso no cito, en los cuasi^ 
conlraloSy acerca de cuyo consentimiento presunto, sería 
muy fácil amenudo demostrar la inexistencia y hasta la vo- 
luntad opuesta del obligado; como sucede también en la 
presunción de lejitimidad, respecto dedos hijos habidos du- 
rante el matrimonio ; pues estando prohibido á todos, es^ 
cepto al marido, acusar el adulterio, si este, aunque le 
conste no se querella en tiempo oportuno, se entiende re- 
mitido el delito y como si nunca hubiera existido y el hijo 
adulterino heredará á la par de sus hermanos. 

El juramento decisorio del pleito, judicial, ó voluntario, 
(que también se llama convencional,) prestado por una do 
las partes en virtud de petición de hí otra, con aprobación 
del juez ó sin ella, judicial ó extrnjudicialmente, cuando no 
hay otro medio de prueba, aunque sea falso, termina la 
cuestión litijiosa : el que lo defiere ó refiere, no puede re- 
tractarse después que su contendiente ó contendientes han 
declarado que le prestan su aceptación, y la sentencia que 
recae queda firme y valedera desde luego. Produce una prue- 

á 



— 50 — • 

ba plena, semejante en sus efectos á una transacion debida- 
mente justificada (1) 

Finalmente, es un axioma para los que conocen los pro- 
cedimientos judiciales, que la sentencia ejecutoriada tiene la 
virtud como se dice vulgarmente, de cambiar en blanco lo 
negro y vice*versa : y en efecto, habiendo pasado el pleito 
por todos sus trámites, en juicio de conciliación, en primera 
instancia, en apelación, en súplica ó revista; y por último, 
ante el tribunal supremo de Justicia, merced á alguno de los 
remedios estraordinarios que se conceden, no queda otro 
recurso al litigante por justo é incontrovertible que sea su 
derecho, que conformarse y acatar de grado ó por fuerza la 
infabilidad de sus jueces. No quiero hablar de ios recursos 
que antes se llevaban á la real persona, ya que por fortuna, 
escepto en los asuntos puramente gubernativos, ha sido 
abrogada tan perniciosa regah'a. 

Ahora bien : si grandes y poderosas razones han dirijido 
la mente del lejislador para adoptar como infalibles los prin- 
cipios en que se fundan las disposiciones anteriores ¿por 
qué no han de existir en el orden relijioso causas que justifi- 
quen y hagan necesaria la infabilidad del jefe supremo de la 
iglesia? La soberanía de la razón y la razón pura metafísi- 
ca, de que tanto hablan los que menos las entienden, que 
vienen á ser en último resultado mas que la razón indivi- 
dual declarándose por sí misma infalible y omnipotente?... 

El hombre es Dios ha dicho Fichte ; pero la verdad es 
que los mas grandes filósofos, desde Platón á Hegel, no han 

(1) Cúmpleme advenir que en la praclica, cuando jura el ad- 
versario posiciones, sfi acostumbra ponerla siguienle cláusula que 
destruye los efeclos principales y desvirtúa la índole de este medio 
de prueba, fundado en la saneion relijiosa y en la idea que se tiene 
(ó se apárenla tener) de la honradez y lealtad del individuo que le 
presta : « bajo de juramento en forma que no le defiero, y al 
que protesto estar solo en lo favorable, y con reserva de otra 
prueba, n 



— 51 — 

resuelto ni resolverán jamás uno solo d^ los tremendos pro- 
blemas que agitan á la humanidad, desde Prometeo á Job, 
desde Job á Hamlet, desde Hamlet á Fausto, desde Fausto 
á Manfredo, desde Manfredo á Proudhon. Ah! cuan poco 
debe haber leido en el libro de la vida y del corazón, y tam* 
bien en el de la ciencia, el que no se haya apercibido mas 
de una vez, sediento de luz y de verdad, confuso y desespe- 
rado, de lo poco ó nada que á este respecto saben les pre- 
tendidos sabios. Los vence un niño á quien su madre ha en- 
señado el catecismo! 



mil 



Después del tratado de Wcstfalía, que puso término a 
las guerras reüjiosas en Alemania, el pontificado se encuen- 
tra en la misma situación que la Turquía después de la ba- 
talla de Lepanto; y por una fatalidad que nunca deplorare- 
mos bastante, las causas que han venido preparando su 
abatimiento, y por consiguiente el de la iglesia, toman cada 
día mayor cuerpo, tanto por culpa de los gobiernos como 
por su propia culpa. 

Aquel y estos parecen haberse divorciado, y no tener ya 
los mismos intereses. La iglesia imajinándose que en el si- 
glo XIX le es dado hacer lo que en la edad media, y el Es- 
tado creyendo que puede fácilmente prescindir de los auxi- 



— 52 -— 

Jios espirituales en la difícil cuanto peligrosa misión de di* 
rijir y gobernar á los pueblos. 

De aquí nacen á mi modo do ver el grande error y el 
cáncer o.ue roe á las sociedades modernas, lo mismo en Eu- 
ropa que. en América, lo mismo en los pueblos católicos que 
en los protestantes. 

No me creo revestido de la virtud y ciencia necesarias 
para constituirme en fiscal de la Iglesia á cuyo gremio per- 
tenezco ; pero dolorosos y frecuentes conflictos — lo digo con 
profundo pesar, — patentizan que la inoportuna rijidez de la 
curia romana, su inflecsible tenacidad, respecto de ciertas 
cuestiones resueltas por la fuerza irresistible de las ideas y 
de los acontecimientos, su escesivo apego á los intereses ma»^ 
íeriales, y sobre todo, su falta de tacto político, solo han servi« 
do y sirven para minorar el prestijio y la autoridad moral 
dei soberano Pontifico, provocar la desobediencia, prestar 
armas á la incredulidad y al escepticismo, y dar á los fieles 
el tristísimo ejemplo del poco caso que los que manf/a/i ?/ 
pueden, hacen hoy desús prohibiciones y anatemas. 

El error y obcecación de los gobiernos, cabezas del Es- 
tado, son todavía mayores. Al fin la Iglesia encuentra en 
el pecado la penitencia; y al sucumbir á menudo ante los 
ataques de la fuerza brutal, se levanta de nuevo purificada 
por el martirio. Hay en ella un principio, vital do orijen di- 
vino, que resiste al hierro y al fuego, á la corrupción y á 
la. tiranía ; renace como el fénix de sus cenizas ; pero el Es- 
tado, una vez rotas las barreras que servían de antemural a! 
egoísmo de cada uno de sus individuos, so hunde con ellos 
f3n el atolladero déla anarquía ; y para salir dé él no tienen 
los ciudadanos otro arbitrio que abdicar sus derechos y arro^ 
jarse en brazos del despotismo. Entonces las llagas secretas 
<|ue aquejan á los pueblos aparecen en toda su horrible des* 
nudez, .y el Estado solo es impotente, no ya para curarlas • 
pero ni aun para mitigar sus estragos. 

Lo5 4?ol)ieinos, no obstante, y en esto consiste el gre^vísir 



— 53 — 

m O' error y obcecación de que venía hablando, se imajinai. 
que bastará á los pueblos un breve período de paz, un poco 
de bienestar material, y un aumento proporcionado en la 
riqueza pública — la panacea universal de los economistas- 
para que las cosas vuelvan á su antiguo estado, para que se 
cierre el cráter de las revoluciones, para que todos se con- 
formen con su buena ó mala suerte, trabajen, prosperen y 
sean felices. 

Engañosa quimera! deslumbrante utopia que en todas 
partes y en todos tiempos la lójica tremenda de los hechos, se 
encarga de desmentir, para edificación, pero no escarmiecs 
to de los que las proclamaron y proclaman. No, en este 
mundo híiy otras necesidades mas altas, y no se ha conse* 
guido todo, cuando se ha asegurado la obediencia pasiva y 
la prosperidad de lo3 intereses materiales. 

No, no hay que pedir á la economía yjoMiicíxnnicamente 
la resolución de un problema tan complicado, tan jeneral, tan 
complexo como el de la felicidad de las naciones. Esa cien- 
cia útilísima, indispensable al verdadero hombre de Estado: 
que si vale mucho á mis ojos es porque sus principios fun* 
damcntales conducen por distintos senderos alo mismo que 
anhela la iglesia, á lo mismo á que debe dirijir sus esfuer- 
zos el Estadista : el desarrollo liln-e y armónico de la acti- 
vidad humana, la rehabilitación del trabajo, el bienestar, 
la mejora y perfeccionamiento físico y moral de la sociedad ; 
esa ciencia, á todas luces recomendable y necesaria ; cuando 
ofuscada con los prodigios de la riqueza, se erije en arbitra 
del pasado, del presente y del porvenir délos pueblos, cuan- 
do pretende avasallarlo todo á los hechos económicos, cam- 
bia para mi de aspecto, y me parece una descarnada anato- 
mía industrial, fria y prosaica como los números de sus es- 
tadísticas, presuntuosa y paradojal como alguno de sus 
axiomas, cuando afirma con los sucesores de Adam Smith 
que la le\j entera de las sociedades humanas estriba en el de- 
sarrollo déla riqueza. 

No proceden asi los que saben que la economía política 



-- 5A — 

no dá ni puede dar la explicación de muchos fenómenos que 
tienen su raiz en el alma y en la moral. 

Yo bien sé que solo los falsos apóstoles, los hijos bastar- 
dos de la ciencia económica reducen todo al maks money de 
los Norte-americanos ; pero esa doctrina despreciable está 
muy jeneralizada, tiene demasiado asidero en el corazón 
humano, y encuentra muchos sectarios en las altas y bajas 
rejiones del Estado para que no la anatematice, para que no 
levante mi voz con enerjía ante las consecuencias que el vul- 
go deduce de semejantes premisas. 

Es preciso ser rico, no importa como ni porque medios. 
Como si la riqueza metamorfoseáse al que la posee por el 
mero hecho de poseerla ! como si no fuese relativa ! como si 
no se midiese por la virtud del hombre y la sobriedad de sus 
deseos / Gomo si el pobre que vive contento satisfechas sus 
perentorias necesidades, no fuese mas rico que el poderoso 
cuyas pingües rentas no bastan para aplacar la voracidad 
del minotauro de sus vicios ! . . . 

No ! dígase lo que se quiera, la tierra con todos los te- 
soros y los gozes que contiene, jamas alcanzará á satisfacer 
ia sed inestinguible que el espíritu siente, y que patentiza 
de una manera irrecusable que debe su orijen á una susb- 
íancia distinta del fango que huellan nuestros pies. 

Lejos de buscar en un poco de ese fango, siquiera se 
lióme oro ó riqueza, (G) el alivio de ío<i«5 las miserias hu- 
manas, la iglesia nos enseña que el infortunio y el dolor, 
contra ¡os cuales se rebelan por instinto el corazón y la men- 
te, vienen de mas alto y tienen su razón de ser, su morali- 
dad profunda y misteriosa. 

Fundándose en esta verdad, que no siempre está al al- 
í;ancede nuestra pobre intel¡jencia,Santo Tomás, de Maistre, 
Eona{d, el P. Yentura y otros escritores católicos, han de- 
mosí/.ado que el progreso no puede consistir en Ijicerdesa- 
porecer completamente, — aun suponiendo que fuere capaz de 
conseguirlo, — el dolor y el mal, que no existen sino de un mo- 
do lelMivo ; que el problema económico es solo una fracción 



— Ot) — 

del problema infinito ; que los hombres, pensando solo en 
gozar han renunciado ¿i ios bienes celestiales para consagrar- 
se únicamente á los terrestres ; pero que á medida que se 
ensancha su horizonte y se avivan las facultades del alma en 
este concepto, tanto mas la sensibilidad y los deseos se au- 
mentan, aunque no los medios de satisfacerlos. Hay un abis- 
rao entre loque la imajinacion concibe y la voluntad codicia, 
y lo que la realidad nos ofrece. Goethe nos lo enseña admi- 
rablemente en su inmortal poema : todo hombre nacido de 
la mujer, el monarca mas sabio y poderoso como el pordio- 
sero mas estúpido é infeliz, están sujetos á la misma ley. 

Aquí resalta y se toca palpablemente, digámoslo así, la 
impotencia del poder civil, la esterilidad de ia ciencia, y el 
destino providencial de la iglesia para remediar, en cuanto 
es posible, los males que naciendo de la naturaleza del hom- 
bre y de la naturaleza do las cosas, dominan en situaciones 
dadas su poder y su razón, por inmenso que sea el primero, 
por exelsa que brille la segunda. 

Ella pone la mano en la llaga y va á buscar en el fondo 
del corazón, bañado con el rocío fecundo de las virtudes 
evanjélicas, la resolución del terrible problema. En vez de 
escitar todas las malas pasiones de la especie humana, le 
manda moderar sus impulsos ciegos, su ambición ilimitada, 
sus perversas inclinaciones; en vez de inocularle la duda, 
principio de la sabidiría según Volncy ; — y que es en reali- 
dad, la desconfianza, el desfallecimiento, la atonía, la muer- 
te del espíritu ; le infunde la fé en Dios, que es la esperan- 
za y la vida, puesto que el alma ha sido creada para sentir, 
creer y amar ; en vez de sobreponer el orgullo y el yo mez- 
quino del individuo á cuanto le rodea, le predica la frater- 
nidad, el respeto, la obediencia ; en vez de despertar y em- 
bravecer sus mas groseros apetitos para condenarle luego al 
.'^uplicio de Tántalo, le enseña la resignación, la temperan- 
cia y el sacrificio; y para que el infeliz, agobiado bajo la 
cruz de sus mil infortunios, no blasfeme do la Providencia, 
y sucumba á la tentación del crimen, empujado por la de- 



— 56 — 

sesperacion ó la miseria, le habla de las penas y de las re- 
compensas eternas, y le muestra el cielo, y deja caer en su 
cáliz una gota del bálsamo divino que mas tarde ha de curar 
todas sus heridas, y transfigurando su ser y disipando las 
sombras de la muerte, ha de llevarle á despertar, revestido 
de luz y de gloria, entre un coro de ánjeles, junto al trono 
ríidiante del Altísimo! 

Esto dice, esto enseria la iglesia, y la esperiencia cons- 
tante de los siglos, al par que es el mas elocuente testimo^ 
nio de la eficacia de sus doctrinas, dá un solemne desmenti- 
do á los que, llámense filósofos, economistas ó gobiernos, se 
imajinan que solo en la materia, en sus combinaciones y re- 
sultados, se encierra todo el problema social 

Si todavía quedase alguna duda acerca de la falsedad de 
este principio hijo de la filosofía materialista, y fuente ina- 
gotable de perniciosísimos errores, no hay mas que echar 
una ojeada sobre los Estados mas ricos y poderosos ; y se 
verá que con toda su decantada riqueza y poderlo, una gran 
mayoría de los individuos que los componen, en medio de 
todas las ventajas de la civizacion son mas infelices que el 
úVi'imo gaucho, roto [i) ó indio del continente americano. 

He vivido cuatro años en Francia, he recurrido la Ingla- 
terra, he cruzado una parte de la Alemania, y en todas par- 
tes he visto la prostitución y la miseria en proporciones co- 
losales. Conozco todas las provincias de España, y aseguro 
que en la mas infeliz no se vé lo que en un solo barrio de 
Londres, de Pafis ó Viena. Y cuanto no podría decirse de las 
costumbres de un gran número de estos parias de la civili- 
zación, apesar de los infatigables esfuerzos de la autoridad 
y de las sociedades filantrópicas ^ara arrancarlos á su ab' 
yecto embrutecimiento y proporcionarles alguna instrucción 
y bienestar! ] Que amargas reflexiones no despierta el sig- 
no de esos desdichados, que horriblemente pervertidos des- 
de la infancia y como por juro de heredad, fatalmente mar- 

(1) Asi califican en Chile á los muy pobres. 



— .J/ — 

chan paso á paso al patíbulo, fljsolo porque el Estado no 
ha podido ó no ha sabido desviarlos de la senda del mal, 
elevándolos en moralidad y ahuyentando de su lado las dos 
consejeras mas terribles del infierno : la ociosidad y el ham 
brel ... Ah ! delante deesa pavoroso espectáculo, delante 
de ese eterno padecer organizado é infinito, que constituye el 
alma humana, y que bajo formas distintas y doquiera palpi- 
ta eternamente en las entrañas de la sociedad, delante del 
hacha del verdugo que corta el nudo en vez de desatarlo, 
como no inclinar la frente ante la teoría del deber y el ideal 
de la pena trazados por la Iglesia, madre amorosa á quien su 
ternura, inspirada por el sentido luminoso de las cosas divi- 
nas, reveló lo que la política y la ciencia no podían ni pudie- 
ron comprender jamas ! 

(1) Segi>n Mr. Lelul (informe al cuerpo lejislativo—^ de 
Mayo de 1855) salen lodos los años de las prisiones o/dínarias de 
Francia de 40 á 50,000 ladrones, prontos a enlregarse al asesinato 
[prels ü tremper leiirs mains dans le sa«^; son sus palabras.) 
Solo en París, en 1852, fueron presos por vagos y rateros 21,316 
personas- En este número figuraban 6,228 niños y 581 niñas de 
7a 12 años! La parle de la población que cabe en suerlt;, mes por 
mes, año, por íiño á las cárceles, á los trabajos forzados y al patíbu- 
lo, se ha fijado con tanla regularidad como las reñías del gobierno. 
No se pueden leer sin estremecerse de horror lo? pormenores que se 
encnenlran a esie respecto en el aProblcma de la miseria)} por Mr. 
Moreau-Chrisiophe, y en los a Estudios sobre las causas de la 
miseria tanto moral como física y hs medios deremediarla^-» por 
A. E. Cherbulicz, La lectura de eslas dos obras causa el efecto de 
una horrible pesadilla. 



II. 



El Estado formula la ley, buena ó mala, ía sanciona, y 
señala al transgresor una pena pecuniaria, corporal, ó dé 
inhabilitación de alguno ó de todos los derechos políticos y 
civiles. 

Eludida la ley, mientras no se descubre el fraude, no ca- 
be ninguna responsabilidad civil ni criminal al que la infrin- 
jo ; puesto que los hombres solo por las acciones esternas 
sujetas á los sentidos pueden juzgar del interior de sus se- 
mejantes. 

Mas todavía ; es un principio del derecho que la verda- 
dera medida para apreciar un crimen, consiste en el daño 
prckimo ó remoto que ocasiona á la sociedad ; y que á esta 
no le conviene castigar los delitos pasado algún tiempo i es 
decir, que proscripto el delito, los hechos que le causaron 
no son ya punibles. 

'( El objeto de las penas, dice un ilustre jurisconsulto, no 
es el de atormentar ni aflijir á un ser sensible, ni impedir 
que un crimen, cometido ya, no io sea efectivamente. Esta 
inútil crueldad, funesto instrumento del encono, del fana- 
tismo, ó de la debilidad de los tiranos ,• podría adoptarse 
por un cuerpo político, que lejos de obrar por pasión, no 
tiene otro objeto que reprimir las de los hombres.^ ¿Se 
creerá acaso que los lamentos de un desgraciado, evoquen 



— 59 — 

de lo pasado, que nunca vuelve, una acción va cometí. ■♦ 
da?(l) 

Esta es la doctrina que sirve de pauta al derecho penal 
moderno en toda la Europa civilizada ; doctrina que no co^ 
mentó ni analizo, pero que se funda en un orden de ideas 
las mas convenientes y racionales, atendidos los medios hu- 
manos, la utilidad jeneral y la imperfección radical de la 
sociedad compuesta de hombres y gobernada por hom- 
bres, que no j)ucden ser perfectos. El mas bueno es el me- 
nos malo^ si hemos de creer á Pascal, según el cual el 
hombre no es ánjel ni bestia, sino las dos cosas á la vez. 
Recomiendo en el apéndice la orijinalísima definición del 
ateo Proudhon, que en el fondo viene á ser la misma del 
autor de las Cartas provinciales. (7) 

De todos modos, bajo cualquier aspecto que se conside^ 
re, la franca y recta aplicación de la doctrina espuesta, 
constituye un verdadero progreso en materia de lejislacion 
crimina] ; y sin embargo, el progreso viene de muy atrás. 
Ahora como siempre, la iglesia se anticipó á los filósofos, á 
los sabios y á los filántropos y les lleva inmensas ventajas. 

Cuanto mas medito, cuanto mas profundizo, cuanto mas 
estudio y comparólos puntos de contacto que entre sí tienen 
las ciencias políticas y sociales, mas se abisma y confunde 
mi razón ante la majestad sublime de los misterios relijio^ 
sos, ante el sello divino de las verdades reveladas, porque 
es racionalmente imposible que las haya inventado nadie : 
emanan directamente de Dios. 

Hagamos las aplicaciones oportunas al caso que nos ocu- 
pa, y se verá confirmada esta verdad hasta la evidencia. 

La iglesia fundándose en el dogma de la caida del hom* 
bre, que necesita rehabilitarse á todo trance ; y en el del li- 
bre arbitrio, que le deja el mérito y la responsabilidad de 
sus actos con facultad de optar entre el bien y el mal ; pres- 
cinde de toda conveniencia profana, toma por regla la moral, 

(1) B'Ccaria — Diserlacion sobre los delilos y las penas. 



— 60 — 

impone á cada hombre .el deber de amar y practicar la vir- 
tud, de uo hacer á otro lo que no quiera para él, y coloca 
dentro de su propia conciencia el tribunal de sus acciones. 
El hombre se absuelve ó se condena á si mismo antes que 
el soberanojüez confirme ó 'revoque la sentencia. Obra suya 
es el premio ó el castigo que le aguarda. 

De este antagonismo resulta que sin salir del mundo, exis- 
te ya para las penas y recompensas, entre el Estado y la Jgle» 
sia, la misma diferiencia que entre la voluntad y la libertad. 
El primero simt&liza en sus preceptos la voluntad, fuerza 
activa, variable, continjente, susceptible de ceder á la pa- 
sión, á la violencia, al error ó al engaño; y la segunda, la 
libertad ; es decir, un atributo esencial, inmutable, absolu- 
to y abstrato. Aquel, estimando la gravedad del delito por 
sus resultados aparentes, se inclina sin advertirlo á la teoría 
de Descartes, Condillac y demás filósofos que hacen nacer 
las pasiones del simple fenómeno de la sensación ; esta, las 
subordina como JoufFroy y la escuela espiritualista á un 
principio innato, permanente, indestructible, llámese ins- 
tinto, propensión ó como se quiera, que la razón, que hi 
virtud, que la lucha y predominio del bueno sobre el mal 
impulso, pueden modificar y vencer; y justamente en este 
combate y en este triunfo se encierra la gloria del cristiano. 

Asi por ejemplo, y para hacer mas evidetite lo que acabo 
de esponer, supongamos que tengo un amigo á quien la ley 
no le permite reconocer aun hijo adulterino y por consi- 
guiente nombrarle su heredero. Este amigo, confiado en mi 
honradez, me deja su herencia ó gran parte de ella, como 
legado de deuda, encargándome recervadamenle la entregue 
á su hijo cuando llegue á la ^mayoridad, 'en la forma mas 
apropósito para poner á cubierto la honra de su madre. El 
secreto queda entre los dos, y mi amigo espira en mis bra- 
zos, repitiéndome . conilo en tu lealtad y cristianos sentí- 
mientes. 

Si no hay una ley moral, si la conciencia no me impene 
^ el deber de llenar relijiosamente este pacto, tanto mas sa- 



— G 1 — 

grado para mi cuanto no hay poder ni tribunal civil que pue- 
dan compelerme á su cumplimiento ¿quién duda que podro 
quedarme impunemente con esa cantidad, — que es un ver- 
dadero Gdeicomiso y no un legado, un depósito y no una do- 
nación, — aunque te conste el hurto al despojado y pretenda 
hacer valer sus derechos? ¿A quién acudirá, y quién, y có- 
mo se me podrá condenar á la restitución? . . . 

Si este ejemplo no basta, pondré otro todavía mas con- 
chívente y desisivo. 

Tomemos por tipo y comparemos el proceder de un es- 
tadista ú hombre político con el de un cualquiera dominado 
por la idea del deber, tal como lo define la iglesia católica. 
El hombre de Estado no vacilará, por poco que la ambición 
le aguijonee, en cometer acciones indignas, de esas que ha- 
cen subir el carmín al. rostro, cuando el que aun no está 
completamente pervertido, las. recuerda solo y frente áfren* 
te con su conciencia en el silencio de su gabinete; pero el 
liombre rclijioso, el que estime en algo su propio aprecio y 
el de los demás, al encontrarse en una de esas ocasiones so- 
lemnes en que cada cual . escucha dentro de sí dos voces dis- 
tintas : una que le dice : esto te dará consideración, rique- 
za, ventura, nadie lo sabrá ó si lo sabe ningún peligro real 
te resultará ; y otra que le grita : eso tendrás que comprar!» 
loa costa de un crimen ó de una infamia, cumple tu deber 
y sacrifícate I el hombre verdaderamente relijioso tal vez 
luche, tal vez vacile — que tan grande y seductora puede ser 
la tentación; — pero estad seguros que si se refujia en el 
santuario de su conciencia como en una fortaleza impenc- 
tnible, saldrá victorioso de esta ruda prue*ba, y sacrificará 
su interés, su deseo, su conveniencia ó su posición, y cum- 
plirá su deber á despecho de todos y de todo. 

Aquí la pena y la recompensa son puramente morales; 
y sin embargo son mas eficaces que si fuesen positivas. Y 
¿por qué? porque el Estado no castiga ni puede castigar los 
crímenes ocultos, inaveriguables, que por su naturaleza se 
escapan á la acción ó á las investigaciones puliciales ; y llega 



— 62 — 

su impotencia hasta tal punto nue hay deUtos como ios que 
se refieren al honor en que todos sus esfuerzos son inúti- 
Jes; (1) y otros como los que atacan al pudor ( delitos car. 
nales) cuya persecución y castigo tiene que dejarlos á mer» 
ced de las partes agraviadas ó de sus deudos inmediatos (8) 
pero el cristiano mas humilde ó poderoso, mas sabio ó sg- 
rante anda siempre acompañado de un censor inflexible que 
fe señala el abismo en que vá á caer : y sabe que no hay 
muros ni misterios donde no penetre la mirada de aquel, 
que en todas partes está y qne sondea hasta los mas secre-» 
tos pensamientos : 

« Invisible doquier, doquier presente.» (2) 

No hay ley, no hay constitución escrita, no hay filoso- 
fía que inspiren y realicen los prodijios que ejecuta la fuer» 
za sobrehumana que adquiere el hombre impulsado por la 

(1) Entre estos delitos, e! mayor es, sin disputa, la calumnia, 
cuya gravedad y trascendencia á nadie pueden ocultarse, como 
tampoco la ineficacia de los medios civiles de represión y la dificultad 
prueba; dificultad que nace de la imposibilidad de averiguar las mas 
veces quien ha sido el infame inventor de la calumnia. Por lo regu- 
lar, esta hiere solapada y traidoramenle, y el agredido siente el dar- 
do envenenado ; pero no vé ni encuentra por masque la busca, la 
mano aleveque se lo asesta. El espíritu de chismografía y novelería, 
la malevolencia, la estupidez, la envidia, el odio y todíis las ruines 
pasiones del corazón humano, la acojen con avidez. Hay propen- 
sión natural á creer lo malo ; pero lo bueno se pone en lela de jui- 
cio. Asi la calumnia, enriquecida con glosas y comentarios, sa- 
zonada con chistes y epigramas, mas escandalosos tal vez, añadiendo 
la burla al ridículo, la mfamiaal desprecio, circula deboca en boca 
como una moneda que se pone mas lustrosa y flamante a medida 
que pasa de mano en mano, según la injeniosa comparación de Sen- 
be, en una de sus profundas comedias á que sirve de argumento 
«si6 negro y execrable delito : la cahimnia. 
(2) Espronceda. 



— 63 - 

creencia relijiosa. ¿Necesitaré repetir que el olvido y des- 
precio del sentimiento en que se funda esta, es el gran mal 
de los tiempos modernos? Necesitaré traer á colación los 
mil hechos aducidos por el abate Gaumc en su famosa obra, 
para probar que somos cristianos únicamente en el nombre 
y en el culto esterior, y que todo conspira al desarrollo y 
fomento del paganismo práctico en el seno de las socieda- 
des modernas?.. 

No soy tan pesimista como este erudito eclesiástico, que 
no ha mucho tan recia polvareda levantó en Francia y en 
Europa con su célebre ver ron geiir (gusano roedor.) No 
creo, bien considerado todo, que el mundo vaya de mal en 
peor, que nosotros seamos mas perversos que nuestros pa- 
dres, mas malos que nuestros abuelos, y que la jeneracion 
que nos suceda, será mas ruin que nosotros, como preten- 
día hace ya algunos siglos un poeta pagano en aquellos ver- 
sos que conviene recordar, porque son el santo y seña de los 
misántropos y reaccionarios de todas las épocas y de todos 
los países. 

«yEtas parentum, pejor avis, tulit 

Nos nequiores, mox daturos 

Progeniem vitiosioren.)) (Ij 

Pero también es imposible desconocer que la subversión 
completa de las ideas relijiosas y morales, produce á cada 
paso l§s mas tristes y cómicas contradicciones. Al exami- 
narlas de cerca, se reiría uno como un imbécil, si las lágri- 
mas no se agolpasen á los ojos destilando el duelo del cora- 
zón. Desdichada humanidad! 



(1) Horacio, Oda VI. libro Ilí 



z 



rodos invcícamos el derecho y ninguno se acuerda de!' 
deber. Todos somos libres y soberanos; pero ninguno en-- 
cuentra razonable que su pretendida libertad y soberanía 
estén limitadas. por las ajenas. Todos nos creemos con apti- 
tudes para ocupar el primer puesto, y ninguno se resigna 
ó subir escalón por escalón las diversas gradas que á él con- 
ducen. Todos hablamos de igualdad ; pero se entiende res- 
pecto de los superiores, no de los que están debajo. El re- 
publicanismo nos encanta ; pero cada uno se convierte en 
un bajá de tres colas en cuanto puede. La democracia es 
muy bella ; pero ninguno se conforma á vivir modestamente 
y á no ser esclavo de su amor al lujo-, á los placeres y de- 
mas fastuosos hábitos propios de la aristocracia. PrQclama- 
mos el olvido del pasado, la tolerancia de todas las opinio- 
nes, la unión, la fusión y concordia ; pero es el olvido de 
los niños que comiendo juntos en el mismo plato,, se pelean 
diariamente á causa de su recíproca glotonería; y castiga- 
dos por sus padres, como los hombr s por la desgracia, ha- 
cen las paces y se comprometen á guardar en adelante mas 
moderación ; lo que no impide que al otro dia, apresurándo- 
se á ganarse de mano, falten á lo estipulado y vuelvan á las 
andadas con el acompañamiento obligatorio de arañazos y 
azotes de costumbre. La tolerancia es prima hermana de la 



— 65 — 

que gastan las mujeres bonitas que se imajinan ser un mo- 
delo de perfecciones con el estúpido que alaba á otra mas- 
bella en su presencia. 

La unión es para cada partido ó bandería, la del rey de 
ias selvas con sus compañeros de caza. Hé aquí la presa 
dividida en cuatro partes iguales ; vamos a repartírnosla 
como hermanos; tomo esta primera porque me llamo ne- 
gro ó azul, dice el león ; y continúa impertérrito apode- 
rándose sucesivamente de las otras : la segunda me perte- 
nece, porque soy el mas fuerte : mi indisputable superiori- 
dad moral, me adjudica la tercera ; y en lo que atañe á la 
cuarta, ay ! del que se atreva á tocarla!.... Oh ! Fedro ! 

« Ego primam tollo, nominor quia leo : 
Secundam, quia sum fortis, tribuetis mihi ; 
Tum, quia plus valeo, me sequetur tertia : 
Malo adfligetur, si quis quartam tetigcfit ! » 

Por supuesto que en este proceder no hay el menor es* 
clusivismo ni estrechez. Nada de eso : practicamos frater- 
nal y cordialmeníe la justicia atributriz. Cada uno para sí 
y Dios para todos. 

Si la unión en todas partes deja algo y aun algos, como 
diría el célebre Manchego, que desear, la fusión no le vá en 
zaga. Ignoro si es sinónimo de'confusíon ó Ente dilucida^ 
do (1) inespücable : pero si sé que en Europa y en Améri- 
ca se veriGca a la manera de los Huidos corrosivos con el me- 
tal á quien devoran ; como la amorosa presión de la yedra 
que seca el árbol á que se adhiere ; y en cuanto á la con- 
cordia, se parece á la de los calóücos y huguenotes dias an- 
tes de la infarida noche de la San Bartelemy. 

(1) Libro curiosisinio y miscelánea de las elucubraciones mas 
estravagantes y desaliñadas. Su objeto principal es demostrar la 
iiaiuraUza, el caracler, las costumbres y fechurías de los Duendes, ■ 
Merass-ieerse. 



— 66 ~ 

No paran aquí nuestros desaciertos, nuestra falta de lo» 
jica y sentido común. Vociferamos á grito herido que el 
hombre no debe doblar la rodilla sino ante la intelijencia ; 
proclamamos á boca llena la soberanía de la razón ; finji- 
raos estaslarnos con las producciones del jénio, y nos ergui- 
mos como serpientes apenas ei menor pretesto, la menor 
espina roza la epidermis de nuestro orgullo y amor propio, 
en estremo susceptibles y delicados : á veces no necesitamos 
pretesto; la envidia que nos roe las entrañas, basta y sobra. 
La superioridad cuanto mas innegable y reconocida, tanto 
mas nos irrita. Eí hombre verdaderamente superior produ*» 
se en la inmensa mayoría de nulidades que le rodean, el 
efecto del agua en los hidrófobos; y lo mas orijinal es que 
no son ni ios mas sabios ni los mas legos sus peores enemi- 
gos; sino las medianías arrogantes y presuntuosas, ios que 
abrigan mas pretensiones y tienen menos títulos para ocu- 
par el elevado rango á que aspiran. Hombres funestos, ter- 
ribles solo por su audacia — siempre la ignorancia fué atre 
vida, — por su espíritu de intriga y por la bajeza de sus pro- 
cederes. ¿Qué no sacrificarian por llegar al fin que se pro- 
ponen ?... Hasta pasarían por encima del cadáver de su ma- 
dre, como Nerón sobre el de Agripina. 

¿ Y se quiere que no haya déspotas, cuando ios buenos 
ciudadanos, modestos y dignos, se refujian en su hogar y 
evitan las avenidas del poder, — porque nadie que tiene con- 
ciencia de lo que vale se degrada hasta emplear los medios 
rastreros de sus adversarios, á mendigar y escalar por asalt < 
posiciones que imponen serios y penosos deberes ; mucho 
mas cuando vé arrastrarse á las plañías del trono ó de la si- 
lla presidencial, salvo honrosas escepciones, á hombres domi» 
nados por la fiebre de la ambición, ó el delirio de sus pa^ 
siones bastardas y egoistas, murmurando ai oido de ios que 
mandan las palabras tentadoras de Meníistophéies a! doctor 
Fausto? Cómo no ha de haber tiranos, repito, si los bue- 
nos huyendo ó callando, y los malos aconsejando y ohran^ 
do les entregan la sociedad atada de pies y manos, los em- 



pujan al mal, y ponen en su diestra el hacha sangrienta de 
la dictadura?... 

Si lo que precede no agrada á muchos, diréles para con- 
suelo quo hay quien créc que todos, capaces é incapaces, 
nos conceptuamos mas intelijentes, mas buenos y mas dig- 
nos, y cuando nos ponen á prueba, todos reproducimos los 
mismos errores y miserias, todos patentizamos que valemos 
lo mismo y quizá menos que nuestros antecesores. 

«Mucho tiempo hace, decía Íloyerd-Collard, que los 
acontecimientos políticos principalmente, son en todas partes 
una grande escuela de inmoralidad.» Nuestra sociedad gra* 
vemente enferma en España y en América, necesita mas 
que nada robustecer el sentimiento moral. DDnde él domi- 
na toda mejora, toda reforma, todo progreso es fácil y hace^ 
dero. Su soplo vivificante es el aroma que puriQca á los 
hombres y á las instituciones, y les impide corromperse al 
contacto mefítico de los intereses y pasiones dei momento. 
El saber, el talento, las capacidades abundan (en Euro- 
pa) ; y sino abundan, se substituyen con mas ó menos faci- 
lidad por otras cualidades equivalentes. Lo que no abunda, 
lo que no se substituye con nada, lo que sobre toda necesi- 
tamos, son caracteres elevados, almas varoniles, espíritus 
rectos y jencrosos que solo rindan culto á ios eternos prin- 
cipios de justicia y reciprocidad, fuera de ios cuales no hay 
para todos, sino desunión y anarquía, despotismo y mise» 
ria ; sin los cuales los pueblos y los individuos andan, para 
valerme de una frase de la Escritura, como las ovejas sin 
pastor, vagando descarriadas por las pendientes del abismo! 
La pena de muerte por delitos políticos, tan prodigada 
en nuestros dias, que hace mañana héroes á los que hoy 
son reos de lesa -patria ó majestad, podria prestarme nue- 
vos argumentos para demostrar la ineficacia de los resortes 
anti'Cristianos con que toda tiranía legal ó ilegal, pretende 
cimentar su autoridad, sin acordarse de aquella mácsima 
tan antigua como el mundo : vim vi repeliere licet ; sin 
acordarse que con sus desmanes abre la puerta á la tremen- 



— 68 -. 

da íey de las represalias ; y que los mártires de hoy, due- 
ños del poder por una revolución ó de otro modo, pueden 
mañana convertirse en verdugos ; pero no es esto lo que 
iHiicamente rae importa hacer notar, sino la distancia in« 
mensa de este proceder al que aconseja y práctica la igle- 
sia, y que para mi es el ideal, el tipo sublime de la pena- 
lidad. 

Ella no vierte la sangre humana, no encierra al hom- 
bre en un obscuro calabozo ; no le espone tal vez en la so- 
ledad y la desesperación, á caer en la demencia ó en el 
proposito de sucumbir de inanición ; ni le carga de cade- 
nas, ni le obliga á trabajar sin descanso hasta la muerte con 
un grillete al pié. No: sus castigos son puramente espiri- 
tuales, no se dirijen al cuerpo sino al alma ; no oprimen los 
miembros sino la conciencia. 

Aparta temporalmente al criminal del santuario y le 
abandona á sus remordimientos ; podia condenarle al fuego 
eterno, pero caritativa y magnánima, odia el delito y com- 
padece al delincuente. No apaga en su pecíio el último 
destello de esperanza. Le permite acercarse al confesiona- 
rio y espiar con la penitencia y el arrepentimiento el mal 
que haya hecho. Le estimula y ayuda para que entre y 
persevere en el buen camino, y rejenerado vuelva á levan- 
tarse á la altura de donde cayó. Mas todavía : el culpable 
á quien el Estado corta la cabeza declarándose impotente 
para rehabilitarle, puede en manos de la iglesia, si Dios le 
toca en el corazón, llegar á ser un santo, un modelo de vir- 
tudes. Ignoro cuando ni donde el Estado ha tenido tales 
inspiraciones ; pero lo que si sé, es que estos principios en- 
señados por la iglesia desde la aparición del cristianismo, 
dan la clave de muchos enigmas liislóricos inesplicables si- 
guiendo el orden natural de las cosas; prevalecen hoyen 
el ánimo de todos los hombres verdaderamente ¡lustrados, 
se practican en parte en la administración de justicia, y se- 
rán mas tarde— no lo dudemos— la base y fundamento de 
iariejisladon criminal. 



il.l« 



líe dicho que ia economía poHtica era indispensable al 
hombre de Estado, y que si valia mucho para mi, era por- 
que sus principios fundamentales conduelan por distintos 
senderos á los mismos flnes que enseñaba y anhelaba la 
iglesia : al desarrollo libre y harmónico de la actividad hu- 
mana, á la rehabilitación del trabajo, al bienestar, í\ la me^ 
jora y al perfeccionamiento físico y moral del individuo y de 
la sociedad. Veamos de que manera. 

Dotado el hombre de la maravillosa facultad de obrar 
sobre los seres animados é inanimados de la' creación, y de 
írselos apropiando á sus necesidades, nuestra especie se en- 
señoreó y domina yá el mundo, merced al prodijioso desar- 
rollo de esa facultad, cada dia mas poderosa con el auxilio 
de la acumulación de los medios de trabajo y los descubri* 
mientes científicos. 

La palabra industria en su acepción mas lata, simboliza 
pues esta facultad, y su ejercicio ó acción se espresa con la 
palabra trabajo , cuyos resultados convertidos en utilidades 
de todo jénero, se llaman productos ; que conservados ó acu- 
mulados componen las riquezas. 

Aquí entran las dificultades: empezando por Adam 
Smith, todos los economistas han pretendido dar una defi- 
nición exacta de la ciencia económica, y ninguno en mi 



- 70 



concepto lo ha alcanzado de una manera satisfactoria. La 
fórmula definitiva está aun por encontrarse. 

De aqmi las interminables disputas entre las riquezas 
naturales y las industriales j sociales; entre los hechos que 
son del dominio de la ciencia económica y los que pertene- 
cen ai lejislador, al filósofo ó al moralista ; entre el valor 
en utilidad, y el valor venal ó en el cambio ora. 

«El objeto de la economía política, dice J. B. Say, pa- 
rece haberse limitado hasta ahora al conocimiento de las 
leves que presiden a la formación, á la distribución y al 
consumo de las riquezas, y asi lo he considerado yo en m. 
TraZo especial, 'que vio la l«z hace a'gu-s anos pero 
como p..ede verse en esa misma obra, dicha ciencia de tal 
modo se liga á to^lo en la sociedad, que abraza completa^ 
mente todo el sistema social. (1) 

Adam S-íiith había dicho antes (2) que la ciencia ecó- 
nomo a, e„;.,anos del estadista ó lejislador, se encaminaba 
í™ procurar al pueblo una buena renta ó una subsistencia 
icM Y abundante ; ó mejor dicho, á ponerle en el caso de 
;,^;Jr onSas por si mismo ; 2.» á proveer los medios de 
Í:1i Estado ó la'comunidad contasen con los recursos ne 
cesarlos para cubrir con desahogo las cargas publicas. 1 re 
tendb enriquecer á la vez al pueblo y al gobierno. 

Yo no tendría inconveniente en admitir estas delin'C.o- 
..es sino dejasen mucho que desear. La de Say peca por 
presuntuosa todas las ciencias de aplicación abrigan iden- 
icas niHensiones, todas afectan al sistema social, todas se 
eri^en'en soberanas y dan á entender que poco o nada val- 
drian las otras sin su apoyo. 

Vale mas modificar y completar lo ^"e d'cen ^milh y 
Say con las fórmulas de MM. Coquelm y Sismondi, «La 

íi\ Cours d'Econoraie polilique. 

S An inqairy inio .be, nalure ot the WeaUb of nai-ons. 



— 71 — 

ciencia de las leyes del mundo industrial, escribe el prime- 
ro, y el bienestar físico del hombre, tanto como puede ser 
la obra de un gobierno, añade el segundo, es el fin de la 
economía política.» Bajo este aspecto, no cabe duda que 
constituye una sección ó ramo del arte gubernativo y puede 
contribuir eficacísimaraente á la solución de la mayor parte, 
pero no de todos los problemas sociales. 

Storch vé en la economía política la ciencia de las 
leyes naturales que determinan la prosperidad de las nacio- 
nes, es decir su riqueza y su civilización. 

Rossi se limita á decir que existe un número determi- 
nado de fenómenos relativos á la riqueza, imposibles de 
confundirse con otros de diverso orijen, y que eso es preci- 
samente laque la ciencia económica debe estudiar. Asi 
pues, la economía política es simplemente á sus ojos la cien* 
cia de la riqueza. 

Pero si los economistas no están completamente de 
acuerdo en la fórmula científica, sí lo están en la mayor 
parte de los hechos quo afectan inmediatamente á la pros- 
peridad ó decadencia de los pueblos. La ciencia posee una 
serie de verdades deducidas, y mas ó menos aplicables, se- 
gún las condiciones de cada país, á las fuentes de la rique- 
za pública y privada, á la división del trabajo, al libre trá- 
fico, al capital, al crédito, á la asociación, á las leyes que 
determinan el valor de las cosas, a la oferta y la deman- 
da &a. 

Sin conocerlas, y sin conocerlas á fondo ¿cómo se re- 
solverían las mas vitales cuestiones relativas á la industria, 
á la agricultura, al comercio, á la administración pública, á 
la hacienda, á los impuestos? ¿Cómo podría apreciarse si> 
ficientcmente las circunstancias favorables ó perjudiciales 
para la producción jeneral, para el desarrollo de los ele- 
mentos indíjenas y la asimilación de los estraíios, como los 
capitales estranjeros y la inmigración, por ejemplo? ¿Coma 
se estimaría debidamente, hasta que punto se estiende has- 



— 72 — 

ta que punto acciona y reacciona sobre los hechos económi- 
cos, la influencia de las condiciones normales de la socie- 
dad, de las instituciones políticas, déla lejislacion y las 
costumbres ? 

¿Cómo podría prevalecer el gran principio de que por 
medio del comercio las naciones son solidarias, asi en la 
buena como en la mala fortuna, puesto que su interés recí- 
proco estriba en acrecentar los servicios que se prestan, 
multiplicando el cambio de sus productos respectivos, y no 
tratando de perjudicarse y aniquilarse como una menguada 
y estúpida política se los ha aconsejado hasta ahora? 

La acción continua del hombre sobre el mundo material, 
resalta en esa rotación incesante de trabajos y de cambios^ 
de producciones y de consumos, de servicios y de ventajas 
recíprocamente obtenidas, tanto mayores cuanto es mayor 
la libertad del comercio. 

La doctrina favorable al tráfico libre, dice D. José Joa« 
quin de Mora, tiene con respecto á su rival, la gran prero- 
gativa de identificarse con los primeros elementos del ra- 
ciocinio aplicado á la lejislacion y al derecho. El estado so- 
cial es como un mecanismo que, aunque no presenta á 
nuestra vista mas que resortes, cilindros, ejes, ruedas y 
otros objetos materiales, obra en virtud de principios infle- 
xibles, demostrables como son los de las matemáticas. En 
la sociedad vemos intereses, personas, cambios, obligacio- 
nes y derechos : pero todos estos elementos obran en virtud 
de ciertas hipótesis, de ciertas condiciones absolutamente 
esenciales y primitivas ; condiciones que siempre han exis- 
tido, que siempre existirán, y sin las cuales es imposible 
concebir la sociedad, como concebir la línea sin puntos y el 
triángulo sin líneas. Estas hipótesis, estas condiciones no 
nacen de los hechos, no se deducen de antecedentes, no son 
productos de la observación. Son inherentes al ser del hon> 
bre ; son anteriores á la sociedad misma, y existían en la 
humanidad antes que los hombres se congregasen, c^mo ia 



— 73 — 

línea recta existia en la mente, antes que la trazase la ma- 
no. (1) 

Muchos economistas pretenden, que no tanto la riqueza 
en sí, que no es mas que un resultado, sino el trabajo hu- 
mano, la industria humana, fuente principal de la riqueza, 
es lo que debe servir de antorcha á las investigaciones eco* 
nómicas y á las medidas adoptadas por el Estado ; pero pa- 
réceme que en el fondo la diverjencia se reduce á una cues*^ 
tion de palabras, ó mas bien al punto de vista desde el cual 
se consideran ambas premisas, que son á la vez un resulta- 
do y una causa. 

Sea de esto lo que fuere, la escuela de Quesnay con su 
famoso axioma : dejad hacer, dejad pasar, proclamó y la 
esperiencia ha demostrado, que lo mejor que podía hacer 
el gobierno siempre que traduciera en actos los principios 
económicos, era dejar á la actividad espontánea del indivi- 
duo, á su propio interés, la mayor libertad posible. Por eso 
aquel titulaba su obra : Fisiocracia ú orden natural de las 
sociedades. 

Todo sistema, en efecto, que multiplique las atribucio- 
nes de la autoridad pública hasta el punto de subordinarlo 
todo á su dirección, tiende á anonadar la potencia y la ini* 
ciativa del individuo, y está condenado por la teoría y por 
h práctica ; por la razón y la esperiencia 

La historia del pasado nos lo enseña : la principal ten- 
dencia del empirismo antiguo que ha precedido á la ciencia 
económica, cuando no tenia por único objeto reglamentar 
el impuesto y las rentas dtl Estado, se encaminaba á obrar 
directamente sobre la riqueza pública, á procrearla, si me 
es permitido decirlo asi, por medio de espedientes guberna- 
tivos ó por el mecanismo de la lejislacion. Todos los escri- 
tores que se titulaban economistas, se creían llamados á su^ 
ministrar procedimientos ó recetas para enriquecer á su 
país en un santiamén. A su frente aparece el celebérrimo 

(1) La lójica del libre tráfico. 



— 7/i -^ 

escoces Juan Law, cuyo sistema fatalmente aplicado á la 
Francia, contaha numerosos ensayos anteriores sino com- 
pletamente idénticos, bastantes análogos en la misma Fran- 
cia, en Inglaterra y España. Unos se imajinaban dotar á su 
patria con los cerros del Potosí favoreciendo especialmente 
la agricultura, persuadidos que los productos directos de la 
tierra eran una rlífueza mas abundante y segura que toda 
la que podia dar el comercio y la industria manufacturera ó 
fabril. Otros muchos, preocupados con la falsa idea que los 
pueblos se enriquecen á espensas unos de otros, ponían la 
salud de la nación en la estension forzada de sus mercados 
esteriores ó en la esclusion de los productos estranjeros. 
Todos diferian por la naturaleza de los espedientes que pro- 
ponían ; pero todos sacaban por consecuencia que siguien- 
do sus consejos, se encontraría el remedio soberano, la pie- 
dra filosofal, y lo que se encontraba era la miseria y la rui- 
na. No se ha perdido en nuestros dias la casta de estos fa>» 
mosos empíricos, padres del sistema prohibitivo, délos mo- 
nopolios, de las compañías privilejsadas, de la falsificación y 
alteración del valor intrínseco de las monedas &a. 

Los Estados y lor» gobiernos que los dirijen, están obli- 
gados y ese es su deber principal, á garantir el orden, la se- 
guridad, la justicia, tan necesarias en el gran taller del tra- 
bajo; pero nunca de modo que su protección pueda con- 
vertirse en dañosa. La economía política marca sus atribu- 
ciones, demostrando en primer lugar, que la riqueza se de- 
riva de la enerjía de los trabajos individuales ó de la activi- 
dad espontánea de los hombres y en segundo lugar, que 
esta actividad se soniete por sí misma ó por la fuerza de las 
cosas á ciertas leyes regulares que la encaminan sin descan- 
so hacia los mejores y mas fecundos resultados que puede 
enjendrar la industria humana. En presencia de estas dos 
verdades capitales, tan bien enunciadas por los maestros de 
la ciencia, se comprende que toda combinación artificial im- 
puesta al trabajo, sirve únicamente para turbar su orden na- 
tural y disminuir sus productos. 



— /) — 

Estos antecedentes determinan y deben servir de base á 
la teoría del impuesto, á las contribuciones ó sistema tribu- 
tario ; examinando bajo qué forma y con arreglo á qué prin- 
cipios convendria establecer ó reformar los impuestos del 
modo que sean menos gravosos y mas aceptables para los 
pueblos. 

La economía política puede facilitar importantísimos da- 
tos en este y demás casos, en que el estado debe forzosa- 
mente intervenir, porque hay intereses que no pueden sin 
peligro abandonarse absolutamente á la conveniencia ó 
egoísmo de los particulares. Asi sucede en los trabajos liga- 
dos á la defensa del, territorio y á las vias de comunicación, 
á la construcción de estas mismas vías, á la acuñación de 
moneda ó la creación de un papel que la sostituya, á la dis* 
tribucion de las aguas de riego, á todo lo que se refiere, en 
la edificación, á la seguridad, á la hijiene y comodidad pú- 
blicas &a. Entonces grandes é incontroversibles razones re- 
claman la intervención directa déla autoridad; pero esta 
ocasionaría mas daños que bienes á sus gobernados, si se 
deja guiar por la rutina y no tiene presentes en sus dispo- 
siciones los sanos y fecundos principios de la ciencia eco- 
nómica. 

La fertilidad del suelo, y por fertilidad entiendo todo lo 
que los economistas llaman ajentes naturales de la produc- 
ción, (1) la situación topográfica, la facilidad de las comu- 
nicaciones, la abundancia de capitales, la estension del cré- 
dito y la división del trabajo, son después de los morales, 
los mas poderosos auxiliares de la civilización y del pro- 
greso. 

Echemos una rápida ojeada sobro cada uno de ellos, 
eliminando todo lo que no presente en el estado actual de 

(1) Las tierras de cultivo Bguran en primer término, y luego 
lodo lo que en la naturaleza, sea espontáneamente, sea con el au- 
xilio de la industria y de los capitales, concurre á formar los pro- 
ductos. 



— 76 — 

Sud- América y de nuestro país, una utilidad inmediata;- to- 
do lo que no sea de aplicación práctica y diaria. No hago 
gala de erudición ; deseo difundir entre la generación que 
se levanta un caudal de nociones que le sirvan de guia y es. 
tímulo para contraerse á estos graves estudios, en los que se 
encierra, económicamente hablando, la esperanza y el por- 
venir de la patria. 

Poco diré de la fertilidad del suelo, ni de los muchos é 
inesplotados veneros de riqueza que aun vírjenes en sus en- 
trañas guardan todas las repúblicas hispano-americanas. 
Verdades tan evidentes y notorias no necesitan demostrarse. 
La cuestión se reduce á convertir tan grandes ventajas en 
provecho de todos, con los menores sacrificios y en el menor 
tiempo posible. 

En cuanto a la situación topográfica; tomaré por tipo á 
la República del Uruguay, y me limitaré á repetir lo qne 
digo en las pajinas 235 y 36 de mis Esludios históricos y po- 
Uticos y sociales. 

La Re[>ública Oriental del Uruguay aunque pequeíia re^- 
lativamente á otros Estados de América, es uno de aquellos 
países destinados por la Providencia á formar una grande y 
poderosa naci n, Siíuoda en una posición topográfica, como 
pocas en el mundo, lindando al Norte con el Brasil, al Este 
con el Océano Atlántico, al Oeste con las provincias Arjen- 
tinas y al Sud con el Rio de la Plata ; dotada de un clima 
meridional, y rica en producciones de los tres reinos ; cor- 
tado en todas direcciones su feraz territorio por rios tan 
caudalosos como el Uruguay, el Yí, el Negro, el Daiman, 
el Arapey, el Sebollaty, el Cuareim y sus anuentes, cuya 
dirección marca, dividiendo sus aguas y ramificándose en 
multitud de brazos, la Cuchilla Grande, ramal de los Andes, 
y el rasgo mas prominente de nuestro país, al que cruza de 
Norte á Sud, y que hace mas importantes á esos ríos, toda- 
vía no surcados por el hombre, pero que algún dia estende- 
rán su benéfica influencia en proporciones colosales á la 
agricultura, á la industria y al comercio — fuentes de la ri- 



— i ¡ — 

queza pública y privada, — la República Oriental fuera ya uit 
coloso de prosperidad, si el jénio de la barbarie y de la guer^ 
ra no esterilizase con su aliento las semillas fecundas del 
progreso que esponláneamente brotan de su seno, despeda- 
zado sin cesar, ora por el hierro de sus propios hijos, ora. 
por la codicia estranjera. 

Desde 1810 la sangre ha enrojecido los campos y las 
ciudades, las llanuras y las montañas : el resplandor de las 
llamas ha iluminado nuestras glorias y nuestras miserias, y 
el estridor de los sables, el silbido de las balas y el trueno 
de los cañones ha ensordecido la tierra, .desde las márjenes 
del Plata hasta los confines del Brasil, desde el Uruguay 
hasta el Océano.... El período mas largo de paz que hem.os 
tenido apenas llega á dos ó tres años. 

Para formarse una idea exacta de la belleza y de los in- 
mensos recursos que encierra este hermoso pedazo dei 
Edem americano, es prectso haber cruzado sus vastas solé* 
dades, sus campos desiertos, aunque poblados de innume- 
rables rebaños, una tarde de enero cuando el sol desapare- 
ce tras una cuchilla dorando con sus últimos reflejos los 
bosques del Daíman ó el Rio Negro que se pierden de vista, 
en tanto que la brisa, cuyas alas se han perfumado en la 
fragante cabellera de vírjenes selvas tan antiguas como ei ' 
mundo, aiita suavemente las erguidas palmas, los sombríos 
sauces, laureles y sarandies que crecen á orillas de los rios, 
confundidos con los rastreros membrillales, los aromáticos 
salsafrazcs de hojas plateadas y copa en formado bóveda, 
los espinosos aromas, los seibos de encarnadas flores, los 
corpulentos guayacanes, los densos guaviyús, los frondosos 
molles, que ostentan agrupadas como un racimo sus flores 
de color amarillento, y el alto y flecsible coronilla, cuyas es- 
tremidades están defendidas por largas espinas casi tan du> 
ras como el hierro; mientras en una eminencia, al pié de 
un valle, en una quebrada ó al confin de una llanura, como 
avanzado centinela se levanta, solitario é imponente el ji- 
gante de las selvas americanas, el majestuoso ombú, velado 



— 78 ~ 

en sa claro- oscuro manto^ Es preciso contemplar esta natu^ 
raleza magnífica al lánguido fulgor de una alborada ó de 
una noche de diciembre, cuando los primeros vislumbres de 
la aurora ó de la luna vierten sobre ella su roclo de plata. 
Nunca una descripción pálida podrá definirla tal como es. 
Los sonidos y las palabras m.ueren al llegar al oido ; nada 
pintan, nada revelan ; se necesitan volúmenes y horas en- 
teras para describir un paisaje, y no todas las veces se consi- 
gue ; al paso que una simple ojeada sobre los cuadros su- 
blimes de la creación, graba para siempre con caracteres de 
fuego en nuestra mente su animado trasunto, sus peregrinas 
imájenes, su recuerdo indestructible. 

Dejo de trasladar, recomendando á mis lectores el exa- 
men de los datos económicos que se encuentran á continua- 
ción de las pajinas citadas ; y paso á la facilidad de las co- 
municaciones 

Sin desconocer hasta que punto influye en ella la densi* 
dad de la población y la fisonomía característica de cada 
país, no olvidemos que todo lo que propende á hacer mas 
fácil y barato el trasporte y comunicación de las personas, 
de las ideas, y de los productos del suelo, de la industria y 
del arte, contribuye eficazmente al progreso social, y que 
en este concepto, el estado y buena policía de los caminos 
es el mejor barómetro de los adelantos y de la civilización 
de un pueblo. 

Homa uo habría llevado tan lejos la gloria de sus armas, 
si por medio de sus magníficas y jigantescas vías de comuni» 
cacion no hubiera aproximado y puesto en contacto á todos 
los pueblos sujetos á su yugo, jeneralizando los progresos 
que cada cual habla realizado aisladamente. 

La conquista pacifica de las ideas, — única racional y 
conveniente hoy — necesita como la de las bayonetas medios 
de llegar, invadir y vencer en sus propios hogares á los mis- 
mos que las rechazan, porque no las conoc n, como les 
acontecía en el Perú á los febricientes españoles, que se mo- 
rían á centenares, huyendo con superticioso espanto del ár 



— 79 — 

bol de la quina, que les brindaba en vano su benéfica som- 
bra y sus maravillosas cortezas ! 

Facilitando las comunicaciones entre los hijos de la tier- 
ra, los limítrofes y ultramarinos, se facilita el cambio de sus 
respectivos productos, el cambio constituye, alimenta y vi- 
vifica el comercio; el comercio trae la circulación indefini' 
da de los valores, la circulación despierta y llama al capital, 
el capital hace el trabajo mas fecundo y lucrativo. 

Haciendo el trabajo mas fecundo y lucrativo, se iiace la 
vida mas fácil y agradable, y se disminuyen las probalida- 
des de sucumbir á la tentación, que con harta frecuencia 
nos impele á violar la ley moral para satisfacer nuestros 
apetitos sensuales ó nuestras pasiones ciegas y egoístas. 
¿Queréis entraren una nueva era? Rehabilitad y ennoble- 
ced el trabajo. Enseñad al niño con el precepto y el ejem- 
plo, que vale mas asegurarse la subsistencia honrada- 
mente en una posición humilde con su trabajo personní, 
que ser ministro quince días días para descender de la silla 
gubernativa entre silbidos y carcajadas, sino cae maldecido 
y execrado hasta por los amigos de su infancia ; para dejar 
allí — no la vida, que en ciertos casos es la mas alta consa- 
gración de la gloria humana poder ofrecerla en holocaus-» 
to : — sino el aprecio de todos, amigos y enemigos, sus no- 
bles creencias, su fé jenerosa y entusiasta, su reputación, 
acaso, cubierta de lodo é ignominia. 

El amor al trabajo se desarrolla creando nuevas necesi- 
dades ; y crear nuevas necesidades generadoras de la paz y 
el orden, es civilizar al hombre, porque ellas son el estimu- 
lante mas enérjico que le impulsa a conocer el centro en 
que vive, los rtvcursos que el país le ofrece y la aplicación 
de los procedimientos mas eficaces para la producción ó 
consecución de las cosas que necesita. La libertad es su 
condición indispensable. 

Asi la civilización se desenvuelve con tanta mas rapidez 
cuanto podemos aplicar mas libremente nuestras facultades 



— 80 — 

d' los objetos que nos convienen^ y tenemos mayores sega- 
ridades de gozar tranquilamente el fruto de nuestro trabajó. 

De aquí los gravísimos males que ocasiona el menor ata* 
q^ue á la propiedad, los actos arbitrarios y vandálicos, las 
trabas y exacciones fiscales. Si otros me arrebatan el sudor 
de mi frente ¿qué interés, qué móvil tendré en procurarme 
un bien que no gozaré, én economizar lo que el primer ad* 
venedizo disipará ? ... 

Este raciocinio lo hace el mas ignorante de nuestros 
campesinos cuando prefiere enterrar el dinero de sus vacas, 
si las tiene y las vende, ó dejar sus campos despoblados, á 
correr los azares del primer motin ó asonada en que amigos 
y enemigos en nombre de ¡a Patria, asaltarán su estancia y 
ia tratarán como tierra de moros : y gracias si se contentan 
con llevarse los novillos, y ie dejan en paz, aunque hundido 
en ia miseria y desesperación, á él, á su mujer y á sus hijos! 

Derribar las barreras naturales y artificiales donde se 
estrellan todas las combinaciones y esfuerzos del individuo ; 
remover los obstáculos que se oponen á ia franca y libre co'* 
municaciondo los hombres, tan débiies é impotentes, ais- 
lados, como fuertes y poderosos, ea la asociación ; acortar 
las dislaocias y producir con menos trabajo yen el menor 
tiempo posible, equivale á centuplicar en una proporción 
relativa las utilidades y servixíios que bajo un sistema anti- 
sociable y erabrutecedor, en el desamparo, en la soledad y 
abandono, con procedimientos mas lentos y dispendiosos 
exijen un plazo cien veces mayor. Sin hablar de otras ven- 
tajas, en un orden de cosas mediamente aceptable, cada evo- 
lución del capital cuanto mas rápida es, deja en pos de sí 
un lucro inmediato, susceptible de aplicarse — solo ó unido 
al capital — á nuevas empresas y especulaciones. Por eso 
dicen los ingleses ihe time gold is, el tiempo es oro ! pero 
nosotros dignos descendientes de España, acostumbrados á 
UholgOinz'd y ül dolce far niente, favorecidos por una natu- 
raleza pródiga y escudando nuestra indolencia con la inesta- 
bilidad del presente y la incertidumbre del porvenir, nos 



— 81 — 

contentamos con repetir como los lazzaronis de Nápolesc/ii 
vá piano va sano. No se ganó Zamora en una hora. Allá 
veremos. Mañana será otro día. (9) 

Verdad es que muchas causas concurren á fomentar 
nuestra natural inercia. Todavia en nuestras vastas soleda 
des, hay centenares de hombres que viven como en los 
tiempos primitivos, cómelos árabes y los pampas; prefi- 
riendo el robo y el estíido salvaje con todos sus inconve- 
nientes á las ventajas del trabajo. Por qué? porque lejos de 
enseñarles el respeto sistemático y organizado á las perso- 
nas, á la propiedad y á la paz, han ido á arrancarlos de sus 
ranchos para darles leccioHes de moral cristiana y economía 
política en los vivaques y campamentos: lecciones que lue- 
go ellos sencilla y lojicamente han aplicado por su cuenta y , 
riesgo. Oigamos á Francklin. 

c(ün ladrón de caminos que comete robos en cuadrilla 
es tan ladrón como cuando roba solo, y una nación cuyo 
estado normal es la guerra y guerra notoriamente injusta, 
no es otra cosa que una gran cuadrilla de ladrones. Si em- 
pleáis á los hombres del pueblo en saquear á los holande- 
ses, que estraño será que al poner término á esc vandalis- 
mo, habituados al oficio, lo continúen en sus propios hoga- 
res y se roben unos á otros?....)) 

Si de los campos nos trasladamos á las ciudades.,., pero 
será mejor seguir la esposicion de las doctrinas económicas. 
Esta admirable ciencia dá una regla infalible para cono- 
cer el estado de civilización en que un pais se encuentra : 
la división del trabajo. Cuanto mayor es esta, cuanto mas 
ramos diversos abraza, cuanto mas medios brinda al hom- 
bre para utilizar sus fuerzas productivas, cada uno según su 
capacidad y sus necesidades, las relaciones sociales adquie- 
ren mas amplio desarrollo y con ellas el progreso y la civi* 
üzacion. 

Contados son los valores que se consumen en el acto y 
por los mismos que los producen. En el viejo mundo, cada 
producto áiites de llegar á su estado definitivo, pasa por 

5 



— 82 — 

distintas transformaciones, aumentando la circulación y 
creando otros tantos objetos de consunto. Antes que la la^- 
na, por ejemplo, llegue á ser paño, cuantas indaistrias y 
porsonas.no se han puesto en movimiento y vivido á sus es- 
pensas ! ^ 

¿Cómo practicamos nosotros, relativamente, esta gran- 
ley? Cómo procuramos al menos aplicarla al organismo pe» 
culiar de nuestro modo de ser.^ 

Tenemos ganados, cuya principal esplotacioQ se reduce 
á la matanza y á la venta ; pero no sé que se cruzen y me- 
joren las razas, que se utilicen en las estancias los productos 
de cada especie hasta donde y en la forma que podría ha- 
cerse sin salir de allí. 

Tenemofj una poca y mala agricultura : — digo raala, 
porque en jeneral ni los instrumentos ni el sistema de cul- 
livo corresponden á los adelantos de la ciencia. Sin embar- 
go es, ( ó debia ser) para todos, una verdad tan grande co- 
mo la casa-fuerte, que la transición del estado pastoril al 
estado agrícola apresurará la época de nuestra rejeneracion 
política y social. 

En industria, artes y ciencias — no nos hagamos ilusio* 
nes — ^^estamos y no podemos menos de estar muy á reta- 
guardia del siglo XIX; y todavía debemos dar gracias á 
Dios por lo poco que de ellas poseemos. 

En cambio en toda ¡a América antes hispana abundan 
los militares; los abogados y los médicos no escasean; y 
hasta los negros changadores se ocupan de política. 

^; Qué sucede?.... 

Sucede que los militares.... (véase el presupuesto de la 
;^-uerra,.) 

Sucede que no hay pleitos ni pueden subsistir de su pre- 
sión decorosamente arriba de una docena de abogados, en 
ciudades como las nuestras. 

Sucede que los médicos acabarán por visitarse unos á 
ívlros para curarse del fastidio de no tener enfermos á quie- 
'}i.'5 fastidiar . como .los abogados por moverse pleitos unos. 



— 83 — 

á otros, careciendo de clientes á quienes poner en armonía 
ó desarmonía, que de todo se vé en la viña del señor. 

Hechos son estos que deben preocupar vivamente la 
atención de los gobiernos ilustrados. Toda fuerza intelijen- 
te, creada y rechazada luego por la sociedad, como supe- 
rabundante ó inútil, representa un capital perdido, una 
existencia precaria, un porvenir aterrante, una actividad 
sin empleo, tanto mas temible cuanto penetrada de su poder 
y robustecida por el estudio; forzosamente, ó ha de rebotar 
con ímpetu indignada, salvando sus linderos para malgas- 
tarse en otras esferas ; ó ha de ir á buscar su centro de gra- 
vedad, aunque sea arrastrándose y serpeando á guisa de 
culebra, como el agua de la nube deshecha por el huracán 
sobre estéril roca, jira en remolino buscando su nivel, y 
faltándole hoya que la contenga en plácido remanso, des- 
ciende desde las alturas al bajo suelo convertida en furiosa 
cascada, que vá á perderse en el fondo de algún obscuro y 
fangoso precipicio. 

La rebelión ó la prostitución.... Triste alternativa, ¿v 
menos que no haya una virtud que no puede ni debe e\i^ 
j4rse del común de los hombres. 

Doblemos la hoja : no me place continuar ; pero reco- 
miendo á quien incumbe el remedio, el estudio detenido do 
ía importantísima tcoria de la división del trabajo. Recia- 
mente aplicad-a produciría incalculables beneficios á la Re- 
pública. 



• :¿~r > ■'^- <~S^~^ 



La riqueza nacional consiste según Sharbeck, no solo en 
ja gran masa de valores que pueden producirse en un país, 
sino también y muy principalmente, en el mommiento pro- 
ductivo^ j enera!, continuo y rcipido de estos valores. 

En efecto, la circidacion únicamente puede hacer pal- 
pables todas las ventajas que la sociedad obtiene de dichos 
valores, convirtiéndolos por su natural fuerza de espansion 
al pasar de mano en mano, en fuente inagotable de lejitima 
ganancia, de bienestar y riqueza para todos, y centuplican» 
do en su flujo y reflujo la virtud prolífica del capital. (1) 

El capital, fruto de la acumulación y conjunto de los 
valores sustraidos de antemano al consumo improductivo, 
herencia que el pasado lega al presente (2) tiene siempre 
y entonces doblemente una importancia decisiva. Es sabido 
que sin su ayuda, pequeña ó grande, el hombre nada puc 

(1) Calcúlase que el algodón desde que se cosecha en América, 
hasla que sale de las fábricas europeas, convertido en telas pasa por 
cíenlo cincuenla ó doscientas manos. En Londres, en Liverpool, en 
el Havre y otras plazas comerciales, se venden varias veces los car- 
gamentos en bruto antes que lleguen á su deslino. 

(2) Esla definición difiere algo de la que dan jeneralmente los 
economistas: la de Say me parece la mas completa. Véase en eí 
Epitome al fin del tomo II de su Tratado la palabra Capital, 



-- 85 — 

áe y que hasta su mismo trabajo de nada le serviría. ¿Qué 
profesión, qué arte ú oOcio hay que no necesite el empleo 
de un capital representado por los instrumentos, libros, 
aparatos y demás objetos indispensables?.... Desde Adam 
Smith hasta Rossi todos los adeptos de la ciencia están de 
acuerdo en este punto. 

Existe no obstante, otro ájente superior al capital : el 
crédito. 

El crédito, que es una virtud social, nace de la confian- 
za aplicada al trauco, y es hoy el mas firme aliado de los 
gobiernos, (que cumplen sus compromisos,) y el mas pode- 
roso motor del comercio y de la circulación de las riquezas 
sociales. 

El crédito para los Estados como para los particulares, 
consiste en la facilidad con que encuentran quien les preste 
ó les fie, y en las garantías que pueden dar á sus acreedo- 
res. Gracias á él, los capitales inertes en las manos de los 
que no pueden ó no saben utilizarlos, pasan á otras mas ne- 
cesitadas, mas activas é intelijentes, que los ponen en jiro 
y los multiplican en provecho suyo y de sus dueños 

Otra ventaja del crédito, es que simplificando las tran- 
sacciones, las facilita, y favorecidos y favorecedores hacen á 
la vez su negocio, dándose treguas para el pago. Entre mu- 
chos ejemplos que pueden verse en los economistas, citaré 
uno que por su sencillez está al alcance de todos. 

Un droguista no pudiendo sacar partido de sus drogas, 
las vendia al liado á un tintorero ; este hacia el mismo ser- 
vicio al fabricante de telas con las pinturas elaboradas con 
las drogas ; el fabricante, con sus telas ya pintadas, al co* 
merciante por mayor; y el comerciante, al tendero que se 
las compraba y las vendia al pormenor. De este modo, sin 
interrumpirse la producción, al espirar el plazo marcado en 
los vales ó pagarés, cada uno recibía de su deudor y podía 
pagar á su acreedor la suma correspondiente, habiendo 
realizado lodos una ganancia proporcionada. 

Ccü el auxilio del crédito, se restablece finalmente, la 



— 86 — 

balanza del comercio, interior y esterior, ó sea el equilibrio^ 
no entre las importaciones y exportaciones, muchas veces 
falaces ; sino entre la producción y el consumo, entre la 
compra y la venta ; equilibrio que al romperse bajo el in- 
flujo de perturbaciones mas ó menos profundas, suele acar- 
rear una escasez de numerario perjudicialísima al tráfico. 
Los transtornos, las crisis mercantiles, las pérdidas de las co- 
sechas, ios pánicos etc. al par que retiran de la circulación 
una inmensa cantidad de valores, hacen mas sensible la fal- 
ta del medio circulante. 

Entonces los banqueros dueños de la moneda ó de efec^ 
tos realizables en el acto, están de enhorabuena. El crédito 
yace herido de muerte ; pero ellos dictan la ley como sobe- 
ranos ; sobre todo si los gobiernos y los particulares, con el 
dogal de la necesidad en la garganta, les ceden hoy por 
veinte lo que mañana valdrá mi!. Hablo en tesis jeneral, y 
sentiré que se hagan siniestras interpretaciones de los prin- 
cipios que acabo de esponer. 

Muy lejos estoy de participar á este respecto de las cán^ 
elidas preocupaciones del vulgo, sobrado vulgarizadas entre 
nosotros... (1) Pasa con los contratos oficiales y con el rédi- 
to de los empréstitos lo que con la usura privada. ¿Qué 
me importa que sea inicua é irritante, si nadie con toda su 
filantropía y desinterés, cuando vuelvo los ojos á todas par- 
tes, cuando llamo á todas las puertas, cuando agoto todos 
los recursos del saber y del injenio, de! razonamiento y del 
ruego, nadie me tiende una mano amiga y me saca del apu- 
ro en que me veo ? El que me presta — sea como fuere — me 
hace un eminente servicio, que pagaré muy caro — es cier- 
to ; — pero sin el cual me habria muerto de necesidad. Ben- 

(1) Los capilaüslas soslienen al Esiado, cómela soga al ahor- 
cado, decía VoUaire ; pero esla mala cbanzoneía, mui aplaudida 
entonces, no impidió que los capilaüsias hayan salvado mas de una 
vez á la Francia y á las demás naciones europeas da una bancarro- 
a, iiieviiable sin su auxilio. 



— '87 — 

Iham lo hademóstrado victoriosamente con argumentos que 
no admiten réplica. Remito a su Defensa de la usura á los 
que opinan do otro modo. 

El valor de las cosas está en razón directa de la falta que 
nos hacen. El dinero es una raercnncia ; si abunda, vale 
poco ; si escasea, vale mucho, muchísimo. Si á esta consi- 
deración se añaden otras no menos concluyentes, se verá 
que ningún contrato leonino tendría lugar si los gobiernos y 
]os particulares no hubiesen perdido hasta tal punto su cré- 
dito y disminuido las garantías de pago, que si algo debe 
maravillarnos, es que todavia encuentren quien les facilite 
sus capitules. El premio se regala y no puede menos de 
regularse en proporción á las continjencias de los riesgos 
(jue corre el prestamista. Figurarse otra cosa es pedir peras 
al olmo ; es ignorar hasta las mas triviales nociones de la 
ciencia económica : es decretar la virtud, para que todos la 
preconicen, y llegado el caso ninguno la cumpla. 

Por lo demás, toca al ministro > del ramo saber apreciar 
las circunstancias favorables para tal ó cual operación ; co- 
nocer y deslindar lo que sea realmente beneficioso y acepta- 
ble, todo lo que se puede conseguir en un caso dado ; y una 
vez conocido, comparar las proposiciones hechas, escojcr 
entre ellas la que. juzgue menos onerosa y traiga mayores 
utilidades á la nación, adoptando en consecuencia las medi- 
das convenientes para que los fondos que entren en tesore- 
ría, sirvan únicamente para los objetos á que se destinó el 
empréstito ó contrato ; para que no sea estéril el sacrificio, 
y la pérdida aparente ó real se convierta en gasto reproduc- 
tivo. Las sanguijuelas y los vampiros se alimentan del mis- 
mo modo : solo hay una pequeña diferencia; aquellas dan 
la vida y estos ocasionan la muerte. 

El que goza de perfecta salud no necesita de tales diafo- 
féticos ; pero es un horrible sarcasmo y el colmó de la mal- 
dad ó de la estupidez aplicar á un pobre enfermo, en vez de 
una benéfica sanguijuela, un voraz vampiro que no le d^je 
una gota de sangre en las venas. 



-^ 88 — 

Podría entrar en mas detalles ; pero no lo considero pro- 
vechoso en estos momentos. Por la misma razón nada diré 
(y hay macho qae decir) sobre la teoria de los bancos y de 
las cajas de ahorro, sobre los aranceles de aduana, los trata* 
dos con el Brasil, la reforma administrativa, el arreglo (ó de* 
sdrreglo) de la deuda y otras operaciones financieras. Ni 
este es el sitio m.as á propósito, ni laíndole de esta obrita me 
permite entrar en largas y escabrosas investigaciones, que 
harían este capítulo interminable y me llevarían donde no 
quiero ir. Carezco, ademas, de datos positivos, y haciendo 
deducciones inoportunas, aventuradas ó injustas, es fácil 
que sublevase inútilmente contra mi á todos los hombres 
que han figurado ostensiblemente en la política, á todas las 
clases que dependen del Estado y á la mayoría de los acree- 
dores de la nación. 

Desearía con todas las veras de mi alma contribuir al 
bien de todos, que es el bien del Estado, — puesto que de- 
jando sutilezas aparte, el- Estado se compone indistintamen* 
te de todos los miembros de la gran familia, que constituye 
una sociedad determinada ; — creería dispensarles un verda- 
dero servicio, y se imajinarian acaso que atacaba y descono" 
fia sus indisputables méritos y servicios, sus lejítimos y res- 
petables intereses, y derechos adquiridos. Conste — y basta 
por hoy — que en la hacienda se encierra actualmente la 
salvación del país, como nadie ignora, y que el egoísmo, la 
propia conveniencia, aconseja á todos, nacionales y estran- 
jeros, empleados y no empleados, estancieros y comercian- 
tes, propietarios urbanos y rurales, en traer una piedra al 
edificio común; en renunciar á pretensiones, ventajas y es- 
peranzas hoy nominales y quiméricas, injustas é irrealiza- 
bles para hacerlas, procediendo como se debe y se puede, 
efectivas y reales, en un período nada lejano. Consiste en 
ellos tanto como en el gobierno, capaz de acometer y llevar 
á cabo tan alta y meritoria empresa; pero.... el hombre 
propone y el que manda dispone. Seguiremos como hasta 
aquí, condenados al suplicio de Tántalo, que se moría de 



— 89 — 

hambre y no podía alcanzar las frutas que herían su frente , 
que se moría de sed y no podía beber el agua que le rozaba 
los labios!.... Seguiremos entregados al azar, sin norte, sin 
bandera, sin vínculos de cohesión que nos estrechen y unan 
á pesar nuestro, divididos en tribus enemigas, siempre en 
acecho, prestando siempre el oido al redoble del tambor, el 
pié en el estribo y el sable en la mano, prontos siempre á 
ceder á las sujestiones do no sé que espíritu refractorio, 
agreste é insociable, reflejo de la América desierta y salvaje 
que palpita lo mismo bajo el poncho del gaucho ignorante, 
que bajo el frac del american ) civilizado. 

Suponiendo un estado de cosas deplorable y una situa- 
ción nada lisonjera ; suponiendo que tuviésemos los medios 
y el poder de hacer preponderar momentáneamente por la 
fuerza, las buenas doctrinas ¿conviene, económicamente 
hablando, promover revoluciones para llegar al objeto ape- 
tecido ; ó vale mas esperar que el tiempo y la extinción de 
las influencias delecléreas á cuyo abrigo han nacido y de- 
sarroüádose todos los males y abusos, que desde nuestra 
emancipación hasta el presente nos han llevado y llevan de 
Heredes á Pilatos, sequen las raices del árbol maldito que 
cobija bnjo su souíbra mortífera á la ambición, á la discor^ 
día, á la anarquía, al despotismo yá la miseria?.... 

Me inclino á esta última solución. Nada importa que ar- 
diente ráfaga de verano agoste una planta que al morir deja 
cubierto el suelo con su simiente,, mil veces mas numerosa 
y lozana. La tierra amiga que la hospeda en su seno, no le 
negará sus jugos vivificantes, y los primeros rayos del sol 
de la guerra y las primeras brisas impregnadas de pólvora, 
liarán brotar á centenares nuevos y mas vigorosos retoños. 

La libertad no se conquista ; se adquiere. ISo sale de un 
hachazo, vestida de todos sus atributos, como Minerva de 
la frente de Júpiter ; nace entre lágrimas y jemidos, crece y 
se desarrolla como el hombre — Abrazada por sorpresa, no 
se retiene sino coronándola con la civilización, y la civiliza- 
ción á su vez exije cadenas de oro. 



— '90 — 

Las revoluciones, escepto en muy señalados casos, se 
las dan de hierro, porque cuestan tan caras, que por lo re» 
guiar arruinan á los pueblos. Levantan y crean nuevas en- 
tidades ; substituyen unos abusos por otros ; nulidades á 
nulidades; hambrientas á hurtos; pero en suma ce vuelven 
los mismos ^perros con diferentes collares. y) (1) 

Sin entrar en los efectos morales, porque ahora busco 
mis razones en los hechos económicos, veo que doquiera y 
en todas ocasiones se reproducen constantemente los fenó- 
menos que paso á enumerar. 

La revolución vencedora, entroniza uno ó diez caudillos, 
nuevos ó vitjos; vencida, abre ancha puerta á las iras del 
poder triunfante, y de su tumba salen los estados de sitio, 
las venganzas, las prisiones, los destierros, las confiscacio- 
nes y fusilamientos enmasa.... Ahí está la historia desti- 
lando sangre y lágrimas do cada una de sus pajinas, para 
los que quieran estudiarla. 

Entretanto que se decide la cuestión, porque no siem- 
pre las revoluciones se hacen y duran 2A horas, el Estado 
languidece y se extenúa como el individuo que aposenta en 
sus entrañas una solitaria. A medida que se prolonga la 
lucha, se multiplican los anillos del matador reptil, y cada 
anillo es una nueva solitaria I • 

Los obstáculos materiales, hijos del desorden, de la falta 
de medios de transporte, de la ocupación de ciertas localis 
dades por el enemigo, paralizan el comercio é impiden á 
los productos que lleguen á su destino ; mientras la des- 
confianza y ansiedad jeneral, la tardanza ó suspensión de 
pagos, la rebaja cada día mayor en la demanda y la oferta, 
ó en otros términos, la escasez de productores y consumi- 
dores traen fatalmente la estancación del trabajo y del co- 
mercio, las quiebras inevitables, la depreciación de todos 
los valores, el gasto improductivo de las economias anterio- 
res, la ruina de las fortunas acumuladas en largos años de 

(1) Palabras de Fernando VIL 



- 91 — 

Icboriosidad y constancia ; la emigración de los capitales 
que sobrenadan en el naufrajio y la de las personas mas la- 
boriosas é intelijentes, pobres y ricas, que pueden alejarse 
sin riesgo, huyendo de los peligros, de la zozobra, del ma* 
lestar, del abatimiento, de la pobreza, de la miseria, y de 
la desmoralización jenerales. Si á una situación tai, se aña- 
den las contribuciones de guerra y los donativos volunta- 
riosy arrancados á punta de lanza ó poco menos, se com- 
prenderá cuan hondas y mortales serán las heridas de la 
sociedad desdichada que se vé espuesta cada seis meses á 
tan rudos y violentos ataques. Mucha savia y mucha vitali- 
dad hay afortunadamente en los pu blos sud-americanos, 
cuando resisten un año y otro á tantas causas reunidas de 
disolución y muerte. Al comparar loquea este respecto 
se vé en Europa, donde basta la votación de una ley, la cai- 
da de un ministerio, la pérdida de los cereales, una crisis 
industrial, un nuevo impuesto, para ocasionarlos mas gra- 
ves conflictos ; abro el pecho á la esperanza y confio mas 
que nunca en la paternal bondad do la Providencia. Ade- 
la nte ! pues, y no desmayemos. Guiados por el patriotismo 
y por la ciencia, entremos con paso firme en el camino de 
las reformas, y pronto se olvidará el pasado, se remediará 
el presente y el porvenir nos compensará con usura los sa- 
crificios que le hagamos; sacrificios que no deben asustar* 
nos por grandes (jue sean^ si recordamos la máxima predi- 
i-ecta de uno de los patriarcas de la libertad anglo- ameri- 
cana. c( Es la esperiencia una maestra, cuyas lecciones cues* 
tan muy caras ; y por lo tanto, para no arruinarse inútil- 
mente, importa sobremanera no olvidarlas jamas.» 

Creo que basta lo dicho para que no se me acuse de 
parcial é injusto con la economía política ; para que no se 
me haga el cargo deque la trato con desvio (cap. VIH) 
porque no la conozco. No : hace algunos años que vencien- 
do la natural repugnancia de los quo escriben versos á los 
estudios serios, me he consagrado á ellos : primero, porque 
así lo exijia mi profesión de abogado ; y segundo, conven- 



-^ 92 ~ 

cido como estoy de que en mi pobre América por mucha 
tiempo la poesía y la amena literatura serán un lujo hasta 
cierto punto imperdocable en el orden intelectual, cuando 
carecemos hasta de lo necesario, cuando tan débiles somos 
en los ramos mas importantes del saber humano. Si todo lo 
que se siente, se pudiese decir y se creyera, manifestarla 
aquí cómo y por qué conociendo esta verdad desde muy 
temprano y teniendo á menudo que practicar lo contrario 
en Europa, he sufrido muchas veces una verdadera tortura 
moral. Tal vez aigun dia publique varias cartas dirijidas á 
D. Juan F. Giró, al jeneral Pacheco y Obes, al l)r. D. 
Eduardo Acevedo, al Dr. D. Juan B. Alberdi y á otras per- 
sonas dignas para mí de toda consideración y aprecio. En 
la capital de Francia — parece mentira — se encuentra con 
facilidad quieíi compre una novela ó un mal libro ; pero no 
hay quien imprima en español ni de valde, una obra que 
por su índole no esté al alcance del vulgo. La economía po- 
lítica también esplica esta anomalía. Los editores de todos 
los países, en jeneral, consideran á los autores y á sus pro- 
ducciones como una mercancía. Loque se vende es bueno, 
sublime; lo que no tiene salida, detestable, m/amc. Eso 
esplica mi proyecto que no pude llevar á cabo (1) de crear 
una biblioteca americana, y las numerosas erratas deque 
están llenas algunas obras mias, como las Veladas de in- 
vierno por ejemplo, y la primera edición de la Estrella del 
Sud. K¡ me tomaba el trabajo de correjir las pruebas. Ver* 
dad es- que las cuartillas manuscritas iban á la imprenta sin 
ser revisadas y muchas veces antes que se secase la tinta. 

La crítica sin embargo, y los titulados amigos buenos 
para dar consejos : lo que todos prodigan y nadie acepta, 
porque en materia de consejos el mejor que se puede dar á 
uno y el único que se recibe con placer, es decirle que ha 
ga lo que se le antoje ; los amigos y la crítica me han he» 

(1) Después de haber perdido en el ensayo por vía d'encoU' 
ragement 10,000 francos ó sean 2,000 pesos. 



- 93 -, 

cho pasar unos ratos deliciosos. No querían ó no podían 
hacerse cargo, que durante largo tiempo, no he escrito yo 
lo que deseaba, sino lo que me mandaban y rae pagaban. 

Disimúleseme esta corta digresión y veamos ya el enlace 
que tienen las anteríores doctrinas con el asunto que nos 
ocupa. 

Reconociendo como el primero las utilidades del estudio 
de la ciencia económica, otorgándole mas atribuciones de 
las que realmente la competen, sigfwéndola paso á paso en 
el bello, dilatadísim^o y honroso camino en que hoy se en- 
cuentra, nadie que proceda de buena fe me negará las si« 
guientes conclusiones. 

Antes que la economía política, la iglesia habia rehabi- 
litado el trabajo y proclamado que él ( ra para toda socie- 
dad la condición del orden, del progreso, del engrandeci- 
miento y de la redención. « Comerás el pan con el sudor de 
tu frente,)) dijo Dios á Adán al arrojarle del paraíso. Antes 
que la economía, la iglesia habia anatematizado la guerra 
como un azote bueno solo para hacer retroceder cuando no 
destruir á la civilización. Antes que los economistas, que 
han patentizado las ventajas de algunos desastres pasajeros, 
según se esplican, necesarios para restablecer el equilibrio 
entre la exhuberancia de la población y los recursos de un 
país, poniendo de bulto con cierta delectación la tendencia 
irresistible que se observa en ios pueblos á reparar estas 
pérdidas en proporción á sus medios de subsistencia, la 
iglesia enseñó que no era tanto los brazos arrebatados á la 
producción, el comercio arruinado, la aniquilación de valo^ 
res lo que deberla contristar mas el ánimo del cristiano ; 
sino las vidas sacrificadas, los padecimientos físicos y morales 
de tantos seres sensibles é intelijentes, los centenares de 
huérfanos, de viudas, d^ hermanos y padres, á quienes la 
guerra, una peste, un terremoto dejan sin amparo, sin e( 
único apoyo tal vez con que contaban en el mundo! Una 
sola existencia puede influir tanto en el porvenir y en la fe- 
licidad de familias enteras 1 Cuantas mujeres se pierden, 



— u — 

cuantos hombres acaban miserabiemente porque les faltón 
311 momentos críticos y decisivos la mano paternal que los 
sostenía en el rudo sendero de la vida ! (1) 

Llegado este caso, la ciencia económica puede venir en 
nuestro auxilio; pero antes ¿con qué sustituirá ella la dul- 
ce y consoladora idea, tierna y poética como el pálido sem- 
blante de Jesús, levantando á la adúltera y lavando los pies 
de unos pobres pescadores ; la idea sublime de que la Pro- 
videncia no abandona^ que la implora con fé viva; esa 
providencia del cristiano, jenerosa y magnánima, que vela 
por todos y provee al sustento hasta del mas humilde insec- 
to?.... Volved á leer lo que dice el barón de Feuchtersle» 
ben acerca del poder de la imajinacion. 

Pero sobre todo, el mérito grande de la iglesia consiste 
en no haber buscado el bien fuera de los límites dé lo posi- 
ble, y no haberse creido, como los. filósofos, los socialistas y 
los políticos, amamantados á los pechos de la ciencia econó* 
mica, autorizada para refundir en un molde fantástico la 
naturaleza individual y social. 

Porqué?.... porque ia iglesia se apoya en dogmas, es 
decir, en verdades que se imponen sin demostrarse, porque 
á veces hasta indemostrables son; y que sin embargóla 
conciencia acepta como un rayo de luz, como una áncora 
de salvación en medio de las dudas y de las tinieblas cou 
que batalla ; mientras que la economía política, como toda 
ciencia puramente humana, se funda en los resultados del 

(1) Say aplicando esle principio al progreso y felicidad de las 
naciones, no vacila en afirmar que la rnuerle de un hombre supe- 
rior por sus luces y ta'ento, le es mas fatal que la pérdida de cien 
mil brazos. Sin embargo, como importa mucho dar á cada uno lo 
que le corre-^ponde, adverli(é que siglos antes, san Agustín Labia di* 
cho que la inlelijencia enaltecida p^r el estudio y la virtud, era for» 
tuna que no tenia precio; y que Dios manifestaba su cólera á los 
pueblos imbéciles, degradados y corrompidos, arrebatándoles, como 
indignos de poseerlos, ú los pocos varone» justos y sabios, que pc° 
dian labrar su dicha. 



— 05 - 

conocimiento de los hechos y do sus relaciones, resultado?*' 
que cada escuela puede apreciar bajo un punto de vista dis- 
unto. Las conclusiones que deducen, como no son ni pue- 
den ser á priori, se eslabonan fatalmente á los principios 
que les sirven de baso. El famoso libro de Malthus no tan 
malo en sí como por la interpretación siniestra que se le ha 
dado, y las aberraciones en que han caido los socialistas 
cuando han puesto una en frente de otra la actividad pro- 
ductora y la actividad expoliadoi^a , las^azas útiles y las x^- 
züís parásitas, el trab,njo y el capital, lo*s derechos sociales y 
Jos in(Jividuales, hasta declarar que en el mundo no hay 
mas que trasquilados y trasquiladores, la explotación del 
hombre por el hombre; que la propiedad es un robo; que- 
la sociedad es an-árquica (ingobernable) por naturaleza; 
que Dios es el mal tVa. patentizan sobradamente el abuso 
lamentable y los desvarios en que puede caer la razun dei 
hombre, desde que arrastrada por una lójica engañosa se 
erije en arbitra y soberana de lo que ella cree la verdad, 
aunque para eso tenga que divorciarse de los eternos prin- 
cipios de la moral y la justicia, y proclamar las doctrinas 
mas descabelladas y subversivas. 

Esta consecuencia no es mia ; se desprende de lo que no 
pueden menos de confesar algunos de los mas fervientes: 
apóstoles déla economía política, algunos de los sabios á 
quienes mas debe la ciencia. 

Say declara terminantemente que al hablar como econo- 
mista, de las leyes á que ¡as cosas y los hombres- están suje- 
tos, no examina, en virtud deque derecho se les impono tal. 
ó cual ley, ni en virtud de que deber so someten á ella. El 
hecho y no el derecho es el que le ocupa ; y entiende por 
ley en lo físico y en lo moral toda, regla á la que no es po- 
sible substraerse; sin que le inquiétela cuestión de saber 
oi es equitativa ó no, útil ó dañosa. 

Blanqui, Goquelin y otros establecen y prueban que ba^ 
jo el punto de vista económico los servicios que los hom- 
bres se prestan no caen bajo el dominio de la ciencia ni son. 



— 96 — 

'Upreciahles sino á título de reciprocidad. (1) No desconocen 
que el hombre que vive en sociedad tiene deberes que lle- 
nar para con sus semejantes, como hijo, como padre, como 
esposo, como ciudadano; pero dejan el cuidado de regla' 
mentarlos é imponerlos á la relijion, á la moral y al de- 
recho. 

De lo que resulta y deduzco, que en economía política 
como en todo, al traducir en actos sus doctrinas, al apli- 
carlas á las necesidades del individuo ó del Estado, no debe 
perderse de vista que necesita siempre el hombre dos fre- 
nos, según la bella frase de Guizot, eí freno de la ley y el 
freno de la conciencia. En el capítulo inmediato procuraré 
poner en todo su relieve esta grande y consoladora verdad. 



:iii 



ímájen viva, alma y brazo de la ley, que sin su apoyo 
sería letra muerta, el Estado tan impasible y desapasionado 
como ella, inscribe á cada ciudadano en el gran libro de la 
nación, y le abre una cuenta por partida doble, según los 
derechos y obligaciones que asigna á cada uno. 

(1) Hé aquí las palabras de Mr. Goquelin : «Encoré ne con- 
sidere-l-elle ( la science economique ) ees services muluels qu'au- 
lanl qu'ils sonl rendus sous la loi de Terhange, c'esl á diré, a char* 
ge de retour. 



— 97 — 

Imitando al Juez qué se limita á oír á lasjparles y á ne- 
garles ó concederles lo que piden con arreglo á derecho, su 
ministerio consiste principalmente en mantener el equili- 
brio de la balanza y servir de medianero y regalador entre 
til interés privado y el interés jeneral, pero en caso de duda, 
sacriüca el primero al segundo y el individuo á la asocia» 
cion, apoyándose con justicia ó sin ella, en la conveniencia 
publica, en la salud del pueblo ó en la razón de estado, 
manto que ha servido siempre para encubrir todos los gran- 
des crímenes políticos. 

Asi, según su manera de conducirse, en los actos mas 
solemnes como en los mas triviales de la vida, el Estado se 
nos representa alternativamente como un protector benévo- 
lo ó como un genio maléOco delante del cual no queda otro 
recurso que huir, rebelarse ó bajar la cabeza y recibir sus 
g Ipes en silencio, como delante del huracán, del occéano, 
del fuego, de cualquier elemento desencadenado. 

Y es tal la mísera condición humana, son tan encontra- 
dos los intereses de cada uno, las pasiones ciegan tanto á 
los hombres, que aun procediendo ios poderos constituidos 
con la mayor imparcialidad, siempre el que es vencido en 
judicial contienda ó sufre la responsabilidad do sus actos, 
solo vé en la autoridad que le obliga á cumplir lo mandado, 
una tiranía legal contra la que no se rebela porque no puede. 

Previniendo esta disposición del ánimo, queriendo qui^ 
tar todo protesto á la rebelión, el lejislador jamas otorga un 
derecho sin imponer una ó muchas condiciones indispensa- 
bles para que tenga efecto. Desde que no se cumplen, reti- 
ra con una mano lo que dá con la otra. (10) 

En este sentido puede decirse que la ley expresión de 
la voluntad jeneral ; la ley inspirada por la justicia y el bien 
de la comunidad ; la ley tan obligatoria para el jefe del Es^ 
tado como para el último ciudadano, desde que cae en ñ 
dominio de los hombres, se convierte en una espada de dos 
filos, en un escudo y en una red lo mismo para el bueno 
que para el malo. El lejisladxw reclwzando la idea de cri^ 

7 



— 98 — 

minalidad, como ofensiva á la dignidad humana, como ini- 
cua antes que se realice, la presupone, sin ^embargo, en las 
medidas que adopta para precaverse contra la ignorancia, 
el odio, la violencia, la codicia, el fraude, la mala fé y de- 
más pasiones dañosas á la sociedad, lo que no siempre con* 
sigue, ya por la dificultad de probar ciertos hechos, ya por 
las circunstancias especiales del caso y dudas de todo jénero 
que se presentan. Entonces, reconociendo su impotencia, 
declara que debe estarse á la equidad, (1) ala verdad sabi- 
da y á la buena fé guardada. 

Toda lejislacion obedece á esta doble tendencia, jira so» 
bre doble eje, buscando la felicidad del mayor número con 
arreglo á las ideas que dominan en cada época ; el deseo de 
deslindar y asegurar á cada uno sus derechos y la necesidad 
de evitar los abusos ó agravios á que estos pueden dar már- 
jen. Honeste vivere^ suum cuique tribuere, neminem Iwderey 
como decían los Romanos. 

« Vivir honestamente, dar á cada uno lo que le corres- 
ponde, no dañará nadie 1» todo el derecho se encierra en 
este precepto. No obstante, como no todos mis lectores 
pueden apreciar su alcance en la reducción y aplicación de 
las leyes, séame permitido aducir algunos ejemplos, que les 
hagan mas palpable y comprensivo el encadenamiento que 
tiene con ios principios que dejo espuestos mas arriba. 

La ley tiene por nacido para todo lo que le aprovecha 
ai que est(á en las entrañas de la madre, y en su nombre dá 
á esta la posesión de los bienes paternos ; pero para que eí 
postumo pueda adquirir y transpasar los derechos que le 
cor;]peten es necesario que nazca dentro de ios diez meses á 

(1) Segnn el Diccionario de bs ciencias íilosóficas resérvase 
si nombre de jusiicia a! derecho escrito cuyo cumplimiento puede 
(íxijirse por U fuerza ( contrainte ; ) porque no se concibe una ley 
positiva desprovista de sanción; y se entiende por equidad, un de- 
recho qae no lleva en sí la potestad de compeler; ó mejor dií'ho, 
q.je no se apoya sino en la rozón y en la conciencia. 



— 99 - 

io sumo ; que viva 2/i horas y sea bautizado. Concede á los 
menores la restitución in inlegnim, y los habilita para obli- 
garse en su favor, no en su dauo; pero hace inmediatamen- 
te responsable al guardador del cumplimiento de los con- 
tratos celebrados, y la restitución no alcanza á los actos 
criminales : tratándose de delitos, todo hombre es responsa- 
ble personalmente desde los diez años y medio, si bien no 
se le impone la pena ordinaria hasta los diez y siete. 

Otorga á los que tienen herederos forzosos el derecho 
de desheredar al descendiente ó ascendiente; pero les im- 
pone la obligación de especificar la causa, que ha de ser 
grave y una de las señaladas al efecto ; y si el hijo ó el padre 
respectivamente, la niegan, incumbe la prueba al heredero 
instituido, so pena de perder la herencia. 

Entrega al marido la dote, y por regla jeneral le auto" 
riza para que disponga de ella y la enajene ; pero constitu- 
ye hipoteca expresa en todos sus bienes á favor de la mujer ; 
y si el matrimonio se disuelve, está obligado á devolvérsela 
íntegra, á menos que por delito de la esposa haya ganado 
aquel elseñorío de la dote. Antiguamente tenía el marido 
derecho hasta para matar á la adúltera ; pero habia de ma- 
tar también al seductor, en la forma y modo que definííi la 
ley. (11) 

Declara que nadie puede ser condenado sin haber sido 
antes oido y vencido en juicio; pero al reo contumaz so le 
sigue la causa y se le condena en rebeldía ; en el interdicto 
de despojo, en el deposito miserable, no se presta audiencia 
al demandado, en odio á su manera de proceder, hasta que 
ha devuelto la cosa detentada por lejitimas y justas que 
sean las razones que alegue para retenerla en su poder. 

Anula las acciones pendientes, estingue las deudas, 
transpasa en el poseedor la propiedad de las cosas fijenas : 
pero exije que haya buena fé, justo título, "que hayíj trans- 
currido el plazo marcado y demás condiciones de la pres- 
cripción. 



— 100 — 

Declara á todos los ciudadanos bajo su protección y sal- 
vaguardia ; pero impone á todos la justísima obligación de 
contribuir con sus personas, con su fortuna ó su trabajo la 
»ostén de las cargas y á la defensa del Estado. El fisco y lag 
coiTiisiones militares so encargan de recordárselo á los reha- 
cios ó desmemoriados. 

Bastan esos ejemplos para demostrar como en medio del 
torbellino de pasiones é intereses opuestos, que el Estado 
tlenQ que armonizar, siendo á menudo como en los nego«^ 
cios contencioso administrativos y en los de Hacienda juez 
y parte á la vez, tiene por fuerza en determinados casos que 
adoptar medidas mas ó menos arbitrarias para el individuo 
en que recaen, como una expropiación forzoza, ó la rescisión 
de un contrato con el gobierno á título de mejora ; tolerar 
un mal menor, como las cosas de prostitución por ejemplo, 
para evitar otro mayor, como el libertinaje privado; ser, eo 
Tin, para unos, para los que ampara y favorece á medida de 
su deseo, un verdadero padre; y para otros, para los que 
en el ejercicio de sus funciones, persigue, castiga y cuya 
desgracia labra tal vez involuntariamente, un tirano sin co- 
razón, ni entrañas. Aquellos y estos le juzgan según sus 
propias impresiones, y el mejor gobierno para ellos, es e! 
que mejor sirve sus intereses y pasiones.* Cada hombre, de* 
cia Hobbes, llama bueno á lo que le agrada y malo á lo que 
le desagrada. 

Los partidos políticos simbolizan perfectamente esta raí- 
sera propensÍQU y manera de raciocinar del individuo, sic 
mns norte que la pasión y el interés. Por eso aprueban hoy 
¡n que condenaban ayer ; por eso huellan en el poder los 
nrincipios que invocaban en la oposision ; por eso hasta los 
¡ñas insignes malvados y las mas infames doctrinas encuen- 
¿ran panejiristas y defensores. El cinismo se dá la mano 
con la inconsecuencia, con la abyección y la apostasía. Hé 
aquí algtma de sus máximas predilectas:, primero yo; la 
micnrurackn pasa y el provecho queda en casa ; quien no 
está conmigo es mi enemigo; la política es un gallinero : ^ 



— 101 — 

conmene encaramarse muy arriba, porque las infelices ga- 
Hiñas que están debajo sufren los mas repugnantes y odiosos 
vejámenes de sus compañeras del piso alto ; nosotros ni maí 
ni menos, nosotros somos los buenos &a. 

Ah I si no tuviésemos tantos motivos para execrar las 
pasiones políticas, cuando no reconocen otro móvil que la 
ambición y el egoismo, nos bastarla recordar que depravan 
hasta á los hombres mejor inclinados, instruidos ó ignoran» 
tes, quitándoles el pudor y el sentido moral, para substi- 
tuirlos por la intolerancia, el esclusivismo y el odio. Volva- 
mos los ojos á la iglesia, y.... comparemos. 



XIV, 



En sus relaciones directas con ei hombre, aquella gmá^ 
da por los móviles espirituales' que la impulsan, desde la 
cuna al sepulcro, no interviene en los actos humanos sino 
para idealizarlos, revestirlos de poesia y santificarlos. En- 
tonces resplandece en toda su magnificencia la bella y santa 
misión que le confiara el que espiró enclavado en un made- 
ro por redimirnos del pecado, abiertos los brazos y la cabe 
2a inclinada sobre el pecho, cual si anhelara antes de volai 
á las alturas identificarse con el mundo en nn abrazo y Oi> 
Hina aspiración de amor, inmensa, eterno, infinita. 



— 102 -^ 

v( Y dejas, pastor santo 

Tn grey en este valle hondo, obscuro, 

En soledad y llanto, 

Y tu rompiendo el puro 

Aire te vas al inmortal seguro?» (1) 

Se vá ; pero nos deja a su hija y á su esposa, que es In 
/glesia. 

Apenas nace el niño, cruzadas las manos sobre el pecho, 
iíinzando un grito de queja, como si de antemano protestase 
contra la vida, la iglesia le toma en sus brazos, le purifica 
con las aguas del bautismo, y le dá el nombre de un santo 
á cuya guarda le confía ; corona al adolescente de flores en 
su primera comunión ; pone el anillo nupcial en la diestra 
de los jóvenes desposados, hace indisoluble su unión, y por 
una sublime alegoría convierte al hombre y á la mujer en 
dos cuerpos con un ahiia. La mujer vé en el hombre el 
complemento de su ser, el protector de su debilidad., el 
compañero de toda su vida; el hombre vé en la mujer la 
divinidad de su hogar, el áojel que comparta sus penas y 
alegrías, la casta compañera de su lecho, la mitad de so 
alma!.... Antes del cristianismo, antes que Jesucristo ele- 
vase el matrimonio á la santidad de un sacramento, la mu- 
jer era solo un instrumento de placer, una esclava destina- 
da á calmar la sed ardiente de la voluptuosidad, y á quien 
se rechazaba con desden transcurrido ese momento. En la 
corrupción de las costumbres paganas siempre prevalecía h] 
poligamia y el divorcio, á menudo sin el menor pretesto, 
únicamente porque la mujer había perdido sus actractivos 
ó no agradaba ya á su señor. Hoy es reina, y los homena- 
jes, el respeto, la adoración de los hombres la siguen por 
doquiera. 

Desde el templo donde realiza estos prodijios con una 
sencilla bendición, la iglesia pasa al lecho del anciano mo 

Hl¡ i> m:) .' 

(.1) Fray Luis de León. ' ' ' 



— 103 — 

vnbundo, cierra sus ojos, y recoje su último suspiro y Su 
última plegaria. Ella acompaña ó lleva sobre sus hombros? 
el cadáver, le devuelve á la tierra de donde salló, ruega 
por el descanso eterno de su alma y coloca una cruz sobre 
sus cenizas para que el hombre las venere mas allá de la 
tumba, como una protesta contra la nada, como una pro- 
mesa de inmortalidad. 

Y qué diré cuando una de esas pérdidas q le nada com- 
pensa en el mundo, vienen á herirnos derrepente desbara 
tando todos nuestros planes? cuando es una persona idola- 
trada la Víctima del destino?.... 

Yo he procurado pintar en una de mis novelas lo que s|> 
siente entonces. Las líneas que van á leerse, se refieren ^'í 
un hombre que lejos de su patria y luchando con su estreij''^ 
adversa, no tenia mas consuelo en su dolor, mas ventura e^/ 
su infortunio que el cariño de una mujer adoradn, y la san'-' 
del destino se la arrebató en pocas horas. Murió en su 
brazos al dar á luz un niño. 

« Pasó toda la noche llorando apoyado en el lecho de 
Adelaida, cojida entre las suyas su mano inerte y íVia y re- 
gándola con sus lágrimas. 

« El dolor rompió uno á uno en aquella noche fatal, todos 
ios eslabones de la dilatada cadena de su felicidad. Allí, an - 
te aquel hermoso cadáver en el que la muerte no habia es 
lampado aún su sello destructor, y que parecia dormitar , 
desvaneciéronse cuantas risueñas esperanzas embellecieran 
su ecsistencia. 

« Flor caida del cielo, ella habia sido para él tierna espo- 
sa, apasionada amante, fiel y rendida amiga, que no tuvo 
mas ambición ni anhelo que endulzar las horas de su vida 
compartiendo sin murmurar, con anjélica resignación sus- 
penas y alegrias. Jamás se escapó una queja de sus labios- 
ni se mostró abatida por la desgracia. Ocultábase para lio 
rar, y de su boca no sallan mas que palabras de esperanza 
f consuelo - 



— ÍU -^ 

(iiA\ perderla, comprendió lo que Valia, porque tal es 
nuestra condición. Por mas que apreciemos una cosa, nun» 
ca nos es tan cara como cuando nos vemos privados de ella 

para siempre. 

« Entonces lloramos, y el alma quisiera escaparse por los 
ojos convertida en llanto : entonces necesitamos creer en 
Dios y en las promesas de otra vida. Entonces recordamos, 
sin mezcla de mundanos sentimientos, sus buenas cualida- 
des, los beneficios que les debemos, la ternura y afecto que 
nos profesaban. La idea de la muerte hunde en la tumba 
lo quG pertenecia á la imperfección humana, y solo queda 
la parte mas pura y santa de su ser : el lazo misterioso que 
ligaba nuestra personalidad á la suya. Recuerdos, afeccio- 
nes, simpatías, gratitud, remordimiento acaso de no hab9r 
correspondido dignamente á lo que hicieron por nosotros. 

« Entonces nos desesperamos inútilmente y quisiéramos 
que volviesen á la vida para retribuirles sus sacrificios con 
otros mayores : sentimos el mal que voluntaria ó involun* 
tariamente les hemos causado, y deseariamos espiarlo á 
fuerza de atenciones y reiteradas pruebas de carino. Entón* 
ees daríamos con gusto nuestra ecsistencia por la suya, y ya 
lo he dscho, el alma se escaparía por los ojos convertida en 
Hanto si pudiera. 

« Pero ay ! « nunca el dolor pudo resucitar á los muertos, 
como dice un ilustre poeta inglés, y si pudiese, la esperanza 
no nos dejarla llorar, asi pues, debemos llorar porque llora* 
mos en vano.» 

« Tampoco el dolor mata instantáneamente : si asi fuese, 
Enrique habria muerto aquella noche abrazado ai cadáver 
de su esposa.» 

Hasta aquí la novela. ¿Necesitaré empeñarme en de- 
mostrar que en situaciones análogas, las ideas relijiosas es^ 
íán de tal modo adheridos á la naturaleza humana, que son 
el único consuelo y el mas eficaz antídoto para no sucumbir 
al tedio y desesperación que nos abruma? 

Recuerdo haber escrito en otra ocasión. <cNo, no me 



— 105 — 

digáis que está muerta: es mentira. Ella vive en mi cora- 
zón y en mi mente. Sin levantar la vista del papel en que 
escribo, yo la veo, siento sus pasos, oigo el roce de sus ves- 
tidos, vuelvo la cabeza y la encuentro como en dias mas fe- 
lices, reclinada en el respaldo de mi silla, sus bellos ojos 
azules, clavados en los rcios con indecible expresión de ter« 
nura y amoroso reproche. Sus rubios cabellos, que circun- 
daban como una aureola sus blancas mejillas y su rostro de 
;ínjel, acariciar mi pálida frente ; y á la dulce presión de su 
mano, y al eco dulcísimo de su voz, y al lánguido abandono 
con que se deja caer sobre mi brazo, que l<i retiene prisio- 
nera, haciendo cimbrear su flexible tnlle, corneo á la púdica 
azucena los besos del aura enamorada, como á la garza cau- 
tiva el collar de oro que la impide tender las áias y per- 
derse en los aires.... yo no sé lo que mj pasa: pero siente 
que la llama eléctrica de la inspiración sube á mi cerebro 
abrazado ; y hierven mis ideas en tropel, y diviso nuevos 
horizontes, y una atmósfera resplandeciente me rodea, y 
escucho estrañas voces y armonías, y un espíritu invisible 
me levanta, y me creo lleno de fuerza, de juventud y de ge- 
nio, capaz de las mas altas y nobles empresas! Soy artista, 
soy escritor, soy poeta 1 vivo en otro mundo : algo divino 
ajita todo mi ser, y olvido todas las miserias do la realidad 
y no me cambiaría en aquel momento por un rey 1 ... . 

« No, no me digáis que todo acaba aquí. No me digáis 
que todo es ilusión de mis sentidos. Dejadme vivir con mi 
ilusión. Si es una mentira, están bella esa mentiral.... 
Dejadme ir á llorar al pié de la cruz donde me aguarda la 
mujer que amé. Dejadme creer con los hijos de la iglesia 
ciitóüca que algún dia nos encontraremos detras de esa bó- 
veda azul en algún fresco y delicioso valle donde se respiran 
auras siempre puras, donde crecen llores que el sol no que- 
ma, y corren aguas siempre serenas y cristalinas )^ (V: 

(1) Pajinas de la vida íntima. 



^- 106 — 

Si de este modo el* que al volver sus ojos al mundo, su- 
fre los tormentos del infortunio, en cambio desdo que mira 
al cielo encuentra en la fé y la esperanza el secreto de ven- 
cer hasta a la misma muerte. Yive de antemano la vida de 
ios espíritus inmortales. 

Igual satisfacción alcanza el que esporimenta inmereci^ 
das desgracias, el que es blanco de la injusticia ó ingratitud 
de los hombres, y el que poseyendo todos los bienes terres- 
tres, no es sin embargo feliz. (12) 

La relijion solamente puede realizar este milagro ; y 
DJnguna relijion mejor que la que profesa y enseña la igle- 
sia católica, consejera y actora'á la vez en todos los gran- 
des dramas do la existencia individual y social. 

Miradla sino en los dias de conflicto cuando el suelo sa- 
grado de la patria se vó invadido por el estranjero ; miradla 
como acude presurosa, bendice las banderas, alza su voz 
elocuente, y en nombre de la justicia divina convoca á los 
ciudadanos á la defensa de sus hogares. Sabe el mundo en- 
tero como la España electrizada y sostenida por la iglesia, 
se levantó en masa y quebrantó el poder colosal de Na»- 
poleon. 

Si la victoria corona la buena causa, ella se asocia á la 
alegría universal y la centuplica con sus himnos y cánticos 
triunfales, con la severa pompa y la poesía del culto católi.-^ 
có ; y si crece el peligro, si arrecia la tormenta, si Dios po- 
ne á prueba la abnegación y el heroísmo de sus ministros, 
van ellos á morir cual víctimas propiciatorias sobre las bar- 
ricadas predicando la concordia como el Arzobispo de París; 
ó trepan y caen traspasados de balazos sobre las almenas 
con el crucifijo en una mano y la Biblia en la otra, para 
animar á los batallones que vacilaban ó huían como el ca- 
pellán español que acompañaba la columna del jeneral Cla- 
vería en la reciente conquista de Joló. 

Y cuando cae sobre un pueblo uno de esos terribles 
azotes que van derramando el espanto y la muerte en su 
camino ; cuando el miedo del contajio aleja del lecho de los 



— 107 — 

pestíferos á los parientes mas cercanos; cuando el hombr^> 
creyendo que le restan pocas horas de vida, procura atur- 
dirse y se entrega al desenfreno, á la embriaguez y al liber- 
tinaje; ¿quién mejor que el sacerdote permanece á la cabe- 
cera de los enfermos abandonados, entierra á los muertos y 
recuerda á los vivos con sus palabras y con su ejemplo, que 
el terror, la intemperancia y los escesos en épocas de epi- 
demia, son los mas poderosos auxiliares de la peste una vez 
desarrollada, puesto que antes una buena alimentación y 
acertadas medidas hiiienicas — todo lo cual es del resorte 
del Estado — pueden, sino evitar completamente el mal, 
disminuir al menos el número de las víctimas en la propor» 
cion de uno á mil ? 

Qué grande! qué bello! qué humanitario y santo eseji- 
tónces el ministerio de los unjidos de Cristo! y sin embargo 
todavía resalta mas la elevación de sus sentimientos, la for- 
taleza inquebrantable de su carácter, el brio sobrehumano 
que les presta el apostolado sublime que ejercen en las epi- 
demias morales cien veces peores que las físicas! Cuando 
todas las clases de la sociedad se arrastran a los pies de un 
déspota, cuando nadie fie atreve á resistir á sus mandatos, 
cuando no imajina iniquidad que no encuentre quien no se 
la aplauda y ejecute ; cuando el hombre mas valiente en un 
estado próximo al idiotismo, presenta como inofensivo cor- 
dero la espalda al azote y al cuchillo la garganta : enton- 
ces, evocando los respetivos, ejemplos de que están llenas 
las historias antiguas y modernas, sobrecojido de admira- 
ción y de respeto, nada encuentro que me reconcilie tanto 
con la humanidad degradada y envilecida, casi indigna de 
piedad desde que no hace ningún esfuerzo para salir del 
lodazal en que la hunden sus propios cstravios y la perver-, 
sidüd de una decena de malvados; nada que me conforte el 
ánimo y me ensanche el pecho como el valor de San Am- 
brosio cerrando el paso en la iglesia de 3Iilan al potente 
Emperador Teodosio, ó la heroicidad de los jesuítas negán. 
dt)so á poner en los Altares el retrato de Rosas que pa^iea^; 



ban en triunfo por las calles lo raas^scojido de la calta ciu- 
dad de Buenos Ayres I 

Los límites que me he trazado no me permiten aglome- 
Tar otros muchos hechos que arrojarian una nueva luz so- 
bre los principios en que rae fundo, al pretender que nada 
hay que en situaciones dadas substituya dignamente al sen- 
timiento moral y relijioso; pero no debo pasar por alto una 
de los'mas característicos y menos apreciados jeralmente. 

Desde que el Estado condena á morir á un hombre, y 
el sombrío ejecutor de la ley levanta el tablado en que ha 
de cumplirse la justicia ó injusticia humana, el reo culpa- 
ble ó inocente, es solo para la sociedad un miembro cor» 
rompido que conviene amputará la mayor brevedad posible. 
La iglesia mas piadosa, se acerca á la fatal capilla, tiende 
la mano y abre sus brazos al desdichado á quien todos aban, 
donan ; procura si es criminal, despertar en su alma los 
nobles instintos en ella aletargados y purificar su culpa en 
el crisol del arrepenlimiento ; y si es víctima de algún la* 
inentabie error ó circunstancia, que hace hoy un crimen de 
lo que mañana será una virtud, como el proceder del ma- 
riscal Ney (13) con Luis XVIII, recordarle que encima de 
la justicia apasionada y transitoria de los hombres, existe 
otro tribunal infalible y eterno donde aguarda á cada uno 
el verdadero premio ó castigo á que se haya hecho acreedor. 

Llega el fatal dia, y el pueblo acude en tumulto á la 
ejecución, como sí fuese á un festín ó á una corrida de 
toros. 

Los soldados tendidos en hilera ocupan las calles y ave» 
oídas inmediatas al patíbulo. 

Doblan las campanas, suenan los tambores, y el reo sale 
de la cárcel.... 

Aunque preparado para el terrible trance, sereno en 

apariencia, camina con lento paso, y no se apresura apesar 

de las invectivas y soeces palabras del vil populacho, cuya 

^estúpida inipaciencia crece én razón directa de sa tardanza. 



Por ün llega al sitio de la ejecución y se detiene err Lr 
escalera del andamio. Todavía allí vuelve los ojos háci» 
atrás; todavía allí presta el oído creyendo oír resonar la 
palabra ¡indulto!!! 

\ Delirio de la agonía! En el Estado no hay ya compa- 
sión ni esperanza para el pobre condenado á muerte ; pero 
ía iglesia vá subiendo con él las gradas del cadalso, y no le 
deja sino en. las puertas de la eternidad, cuando cruje eí 
corbatín de hierro y el verdugo arroja sobre el lívido sem- 
blante del reo el pauo negro que oculta á la muchedumbre 
las horribles contorsiones propias del suplicio del garrote, 
30 el que se reúnen las ansias del asíixiamiento y los do- 
lores de la estrangulación. 

El verdugo de pié, cubierto de una palidez inortai, co- 
mo si las angustias del moribundo y el horror de la multi- 
tud se hubiesen apoderado de su espíritu por un momento, 
clava los ojos en el suelo y parece humillado con las mira- 
das amenazadoras y los siniestros murmullos que se escu- 
chan en derredor. 

El sacerdote de rodillas, llora con la frente inclinada ai 
cielo: ha recojido la última confidencia, el último deseo, la 
última protesta, la última oración del infeliz ajusticiado ; y 
él, solamente él, sabe hasta qae punto es culpable, y si 
siendo inocente del delito que se le imputa, tal vez ha su- 
frido la expiación de otro ignorado por el cual mereciese 
dicha pena, cumpliéndose asi aquella mácsima de un anti- 
guo poeta castellano : 

« Muchas cosas parescen sin razón, 

Et desde las omme bien sabe en sy buenas son.): . 



'C-<'~-^--í— 



I¥. 



Cuaiquiera que liaya viajado en camino de hierro habrá 
'.lotado los efectos singulares que produce en el órgano vi« 
sual, la marcha precipitada, velocísima, satánica, del tren, 
que vá devorando el espacio como un hipógrifo desbocado. 

Las llanuras y las montañas, los edificios y las aldeas, 
los rios y sus puentes, los árboles, los animales y las perso- 
nas jiran al rededor en diabólica danza, y pasan en dirección 
opuesta como arrebatados por el huracán, revistiendo las 
mas estrafias y caprichosas formas. 

Se vé en lontananza el punto hacia donde se dirijen ¡os 
viajeros, y por lo regular la cruz que corona los campana- 
rios de las iglesias y catedrales, sírveles de norte y les se* 
fíala el fin de su carrera. 

Los objetos circunvecinos se confunden agrupados, se 
ocultan y reaparecen á medida que las sinuosidades y acci- 
dentes del terreno, encapotan ó dejan libre el paisaje ; pero 
la cruz, fija, peremne, inmóvil, se levanta al confín del ho- 
rizonte dominando cuanto la rodea. 

Derrepente se oye un silvido estridente y prolongado... 
Fría y pavorosa obscuridad sucede á la radiante claridad del 
sol. El tren entero se hunde y desaparece en las entrañas 
de la tierra. 



— llí — 

Todos quedan en silencio, y solo se escucha si rujido de 
ia infernal locomotora, el silvato del conductor y el medro- 
so jirar de las ruedas de los Wagones, repercutido por el 
eco. 

Los túneles suelen ser bastante largos y abiertos en la 
roca viva. Los hay de una legua y aun mas; y no sé que 
lúgubres pensamientos j terror pueril invaden el ánimo al 
atravesarlos, particularmente si el silbido de ordenanza 
anuncia entonces la proximidad de otro convoy, que no se 
vé sino cuando está encima y cruza como un relámpago. 
Sin esplicarse la causa, anhela uno aire y luz : la posibili- 
dad de un choque ó de un desmoronamiento, — lo que no 
deja de suceder de vez en cuando, — traen á la memoria la 
pavorosa idea de una muerte tan horrible como inesperada. 

¡Con qué placer se respira al salir á la luz del dia 1 ¡con 
qué ansia buscan los ojos el término de su peregrinación, 
allí, en el confin del horizonte, donde el cielo se confunde 
con la tierra, donde se levanta aquella cruz, fija, peremne, 
inmóvil, dominando cuanto la rodea! 

No de otro modo en el mundo relijioso, político, cientí- 
fico é intelectual, perdido el hombre en un occéano de he- 
chos contradictorios, de teorias y sistemas opuestos, siente 
que su fé decae, que su clara razón se le obscurece, y hun- 
dido en las tinieblas de la duda, esperimenta moralmente el 
vértigo del ferro carril, se enreda en sus propios lazos, se 
ahoga en la atmósfera que respira, y loco, desesperado, 
persiguiendo un fantasma que se le escapa, lucha alternati- 
vamente con la luz y la sombra, con la realidad y la mentira, 
pero desde que aproximándose á las fuentes de la verdad, 
puede distinguir claramente los objetos, desde que clava la 
vista en un punto culminante, desde que toma por faro una 
idea, grande, luminosa y verdadera ; se dá cuenta de sus 
impresiones, rectifica sus juicios erróneos, vé la unidad, el 
enlace y armonía de la creación y de los diversos ramos del 
saber humano; sabe en donde se encuentra y adonde vá ; 
lo que tiene y lo que le falta, lo que desea y lo que debe 



— 112 — 

hacer; comprende que todo es solidario en el universo, 
jue todo empieza en Dios y acaba en Dios. 

Todos los problemas, todas las ciencias y artes se esla" 
bónan, resultando de su mutua acción y reacción para la 
intelijencia el efecto de las esferas de bronce en las pila 
galvánica. Cuántas veces en un libro de botánica, de jeolo- 
jía ó astronomía, por ejemplo, encuentra la esplicacion sa- 
tisfactoria de algún fenómeno íisiolójico ó moral, que antes 
habia buscado inútilmente en los tratados de los autores es- 
peciales! que antes negaba tal vez, porque ignoraba la ra- 
zón de su existencia 1 

El destino, la fatalidad, el acaso, la fortuna; en la 
acepción vulgar que se les dá, son entonces palabras vacias 
de sentido : todo lo que se realiza tiene su oríjen en unn 
ley superior, que el hombre puede ¡nfrinjir porque es libre, 
pero que está obligado a indagar, á conocer, á practicar. 
Para eso la providencia le ha dotado pródigamente con to- 
das las facultades del alma : si falta á esa ley, no se queje 
sino á sí mismo del mal que le sobrevehga. 

El salvaje cae de rodillas ante el rayo y lo diviniza t^ 
hombre civilizado imita á Flancklin. 

« Eripuit ccelo fulmen cetrumque tyrannis.» 

Arranca el fluido eléctrico á las nubes preñadas de cen- 
tellas y lo trae á morir á sus pies. 

El vapor mal comprimido en su fuerza de espansion, se 
rebela, hace estallar la férrea envoltura que le encadena y 
esparce en torno la desolación y la muerte ; pero sábiamen* 
te dirijido, con válvulas de escape y seguridad, inclina mur- 
murando la cerviz al yugo del progreso, pone en movimien- 
to esas máquinas colosales que centuplican al infinito los 
medios de elaborar, artizar y humanizar la materia, y lleva 
en triunfq de un estremo á otro del mundo las razas, ios 
productos é ¡deas.de todos los pueblos. 



— 113 — 

La ciencia cuenta numerosas víctimas, y algunas muy 
¡lastres, entre los que estudiando las leyes dinámicas, bus • 
can en la electricidad como fuerza motriz un elemento mas 
poderoso aun que el vapor. 

El dia — y ese dia llegará — que el hombre tenga á sus 
órdenes á este poderoso auxiliar.... la imajinacion retrocede 
espantada delante de la inmensa perspectiva que con vista 
profética columbra ya el pensamiento. 

Ya retrocede, ya apenas comprende la velocidad mara- 
villosa del telégrafo eléctrico ; porque, como observa el Sr. 
Iznardi en su interesantísima Memoria sobre ¡os Ferro-carri- 
/es, eso de hablar y recibir rer.puesta en una hora el que 
vive á setecientas leguas de distancia, (1) no era cosa 
creíble hasta que so ha visto, aplicando á las comunicaciones 
humanas la electricidad del rayo. Puede si comprenderse 
con alguna dificultad, que el ferro-carril de Birminghan á 
Liverpool ande diez y seis leguas en cada h ra ; pero que 
una palabra pronunciada en Washington á las 12 llegue á 
Jefferson en el estado de Misoury á las 11 y media, es decir 
media hora mas temprano según el reloj de aquellal ocalidad , 
solo puede comprenderlo el que conoce la diferencia de los 
meridianos y la celeridad del movimiento eléctrico, mayor 
aun que el de rotación de la tierra. 

Con lo dicho se prueba que la ignorancia en todas sus 
fases y manifestaciones, es el verdadero genio del mal para 
el hombre, y el principal obstáculo para sus adelantos ma- 
teriales y morales. Dios es el mal, escribía Proudhon : yo 
pienso y creo que Satanás, el verdadero Satanás, es la igno- 
rancia. 

Entendámonos: hablo de la ignorancia en relijion, en 
moral, en política, en administración, en economía ¿a. da. 
cuando se traduce en actos perjudiciales para los que tienen 
que soportar sus consecuencias. 

(1) De Nuevo Orleans á Boslon en los Estados Unidos. . 

8 



— 1U — 

Rebelarse pues, contra la razón, contra la intelijencia, 
emanación purísima de Dios ; querer proscribirlas del go- 
bierno de la sociedad por el abuso que de ellas hayan hecho 
algunos hombres ilustrados en situaciones transitorias y fata^ 
les, cediendo acaso á nobles ó innobles pasiones ; es simple- 
mente rebelarse contra Dios, proscribir á Dios de la sociedad 
confundir las mas elementales nociones de la justicia y la 
conveniencia ; proclamar de hecho como el mejor gobierno 
el de las tribus errantes del Asia y del África ; dar la espalda 
á diez y nueve siglos de conquistas morales, intelectuales y 
materiales ; es rebelarse contra la civilización, contra la natu- 
raleza del hombre y contra la naturaleza de las cosas. Es 
abrir la puerta á todas las aberraciones, á todos los desvarios 
que manchan y ennegrecen las pajinas de la historia. Es 
retroceder al estado primitivo en que el hombre aislado, débil 
desnudo, ignorante, supersticioso, sin necesidades como sin 
goces, no obedece sino al instinto animal, no acata sino la 
fuerza bestial, no rinde culto sino á los seres mas viles de la 
creación. Es, en suma, renegar del progreso, del cristianis- 
mo, de la democracia, de la libertad, y atar ¡ ira de Dios ! 
á la cola del caballo de un vándalo cualquiera, las obras del 
jénio, las constituciones, las leyes, el evanjélio ! 

Pretender por otra parte, dominar por el solo hecho de 
la superioridad intelectual, sin tener en cuenta las condición 
nes orgánicas y normales del pais á que pertenecemos, sus 
antecedentes, su estado de larva ó crisálida, las resistencias 
naturales con que se ha de tropezar antes que la mariposa 
pueda por si sola romper sus ligaduras, desplegar sus alas 
y elevarse por los aires libre y ufana; sublevarse estóli- 
damente contra la necesidad de contemporizar y hasta de 
aceptar ¡cálmenle, para no crear otros mayores, los obtácu- 
los que no pueden removerse, convirtiendolos en elementos 
de orden, de estabilidad y garantías para todos; prescindir 
de todo eso repito, y hacerse la ilusión de poder gobernar 
en la América española sin otro apoyo que la ley y el mero 
liecho de la superioridad intelectual, es una utopía que ha 



— 115 — 

costado muy cara á los hombres mas intelijentes y capaces ; 
es un error generoso que muclias veces los pueblos han ex- 
piado con lágrimas de sangre, con largos años de infortunio 
y despotisroo! 

Basta por Dios ! no olvidemos, y quiero repetir esta fór- 
mula hasta el fastidio, hasta que el viento que me escucha 
la haga vibrar en los oidos de todos : no olvidemos que la 
fuerza es el alma de la materia y la idea el alma de la fuerza. 
No olvidemos que si la fuerza sin la intelijencia es ineficaz , 
la inteligencia sin la fuerza es impotente. 

Al trazar estas líneas me imagino oir una protesta , un 
clamor casi unánime en los dos campos rivales ; pero estoy 
acostumbrado á herir las dificultades de frente, y cuando 
siento un principio á deducir, sin miedo, sus consecuencias 
lójicas, forzosas, indeclinables. "No tengo una balanza y dos 
medidas : una para mi \ mis amigos y otra para mis adver*» 
sarios. Tampoco busco el aplauso de los hombres : mebas- 
ta el testimonio de mi propia conciencia . Sé por esperien- 
cia el pago que suelen dar aquellos al que les sirve sin lison- 
gear sus pasiones. Nada importa : es preciso como Pedro 
el Grande, hacerles el bien á despecho suyo. Es preciso 
realizar con la pluma en la enmarañada selva de nuestros 
males, abusos y preocupaciones de todojénero, lo que yo 
aconsejaba á un joven medico [i] practicase con el cscalpeb» 
en el terreno de ía cirujía. 

Injpasible contempla el infinito 
Desesperado afán del que padece, 
Y punza , rasga , corta , aunque no cese 
De herirte el alma su csterlóreo grito. 
Al árbol que se inclina ya marchito, 
Para que vuelva á recobrar sus hojas, 
Es preciso que férrea podadera 



(I) El Dr. Don Francisco Antonio Vidal oon motivo de su re- 
cepción de grado acadéínico en la facultad de Paris. 



Una tras otra le arrebate fiera, 
Las secas ramas con la lluvia flojas. 

Pero que siempre el moribundo vea 
Impresa en tus miradas la esperanza, 
Aspirando con ciega confianza 
El aire sepulcral que le rodea ; 
Que en tu semblante plácido se lea 
La bondad, el desvelo, la ternura, 
Y que también á veces silenciosa. . 
Cual súbito relámpago, amorosa, 
Atraviese tu faz lágrima pura ? 



m 



El triufitoen definitiva, pertenece á la inteligencia, es 
verdad ; pero cuando esta quiere entronizarse antes que la 
tierra esté proparada para recibir la simiente y fecundizarla , 
cuánío sacrificio estéril, cuánto desengaño , cuánta mise^ 
lia ! 

Adoptemos otro camino . O'Connell solo con el prestijio de 
su palabra vehemente y arrol ¡adora, arrastraba tras si la Ir* 
ianda entera ; pero en vez de lanzarse á una lucha en que 
aecesariamente habria sido vencido, gritaba en el parla- 
nicnto, en la prensa, en los meetings : « mientras ten- 



— 117 — 

ga un punto de apoyo en la constitución no pelearé de otro 
modo.» 

Así se espresaba este eminente patriota, y así logró al 
fin mas de lo que habría conseguido apelando á las armas . 
Sublevar las pasiones, arrastrará la multitud, es cosa facili- 
sima para un hombre de talento ó para un caudillo: arribar 
al fin apetecido es lo difícil, lo grande en política. 

He visto á Don Emilio Castellar, joven demócrata de 22 
años, provocar con sus palabras un entusiasmo que rayaba 
enfrenesi, y eso que el público se componía de lo mas inteli- 
gente del pueblo madrileño congregado en el Teatro Real. 
A consecuencia do esia brillante im[)rov¡sacion, un crecido 
número de electores sin haber él dado el menor paso, le vo- 
tó para diputado ; pero carecía de la edad y demás requisi- 
tos de la ley ; el gobierno le miraba con recelo, y triunfó él 
candidato oficial. Esto sucedió en las elecciones mas libérri- 
mas que ha habido en España. 

Los artículos del Siglo, en su primera época, dieron 
origen á las barricadas de Madrid en 18/i8;'lo que no impidió 
que sucumbiese dicho periódico, abrumado con las repeti- 
das denuncias y multas que llovían sobre él. 

Lo mismo aconteció á la Patria, á cuya redacción perte- 
necí durante dos años, y que hizo tan encarnizada oposición 
al ministerio Narvaez-Sartorius. La Patria, que era recojida 
por el gobierno un dia si y otro no, tuvo la gloria de con- 
tribuir eficazmente a la caída de Narvaez;pero los que le 
sucedieron fueron peores para la Patria \ para c\Pais. •'!] 
Por último el conde de S. Luis (D. Luis, losé Sartorius) vol- 
vió al poder, se calzó la presidencia del consejo de minis- 
tros, é hizo de las suyas. El escritor de la oposición, quo 
no se escondió ó emigro á Francia , fué á pasear de real or- 
den y recibió alojamiento gratis en el presidio de Ceuta ó cu 
las Islas Canarias . 

Un artículo de ím Nación ocasionó la protesta en ma^Ti 
de la prensa madrileña, escepto el IleraMo, periódico mi>> 
nisterial . 



— 118 — 

Esta protesta impulsó á Odonell á tramar la revolución 
que urdió' y llevó á cabo con no escaso injenio y arrojo. 

Rechazado en Vicálvaro, algunas lineas del programa 
(le Manzanares (1) pusieron de su parte al partido progre- 
sista y ala mayoría de la nación Española. 

Vencieron los revolucionarios ¿ y luego? 

Todas las cuestiones capitales, notablemente agravadas 
por mil circunstancias deplorables, quedaron y están en pié,, 
como me decia el ex-director y principal redactor de La 
Nación, D. José Rúa Figueroa, tres días antes de sucum- 
bir ala enfermedad de pecho que le abrió prematuramente 
la sepultura . 

Y que seria de España sin el reconocido patriotismo de 
Espartero, sin la firmeza de Odonell , sin el buen sentido 
del pueblo, sin la indisputable capacidad de los muchos 
hombres de valer que prestan su apoyo y sus luces al mi- 
nisterio? 

No quiero hablar de lo que ha sucedido y sucede en 
Francia, porque sería repetir los mismos argumentos. 

Trayendo la cuestión del nuevo mundo, las dificultades 
í\q gobernar bien se aumentan en una progresión geomé- 
trica. 

En la América del Sud menos que en parte a'guna, la 
incapacidad colectiva \í\siii\{xáai en el poder, logrará jamas 
constituir un orden de cosas duradero y aceptable ; por que 
aun concediéndole todo el patriotismo y la honradez imaji» 
nables' es materialmente imposible que la ignorancia acierte 
á sospechar siquiera las exijencias y deberes de su posición 
oficial : porque sí las sospechase no se atrcveria á echar so- 
bre sus débiles hombros tan grave peso y sobre su concien- 
cia tamaña responsabilidad . ¿Cómo ha de resolver ella los 
problemas que necesitan toda la vida y los esludios especia- 
les de los hombres de mas talento, que ni aun asi logran 



(1) Periódicos de los SS, Mon, Pidal y los moderados disi- 
dentes 



— 119 — 

á veces encontrar remedio al mal?.... Cuando todo esta por 
crear, reformar ó meter encaja, y ni aun tenérnoslas ma- 
terias primeras, cuando mas crítica y desesperada es una 
situación, cuando ruje desencadenado el huracán, se rom- 
pen los mástiles, asoman las rocas por todas partes, cubren 
ya las olas el puente, y el remolino de la vorágine cercana 
empuja la nave del estado hacia el abismo, ¿ se salvará es- 
ta confiando el timón, no al mejor piloto, sino al último 
marinero de la tripulación ? ' 

Desengañémonos : la incapacidad ausiliada por la tuerza 
manda) áy pero no gobernará ; precipitará y no evitará nin- 
guna catástrofe ; como la inteligencia, sin el franco y leal 
apoyo de los que, sea por lo que fuere, arrastran á las ma- 
sas, no logrará tampoco echar raices profundas en las altas 
regiones del poder. Ocacionará conflictos y violentas reac* 
cienes, fatales á la paz, al orden, á la legalidad : servirá 
de pretesto para justificar todos los escesos de la fuerza 
triunfante y desbordada ! 

Yo te lo digo con lágrimas en los ojos, intelijencia ; yo, 
tu mas sincero admirador ; yo,, que creo haber comprado 
con algunos años de rudo aprendizaje el derecho de con- 
tarme en el número de tus hijos ; yo, que si algo sé, si al- 
go soy te lo debo á tí, solo á tí! pobre flor del aire que i.ív 
tienes asidero en la tierra, temblorosa y cubierta aun con 
la lava de sus mil volcanes ; flor que el menor hálito arran« 
ca de la rama á que estás sujeta, todavía por muchos años 
necesitarás del calor artificial de los invernáculos, que en !o^ 
helados climas de la I:]uropa, permiten desarro'Iarse es- 
pléndidas y lozanas las bellas díamelas del Edem Ame- 
ricano ! 

Oué nos resta, pues, que hacer? Nada; intentar que 
prevalezca hasta donde sea humanamente posible este con*, 
sejo de Pascal : 

(( ¥s justo, que lo que es justo se siga : es necesario que 
lo que es mas fuerte se respete. La justicia sin la fuerza es 
iq^potente: el poder sin la justicia es tiránito. La justicia 



— 120 — 

•sin la fuerza se vé recusada, porque siempre hay perversos ; 
la fuerza itóin la justicia se vé acusada. Es preciso por con- 
siguiente poner de acuerdo la justicia y la fuerza y para eso 
hacer que lo que es justo sea fuerte, y lo que es fuerte sea 
justo. 

« La justicia está sujeta á disputas ; la fuerza es muy fá' 
€il de conocer y no admite controversia : así bastará poner 
ia fuerza al servicio de la justicia . « Guando no se puede 
conseguir que lo que es justo "sea fuerte , no queda otro ar- 
bitrio , sino hacer que lo fuerte sea justo.» 

No se me ocultan las diQcultades de la empresa ; pero 
dadme hombres de carácter, dispuestos á llenar sus compro- 
misos, dadme verdaderas intelijencias, y veréis los prodijios 
que realizan juntos. El caudillo cederá," tal vez sin advertir^ 
lo, á la influencia benéfica del hombre superior. El hombre 
superior convencerá al caudillo que su buen nombre, su par- 
te de acción, su conveniencia, su gloria puede ser tan gran- 
de y acaso mas que la suya propia. El resto lo harón el mú> 
too respeto y deferencia de unos y otros; ios hábitos de or- 
den y legalidad que se creen con el afianzamiento de la 
paz; la fuerza de la opinión pública (hoy casi nula en Sud 
América]; el interés bien entendido de cada uno, y masque 
todo una alianza y transacion espresa, terminante, solemne, 
por el estilo de los contratos innonimados: Fació ul facías'' 
Do ut des. 

Trazándose ambas entidades una regla de conduele 
igualmente obligatoria, imponiéndose condiciones que acep- 
tadas espontáneamente les diesen derecho para exijir su re- 
cíproco cumplimiento, por la persuacion, por el ruego, hasta 
por la súplica mas humilde,— que todo es preferible, todo 
soportable, todo remediable, menos 

(( Lo que sanciona el crimen y usurpa la violencia, 
i a sangre derramada, la mísera existencia. 
Que á todos nos reserva la ley atropellada I» 



^ 121 — 

Cuando animados de estos sentimientos se reuniesen lar- 
cabezas que conciben y los brazos que ejecutan; cua'hdo le* 
yantasen una bandera cuya sombra cobijase á todos ; cuan- 
do • roclamasen y practicasen un principio de interés tan 
general, y con la Constitución en la mano trazasen un cír* 
culo tan vasto que dentro de él cupiesen todos ¿ quion se- 
ria el insensato que se pusiese voluntariamente fuera de la 
ley común? En qué protesto se fundarla ? quién le seguiría / 
qué lograría ? 

¿ Pretende alguno ó algunos poder mas, saber mas, va- 
ler mas? en todos los terrenos con hechos interjivclsables 
y no con vana palabrería, moralmentj, científicamente, polí- 
ticamente , económicamente, ¡ndustrialmente, numérica- 
mente, materialmente, seles probaría que se engañan 
de medio á medio : y de lo contrario se les cedería el pues- 
to, como se acostumbra en todos los países donde el sistema 
representativo es una verd.ui. Para anular á un hombre ó á 
un partido, frecuentementj no se necesita mas. 

Quieren discutir ? Ahi tienen la tribuna y la prensa. Que 
exhiban los títulos (1) que los autorizan para ejercer una su 
premacía alta, honrosa, lejítima, fecunda, necesaria. De 
grado ó mal grado todos inclinaremos la cerviz ante el mas 
intelijente y capaz. 

¿ Quieren usar y aun abusar (balando, ó lo que viene ;i 
ser lo mismo, haciendo baladas) del don divino de la pala* 

Lra? 

Alabado sea Dios! ahí tienen la prensa libre, esa valiosa 
prerrogativa consignada en nuestro código fundamental. Dis- 
cutamos, pero deco rosamente : el que sabe escribir, no dá 
a entender lo que no quiere. Sin embargo, no olvidemos 
(jue el derecho de decirlo todo, no debe traspasar jamás lo 

(1) Por su pueslo q<je no se IratB aquí de liiulos académicos ni {\^ 
ios (( no verdaderos» que las leyes califican con los nombres de pu- 
lalivo «colorado» y presunij. En este conc^plo, un lílulo en <<blaii 
<'.co lampoco sirve, lil co ores lo de menos. 



— i22 — 

que permito y se permite asi mismo un hombre bien edu- 
cado, eti un salón particular en presencia de personas dignas de 
todas lasconsideraciones sociales. La prensa mal empleada, es 
en todas partes, y mucho mas en estos desdichados países , 
un disolvente mortal. Con harta frecuencia imita á los er- 
gotistas griegos , que se entretenían en sofisticas y pueriles 
controversias, cuando los turcos , vencedores y dueños del 
imperio, echaban abajo con sus yathaganes las puertas de 
Bizancío.... 

Formulan los disidentes sus deseos, sacan á luz sus pro- 
yectos , preconizan la escelencia de sus medios gubernati^ 
vos; raciocinan, buscan prosélitos, se confederan, tratan 
por todos los medios hjüimos (y no lejítimos) de patentizar 
su superioridad y sus derechos al mando? 

Se íes oponen argumentos contra argumentos, raciocinios 
contra raciocinios, ideas contra ideas, intelijencias contra 
intelijencias, asociaciones contra asociaciones, propaganda 
franca y leal contra manejos subterráneos, que no necesita 
emplear el que tiene en sus manos las riendas del po- 
der. 

¿ Rehuyen la discusión por que los reduce á la impoten- 
cia, porque los vence y humilla, porque los arroja del pe- 
destal hasta cuya altura pretendieron y no acertaron á su- 
bir ? 

Libertad absoluta : el que calla otorga. Al enemigo que 
huye puente de plata. 

Peroran, gritan, se exasperan, andan como energúme- 
nos, forrando peligros que no existen sino en su cabeza, 
metiendo chismes y enredos como las mujercillas de mala 
vida ? 

¿ Quién da importancia á tales jentes ? El silencio del 
desprecio, el poco caso que de ellos haga la autoridad, de^ 
be probarles lo poco que valen. Dejad que se desahoguen 
á esos pobres niños viejos, que nada han aprendido ni es- 
carmentado en la tremenda escuela de tantos, tan hondos y 
repetidos infortunios y desengaños. 



- 123 — 

Piden los opositores cosas razonables y liacetleras ? E\i» 
jen desatinos? Se imaginan que en su mísera personalidad 
se concreta el estado entero ? 

Traslado.... á quien corresponda. Saber ceder ó resis^ 
tir oportunamente, es uno de los puntos capitales de la 
ciencia de gobernar. 

¿Traducen los descontentos en actos sus pretenciones 
egoístas, subversivas y anárquicas, y apelan á las vias de 
hecho ? 

¿Nó se trata ya de saber quien tiene razón, sino de ver 
quien puede mas ? 

una intimación y un plazo. 

¿ Persisten todavía en su propósito descabellado ? 
La autoridad aunque llena de dolor el alma, tiene enton- 
ces el imprcsciitclihle deber de probar á los facciosos que 
también acepta el combate en ese terreno. 

Que elijan sitio, Sol y armas como los paladines de la 
edad media, que salgan al campo ó se echen á las ca- 
lles. 

La autoridad, que tiene los medios y el derecho de su 
parte, cubre con un velo la santa imagen déla misericordia, 
y sale ásu encuentro armada con la inecsorable cuchilla de 
la ley. 

A los cabecillas do poncho ó de frac, opone caudillos de- 
lante de los cuales inclinan todos la cabeza : á los hombres 
armados obliga á soltar las armas con soldados aguerridos 
Una carga á bayoneta es el mejor argumento en cosas taíes 
Rechazar los fusiles con los cañones, contestar á los balazos 
con metralla. La pena del talion, ni mas ni menosl 

Dígaseme, con toda franqueza, si procediendo de este 
modo no tendríamos todo lo que nos falta, todo lo que 
constituye la patria y hace envidiable y dulce la existencia . 
Podíamos ser tan felices! Dios ha sido tan pródigo con no- 
sotros! Nos ha dado una tierra tan fértil, una zona tan pri- 
vilejiada, un cielo tan expléndido, unas mujeres tan bellasi 
Somos tan impresionables y capaces de entregarnos con 



— Í2h — 

igual Grdor io mismo al bien que al mal! Poseemos, 'mezcla- 
das con cualidades detestables, otras tan nobles como la 
hidalga sangre española que corre en nuestras venas ! La ci- 
vilización llama á nuestras puertas con tanto empeño, y en- 
cierra el pais tales jérmenes de riqueza, que apesar de todo, 
las simientes del progreso material brotan casi expontánea- 
meníe de su seno 1 

No hay aquí las grandes cuestiones que en Europa divi- 
den á los estados en dos campos irreconciliables. ]\o tene- 
mos á Dios gracias reyes ni nobleza, clases medias, ni plebe; 
protestantes ni ultramontanos; monárquicos ni socialistas; 
capitalistas ni proletarios; escuelas abolicionistas ni protec- 
cionistas etc. Todos estamos completamente de acuerdo 
en los principios constitutivos de la democracia; todos que- 
remos el bien, la paz, la ventura de nuestra desventurada 
tierra; todos anhelamos la unión, la concordia, el olvido del 
pagado. . . . solo diferimos en cuanto a los hombres, en cuan» 
to á las personas, como si algo en el mundo se realizase sin 
el apoyo de los hombres; como si hasta las reüjiones, lo 
mas ideal y sublime que comprende la razón, no hubiesen 
pasado por la inevitable prueba del antropomorfismo encar 
nándose en todos los dioses de todas las cosmogonías I como 
si desear el fin, y no querer los medios, no fuese simple* 
mente el colmo del absurdo, por no decir de la candidez ó 
mala fe ! 

Nó : no es así como saldremos del lodazal en que nos en- 
contramos. Eágasc el milagro, y hágalo. . . . quien pueda. 
Para mí, el verdadero patriotismo consiste hoy en resig* 
liarse á la obscuridad y al olvido, si es preciso; el sacrificar 
todo lo que razonablemente puede sacrificar uu hombre hon- 
rado, en aras de la patria, en aras de la conveniencia recí- 
proca, en aras dt^L4)orvenir de los hijos, en aras de la nece- 
sidad suprema de conservar y consolidar la paz á todo tran* 
ce. Para degollarnos estúpidamente, siempre nos sobrará 
tiempo. 

Confío en la providencia que no llegará ese caso, si los 



— 125 - 

que pueden, quieren 4e buena fé unirse para realizar csin 
obra jenercsa y santo. Bajo las condicionos espuestas, y sinc 
qua non, en mala y buena fortuna, y mas en la adversa 
que en la propicia, me consideraría dichoso si pudiese pres- 
tarles algún servicio, aunque fuese en el último puesto, en 
la última Gla, en el último rincón dé la República. Mi am- 
bición es grand , muy grande; pero no la comprenderá 
quien no lleve el corazón tan alto como el pensamiento, 
quien no sea capaz de estremecerse por un pensamiento 
grande y jeneroso ! 

Creo que todavia podemos salvarnos y salvar al país : 
creo que nos encontramos en uno de esos momentos supre^ 
mes, decisivos, fatales, que pueden abrir ó cerrar por lar- 
gos años el cráter de las revoluciones. Comprendo, veo, 
toco el medio, y me pregunto : Si estose realizcára ¿ quien 
sería el insensato que se pusiese voluntariamente fuera de 
la ley común ? En qué pretesto se fundarla.^ quién le se- 
guiría? qué lograría ? 

Preveo la objeccion que se me vá á hacer, y me anticipo 
á rebatirla. 

c( El caudillo, se me dirá» — repitiendo las palabras d^ 
un célebre folleto, — convendrá en todo, suscribirá á todo, 
hasta que juzgue que la cosa está en sazón, hasta que le ven- 
ga la oportunidad ó le apriete la necesidad personal. Enton- 
ces, sin hacer caso de los programas, délas promesas, de los 
amigos, de los í/oc/or(?5 sobre todo, hará lo que el caudillo 
sabe hacer ; saltará á caballo y levantará su bandera en la 
primera cuchilla.» 

Concedido : ¿pero qué se adelanta con provocar ó acep- 
tar una lucha insensata ; con poner á los hombres en el caso 
de montar á caballo y volver á empuñar la lanza que yacía 
arrinconada ? Con brindarles una fácil victoria, que les de- 
volverá aumentado su antiguo prcstíjio? 

Cuando suene el clarin y contemos nuestras respectivas 
huestes ¿cuántos serán ellos y cuántos nosotros? 



— 126 — 

Vinieron los sarracenos 
Y nos molieron á palos, 
Que Dios proteje á los malos 
Cuando son mas que los buenos. (1) 

¿ La esperiencia de cien tentativas infructuosas no nos 
está diciendo á gritos que ningún problema se resuelve ha- 
ciendo abstracción de las cantidades negativas, de las resis- 
tencias invencibles, de las fuerzas atractivas y repulsivas? 
El peor abuso que puede hacerse del raciocinio, decía Loke, 
y el mas frecuente, es el de tomar Iss palabras por cosas. 

Al espresarme de esta mane/a^ está muy lejos de mi 
ánimo el acusar á nadie ni con?/tituirme abogado de nadie. 
Donde quiera que vuelvo los ojos, triciientro amigos, orien- 
tales, hermanos ; pero su credo político no es el mió ; mejor 
diré, no me satisface cumplidamente. 

Salgo del terreno de las abstracciones, y entro en el de 
las realidades, nada lisonjeras por cierto. Hombre práctico, 
educado en la escuela de la desgracia, aleccionado por la 
esperiencia, nutrido con el estudio y la meditación, lejos, 
muy lejos de este foco de pasiones incandecentes, no aspiro 
á lo mejor absolutamente, sino á lo realizable inmediata, 
positiva y relativamente. Concibo y sé tan bien y quizá me» 
jor que muchos, cuál es el ideal del sumo bien en todo ; le 
doy culto en mi corazón, y procuro acercarme á él ; pero 
desde que se trata de ponerlo en planta, echo una mirada al 
rededor, y por mas robusta que sea mi fé, por sincero y ve- 
hemente mi buen deseo, no me es dado abrigar la ilusión 
de imajinarme que lograré alcanzarle. Entonces, sin dejar 
de hacer cuantos esfuerzos caben en el individuo, sin per 
derle de vista en mis palabras, en mis acciones y en mis po- 
bres escritos, me daria por muy satisfecho solo con obtener 
lo posible y realizahle. 

Asi soy consecuente con el dogma de la Iglesia que nos 



(1) Quevedo. 



— 127 — 

manda creer en la perfectibilidad, no en la perfección del 
hombre, y con el dogma del Estado, que nos ordena y nos 
compele á sacrificar nuestro interés privado al interés pú- 
blico cuando está de por medio la salud de la patria. Per- 
sonalmente nada pretendo de los hombres que hoy tienen 
en sus manos los destinos del pais, y me asisten motivos 
para creer que debo serles antipático. Xo importa : nada les 
pido para mí. Les pido únicamente un punto de apoyo como 
Arquimedes para la intelijencia; y la misericordia divina, 
los hombres de buena voluntad y el porvenir, completarán 
la grandiosa obra de nuestra rejeneracion política y social. 
Entretanto, me imajino que hay mas virtud, patriotismo y 
talento, en resignarse cristianamente con lo que no tiene 
remedio, que en agravar e! mal queriendo estirparle de goN 
pe y buscando su oríjen en una sola causa, cuando nos en* 
contramos en el caso de un enfermo gravemente afectado en 
todos sus órganos vitales; divididos, anarquizados, sin bra- 
zos, sin capitales, sin hacienda, sin crédito interior ni este- 
rior, sin comercio ni producción casi d:a. Solo á algún Dul- 
camara político podría ocurrírsele la idea de sacarnos de tan 
grave y complicada situación, derrepente, en un abrir y 
cerrar de ojos, por arto de birlibirloque, con alguna medida 
estraordinaria y patibularia ó con algún específico universal 
y maravilloso para todos los males pasados, presentes y fu- 
turos. 

Desgraciadamente los charlatanes y farsantes son mas 
afortunados por lo regular que los bombres sensatos, de 
verdadero mérito. Es sabido, como decía Larra, que todos 
los que tienen cara de sonsos lo son, y la mitad de los que 
no la tienen. Así anda el mundo. 

Las consecuencias deducidas en este capítulo son la sín- 
tesis de los hechos históricos, relijiosos, filosóficos, morales, 
políticos, jurídicos y económicos en que fundo mi teoría, 
buscando la relación que existe entre esos hechos y el asunto 
capital que me púsola pluma en la mano : La Iglesia y el 
Estado. 



XVIL 



ileasumiiíndo todo ío expuesto, de las premisas sentadas 
deduzco que la independencia del imperio y el sacerdocio, 
ayudándosey protejiéndose mutuamente sin que el uno usur- 
pe las atribuciones del otro, sin que la iglesia se confunda 
con el Estado y vice-versa, es la única teoría que concilla la 
libertad con el orden, el progreso con. la moral, las necesi^ 
dades profanas con las divinas. 

Creo haber demostrado, y lo creo por la íntima convicción 
del sentimiento, superior al raciocinio, que la iglesia católica, 
apesar de todo lo que se dice en contra, es ía que mejor ha 
comprendido y resuelto todos los problemas sociales, y que 
no es incompatible con ningún adelanto de la civilización, 
con ninguna forma de gobierno. 

Creo que los partidos y escritores ultramontanos y re- 
galistas, — polos opuestos en esta gran cuestión, — los que 
conceden toda la supremacía á la iglesia, ó al Estado, res- 
pectivamonte, van á parar sin advertirlo á la teocracia pa- 
gana, ó al protestantismo racionalista. Fluctúan entre Lu- 
tei'o que entregaba á los reyes su conciencia y Gregorio Vil 
que los destronaba. 

Creo que el catolicismo, reconociendo la impotencia de 
la razón humana al llegar á ciertos límites, reposa sobre ba- 
ses mas sólidas é indistructibles que el protestantismo, por 
que nacido éste del libro examen, provoca la discusión, que. 



— 129 — 

á su vez enjendra la secta y las rail aberraciones que todos 
los dios vemos en los países donde campean á sas anchas los 
calvinistas, los luteranos, los cuákaros, los anabaptistas, los 
mormones to. &a. 

Creo que hay mas lójica y dignidad en ser cristiano ca* 
tólico ; pero verdadero cristiano, que cristiano panteista, ido- 
latrado la materia, como sucede á los filósofos alemanes, a 
los socialistas franceses y á los estadistas de la raza anglo-sa* 
joña, sin esceptuar á los libres hijos de la patria de AYas- 
hington, cuyas últimas farsas relijiosas acerca de las mesas 
jiratorias y de los médiums ó dem nios en ellas ocultos, 
rayan en increíbles á fuerza de ser ridiculas é impías. (1) 
Diríase que ese pueblo todavía en la infancia, ofuscado con 
el humo de sus fábricas y el ruido de sus talleres, había cai^ 
do ya en la imbecilidad de la vejez. 

Creo que como elemento político, tampoco lleva ninguna 
ventaja el principio protestante al católico. Las repúblicas 
italianas, han existido á la sombra del puntilleado, y Roma 
con toda su imajinaria fuerza de absorción, políticamente 
hablando, no ha logrado jamás centralizar la Italia. Siendo 
católicos, ha dominado y domina en los cantones suizos la 
democracia mas avanzada, y hoy los únicos Estados donde 
no ha triunfado la reacción absolutista., donde los principios 
liberales dan pruebas de vitalidad en el continente europeo, 
son la Espaíia, la Gcrdeña, el Portugal, la Béljica, es decir, 
los países católicos: mientras que el absolutismo protestante 
reina en Prusia, la opresión anglic ana diezma, la Irlanda, 
y el puritanismo yankee se aviene perfectamente con la in^ 
farae esclavitjid tan bien anatematizada por la pluma divina 
de una mujer sublime. En fin, el. inicuo reparto de la Polo- 
nia y la.escandalosa usurpacioo de la Italia, se ejecutaron y 



(1 ) Siento no tener á mano, p ura iluslrrir con curiosas ñolas el lex- 
10, un largo ariículo que escribí al Mercurio do Valparaíso sobre Las 
mesas jiratorias y los espíritus parlantes. 



— 130 — 

mantienen por monarcas que no pertenecen al jirón de la 
Iglesia Católica. 

Creo que bajo la inspiración de la iglesia, las bellas artes 
se han remontado á la mayor altura, y que mucho en su fa- 
vor abonan, sin salir de nuestra antigua metrópoli, las es- 
pléndidas catedrales de Toledo, Sevilla, Burgos, el Escorial, 
la Cartuja de Jerez y otros cien monumentos en los que es- 
tá compendiada la historia del pueblo español. 

Creo que el sabio, el escritor, el poeta, el artista, el 
hombre de estado, comprenden mejor la gloria y su respec- 
tivo arte y son doblemente grandes en sus obras y en su 
proceder, en cuanto van guiados por la escelsa idealidad del 
cristianismo. ¿Quién les aventaja en elevación, en fé y per- 
severancia ? y hay gloria posible sin elevación, sin fé y per- 
severancia? (15) 

Yo sé que un poeta ha dicho : 

.... la gloria es un sueño, 

Nombre que alhaga nuestra audacia loca, 

Sonando eterno en nuestro pobre oido, 

Y va de boca en boca 

Rodando á los abismos del olvido. 

Pero no es esa la gloria del que inspirado por el genio 
cristiano, se siente capaz de consagrar toda su existencia á la 
realización de un pensamiento grande y generoso, del que 
aspira á conquistarse un puesto en el corazón v en la mente 
de sus semejantes, del que se resigna á pasar dias, noches y 
años enteros buscando la verdad, hasta que la llama encerra- 
da en su cerebro se encienda, y estallando de improviso, caiga 
en brillante parábola y rodee su cabeza con una aureola de 
luz.... La gloria para él, es un sacerdocio, una misión, un 
aliado que Dios le presta para difundir sus ideas en alas de la 
fama. 



— 131 — 

Desde que su frente, golpeada por los que llevan el ce- 
tro del pensamiento, 

«En noble ceño y magestad bañada. )) (1) 

se levanta sobre el nivel común, su nombre y su vida ya no 
le pertenecen ; pertenecen á su pueblo, á su patria, al mun- 
do, á la humanidad / 

Su corazón es la esponja que embebe las lágrimas de 
millares de infelices ; su alma, el eco de los deseos y aspira, 
cienes, de los pesares y alegrías de todo un pueblo ; su pa- 
labra el roció fecundo que vivifica la mustia flor de la espe- 
ranza, al soplo de la concordia y el amor. Y cuanto mayo- 
res sean las simpatías que levante en pos de sí, cuanto mas 
intensa y general la vibración de sus acentos, cuanto mas 
generoso y espontáneo el entusiasmo que provoque, cuanto 
mas nobles los sentimientos que despierte, cuanto mas hon- 
das y elevadas las harmonías que arranque de la lira ínter- 
na, haciendo resonar á la vez todas las cuerdas de la fé, el 
amor, el patriotismo, la virtud, el honor. . . . tanto mas alta 
y divina resplandecerá su gloria en este mundo y en el otro, 
porque Dios mismo se pondrá en pié, y le abrirá sus brazos 
al acercarse á su trono celestial. 

¿ Lo dudáis ?...'. pues oid el desgarrador gemido que 
lanzan los pueblos cuando cae uno de esos genios marcados 
en ¡a frente desde temprano con el sello de los escojidos para 
valerme de una frase de D. Emilio Castelar. Diriáse que cada 
ciudadano siente como si le arrebatasen una parte de su per- 
sonalidad. Recordad la sensación que produjo en Montevideo 
la muerte de Berro y do Echeverría. La del primero, — me 
acuerdo bien, — fué un dia de calamidad nacional. En la del 
segundo estaba yo en Madrid, y desde allí veia con los ojos 
del alma lo que en efecto aconteció. Pocos versos he escrito 



;i) D. Nicasio Gallego. 



— 132 — 

con tanta espontaneidad como los que consagré entonces al 
autor de la Cmiliva. 



« El saber, el talento, la belleza, 

La ciencia y la virtud en ese dia, 

Inclinaron humildes la cabeza 

Ante el féretro tuyo, Echeverria ! 

Digna, sublime, santa apoteosis, 

Que diviniza tu envidiable muerte / 

Al leer su descripción, sentí una cosa 

Que ha sido el mas horrible y el mas fuerte 

Pesar que en tierra estraña 

Ha desgarrado mi alma generosa : 

Estaba yo en España 

Y no vertí uua lágrima en tu fosa / » 

Doy aquí por terminada mi tarea, pero antes de despe- 
dirme de mis lectores, cúmpleme declarar que para desen- 
volver el pensamiento que rae propuse, he debido elevarme 
frecuentemente á la región de las ideas, y examinar los 
principios en su esencia, haciendo abstracción completa de los 
elementos estraños ó bastardos, que alguna vez han empa- 
nado su pureza. 

La iglesia, servida por hombres mas ó menos sujetos á 
todas las miserias de la imperfección humana, no está exenta 
de la ley común ; pero si puede asegurarse que como insti* 
tucion, como emblema, como teoría moral, como fórmula 
del deber, como complemento, como auxiliar y aliada del 
Estado en lo que este es impotente para remediar ; llena 
cumplidamente y mejor que nadie el fin providencial de su 
instituto. 

Mas que d« la ciencia, este convencimiento me viene 
del corazón, fuente de las grandes ideas según Vauvenar- 
gues ; y aunque me consta que los que yo sostengo no están 
precisamente á la moda en estos momentos, aunque preveo 



— 133 -- 

que encontrarán numerosos opositores, sé que también ha- 
llarán eco-y acojida en muchos corazones. 

Los que han bebido en la copa del infortunio desde sus 
primeros años, los que han sufrido intensos padecimientos 
físicos y morales, los que tal vez hayan experimentado uno 
de esos grandes dolores que si se prolongan demasiado con- 
ducen á la demencia ó al suicidio, y solo en la religión hayan 
encontrado fuerzas para soportar la vida, resignación para 
conformarse con la saña del deslino, ó la injusticia de los 
hombres, esos se adherirán á mis creencias y opinarán con- 
migo, que si todo no termina aqui abajo, sí el alma y las as- 
piraciones á lo bello, alo eterno, á lo absoluto, á lo inOnito, 
no son una mentira, es indispensable desde luego dar al Ce- 
sar lo que es del César y á Dios lo que es de Dios ; lo que 
equivale á decir, que es indispensable atender, educar y me- 
jorar simultáneamente al hombre físico y al hombre moral, 
al espíritu y á la materia. A ese precio únicamente la demo- 
cracia nos cumplirá todas sus promesas ; á ese precio úni- 
camente llegaremos á ser naciones libres, pod rosas, respe- 
tadas y felices ; á ese precio únicamente se realizará el 
dichoso acuerdo de la Iglesia y el Estado, y tendremos pa- 
tria, instituciones, libertad. La libertad como yo la com- 
prendo, alma de la civilización, ley eterna del progreso, y 
bien supremo de esta vida y la futura. 



FIN. 



ái'iFiEíaiíígsiga-ü. 



No hallándose en Montevideo el autor de este libro, la 
impresión ha salido con varias erratas notables, de las cua- 
les, á última hora, solo hemos podido salvar las siguientes 
de las composiciones poéticas que van al fin de las notas : — 
Página XLV, línea 20, donde dice — fué el fuego mejora- 
ble. — léase — y el fuego inexorable, — página XLVII, línea 
18, donde dice— De la ambición y el ardid. — léase — De la 
ambición al ardid. — En la misma página, línea 23, donde 
dice — Que en tu sueño columbrabas — léase — Que en tus 
sueños columbrabas — Página XLIX, línea 20, donde dice — 
Y ayddalc a que venza &a. — léase — Y ayúdale á que ven- 
za &a. 



JiFlB®I€l. 



El objeto de estas notas se encamina, no solo á con- 
firmar lo que dice el texto, sino también y muí principal- 
mente á demostrar con las pruebas á la vista, que mi 
manera de pensar hoy en Montevideo, es la misma que 
tuve ayer en Madrid, Paris, Londres &a., libre de todo 
influjo y da toda idea de partido ó conveniencia. Para 
mayor abundamiento debo advertir á mis lectores que 
estas notas, escepto dos ó tres, están literalmente tomadas 
de trabajos anteriores, publicados er^ España, en las co- 
lumnas de la Patria, el Orden, el Porvenir, la Ilustración, 
la Semana, la Enciclopedia de Ciencias y Artes éfa., en 
Montevideo, en la Constitución redactada por el Dr, D. 
Eduardo Acevedo; en Chile, en el Mercurio de Valpa- 
raiso, y finalmente en Paris, en la Revista Española de 
Ambos Mundos, l/os que me conocen saben que desde 
que me alejé del Rio de la Plata, hace nueve años, he 
sido corresponsal, colaborador ó redactor principal de 
estas publicaciones. 

Impórtame también declarar, para que no se formen 
talvez falsos juicios y comentarios, ni se encuentren si- 
niestras alusiones al nuevo orden de cosas inaugurado 
el 1 ^ vle Marzo, que desde el 10 de Enero el manus- 
crito de esta obra estaba terminado y en poder de la Im- 
prenta del Nacional. No le he añadido ni quitado des- 
pués, una sola coma. La escasez de operarios, ocasio- 
nada por el crecido número de periódicos que se publi- 
can actualmente en Montevideo ha sido la única causa 
que ha retardado su publicación. Si necesario fuese, lo 
probaré con hechos irrecusables. 



«s»«>^ 



NOTAS 



(i) IDEAS QUE ME HAN DOMINADO SIEMPRE. 

Penis, 31 de diciembre de 1852. 

En España, la caida del ministerio Bravo Murillo 
ha venido á í)robar una vez mas que los principios libe- 
rales cuentan todavía en aquel pais ardientes y enérji- 
cos defensores. — Los golpes de Estado no salen bien, 
sino cuando son necesarios; entonces la voluntad de un 
Dictador se sobrepone a los hombres y a las institucio- 
nes, porque aun cuando en la lucha sucumba el orden 
legal, el orden social se salva, la integridad de la nación 
se conserva, la anarquía desaparece, y el poder apoya- 
do tanto en la necesidad como en las bayonetas, tiene 
el prestijio y la fuerza que ambas cosas le dan. 

Así triunfó Luis Napoleón el 2 de diciembre, asi holló 
las leyes, así hizo pedazos la Constitución, así condujo 
entre una doble hilera de soldados como á malhechores, 
á los mismos que le habían conferido la autoridad que 
desempeñaba. Luego el audaz caudillo ceñido con la 
aureola de la victoria apeló á la Francia, y la Fran- 
cia — preciso es confesarlo — absolvió al culpable, y puso 
en su cabeza la corona de los Césares. 

En una época normal, Luis Napoleón, en el que re- 
conocemos dotes muí altas como hombre de corazón y 
de intelijencia, no se habría atrevido á semejante desa- 
cato, y si hubiera osado pasar el lindo que las leyes le 
marcaban, indudablemente habría espiado en un patí- 
bulo su criminal audacia. Por lo tanto, querer parodiarle 
en mayor ó menor escala, en otros países que no se ha- 
llan en las circunstancias ni encierran los elementos 
disolventes y etcrojéncos que han neutralizado las fuerzas 



IV 

de la Francia, en este combate á muerte entre el orden 
y el desorden, entre la demagogia y la autoridad, entre 
las impías aberraciones de Prudhom y los principios fun- 
damentales en que estriba la sociedad, es decir, la reli- 
jion, el respeto á la vida, á la propiedad, á la familia; 
querer remedarle cuando no hai por qué ni para qué, 
nos parece un grave error político, por no decir imbécil 
necedad, ó culpable anhelo de perpetuarse en el mando 
á todo trance. 

Nos duele dirijir tan duro cargo al Sr, Bravo Muri- 
11o, á quien apreciamos personalmente y de cuya capa- 
cidad tenemos mui ventajosa idea; pero ni esta consi- 
deración, ni la de habernos contado en el número de 
los redactores del Orden^ periódico que le pertenecía, 
son bastante poderosas para obligarnos á faltar á la ver- 
dad. Escritores independientes, jamás hemos sacrificado 
nuestras convicciones en aras de nuestras afecciones 
particulares ó del interés. Emitimos nuestros juicios á 
la luz de la razón y de la conciencia, y ante su fallo so- 
berano, medimos con igual rasero al grande y al pe- 
queño, al sabio y al ignorante, al amigo y al enemigo. 
Sin una regla de criterio, sin un principio único, al que 
se subordinen todos los demás, fundado en las prescrip- 
ciones del deber, frecuentemente, envueltos en el toibe- 
llino de nuestras pasiones egoístas y mezquinas y de las 
exijencias de la sociedad, no hai medio hábil de juzgar ni 
aquilatar las acciones humanas, y mucho menos de en- 
caminar hacia un norte invariable nuestra voluntad 
fluctuante, nuestras ideas contradictorias,nuestros opues- 
tos deseos. 

En este siglo de duda y escepticismo, de hipocrecia y 
positivismo, no nos avergonzamos de confesar que per- 
tenecemos al número de los que todavía creen en Dios. 
Sí, creemos en Dios con la fé del poeta que comprende 
la belleza ideal, y siente á veces dentro de su abrasado 
cerebro, radiar una luz que lo muestra desconocidos 
horizontes y le eleva del fango de la j^ría rerüidad, do- 



jando en su corazón un vacío que no alcanzan á llenar 
tqdas las brillantes miserias de la tierra; y con el con- 
vencimiento del hombre, que solo, errante, lejos de sil 
patria y de los suyos, luchando brazo á brazo con su 
ingrata suerte, humedeció desde temprano sus labios en 
la amarga, pero rejeneradora copa del infortunio, sin 
tener á menudo mas amparo, mas refujio ni esperanza 
que la paternal bondad de la Providencia ! 

, Creemos sinceramente en Dios: creemos que el cris- 
tianismo, aun preycindiendo por un instante de suoríjeri 
divino, es la filosofía mas sublime que haya jamás con- 
cebido el hombre y la que se adapta mejor á sus instin- 
tos morales: y la política, la relijion, las instituciones, 
la ciencia, el arte, la literatura, que en vez de animarse 
con sus vivíficos destellos y beber su inspiración en el 
raudal de sus purísimas aguas, remontancfo á la criatura 
hasta su Hacedor, tiendan á hundirla mas y mas en el 
lodo en que se arrastra, son para nosotros infecundas, 
nocivas y abominables. 

Por eso no podemos comprender la creación sin Dios; 
y somos cristianos, y abrimos nuestro pecho á las pro- 
mesas de otra vida, y creemos en la dignidad del hom- 
bre, en la virtud de la mujer, en la lealtad del amigo, 
en la abnegación del patriotismo, en la filantropía de la 
caridad, y en todos los nobles sentimientos del corazón 
humano; por eso nos consume ardiente sed de gloria, y 
queremos honrar el nombre que heredamos, y nos senti- 
mos capaces de sacrificar hasta la existencia por la feli- 
cidad del suelo que nos vio nacer; por eso amamos la 
libertad y el progreso, y nos sublevamos contra todas 
las tiranías, y confiamos ciegamente en el porvenir y en 
los gloriosos destinos que reserva á la humanidad un ser 
bueno y justiciero, porque es omnipotente, y el que todo 
lo puede ¿por qué ha de ser malo como los miserables 
pigmeos de la tierra, que necesitan destruir cuantos 
obstáculos encuentran en su camino para llegar al tér- 
mino que desean? 



IV 



de la Francia, en este combate á muerte entre el orden 
y el desorden, entre la demagogia y la autoridad, entre 
las impías aberraciones de Prudhom y los principios fun- 
damentales en que estriba la sociedad, es decir, la reli- 
jion, el respeto á la vida, á la propiedad, á la familia; 
querer remedarle cuando no hai por qué ni para qué, 
nos parece un grave error político, por no decir imbécil 
necedad, ó culpable anhelo de perpetuarse en el mando 
á todo trance. 

Nos duele dirijir tan duro cargo al Sr, Bravo Muri- 
11o, á quien apreciamos personalmente y de cuya capa- 
cidad tenemos mui ventajosa idea; pero ni esta consi- 
deración, ni la de habernos contado en el número de 
los redactores del Orden^ periódico que le pertenecía, 
son bastante poderosas para obligarnos á faltar á la ver- 
dad. Escritores independientes, jamás hemos sacrificado 
nuestras convicciones en aras de nuestras afecciones 
particulares ó del interés. Emitimos nuestros juicios á 
la luz de la razón y de la conciencia, y ante su fallo so- 
berano, medimos con igual rasero al grande y al pe- 
queño, al sabio y al ignorante, al amigo y al enemigo. 
Sin una regla de criterio, sin un principio única, al que 
se subordinen todos los demás, fundado en las prescrip- 
cienes del íZe¿er, frecuentemente, envueltos en el toibe- 
llino de nuestras pasiones egoístas y mezquinas y de las 
exijencias de la sociedad, no hai medio hábil de juzgar ni 
aquilatar las acciones humanas, y mucho menos de en- 
caminar hacia un norte invariable nuestra voluntad 
íluctuante, nuestras ideas contradictorias,nuestros opues- 
tos deseos. 

En este siglo de duda y escepticismo, de hipocrecia y 
positivismo, no nos avergonzamos de confesar que per- 
tenecemos al número de los que todavía creen en Dios. 
Sí, creemos en Dios con la fé del poeta que comprende 
la belleza ideal, y siente á veces dentro de su abrasado 
cerebro, radiar una luz que lo muestra desconocidos 
horizontes y le eleva del fango de la 3^cría realidad, de- 



jaiíJü en su corazón un vacío que no alcanzan á llenar 
íqdas las brillantes miserias de la tierra; y con el con- 
vencimiento del hombre, que solo, errante, lejos de su 
patria y de los suyos, luchando brazo á brazo con su 
ingrata suerte, humedeció desde temprano sus labios en 
la Amarga, pero rejeneradora copa del infortunio, sin 
tener a menudo mas amparo, mas refujio ni esperanza 
que la paternal bondad de la Providencia ! 

, Creemos sinceramente en Dios: creemos que el cris- 
tianismo, aun prescindiendo por un instante de suoríjeri 
divino, es la filosofía mas sublime que haya jamás con- 
cebido el hombre y la que se adapta mejor á sus instin- 
tos morales: y la política, la relijion, las instituciones, 
la ciencia, el arte, la literatura, que en vez de animarse 
con sus vivíficos destellos y beber su inspiración en el 
raudal de sus purísimas aguas, remontandfo á la criatura 
hasta su Hacedor, tiendan á hundirla mas y mas en el 
lodo en que se arrastra, son para nosotros infecundas, 
nocivas y abominables. 

Por eso no podemos comprender la creación sin Dios; 
y somos cristianos, y abrimos nuestro pecho á las pro- 
mesas de otra vida, y creemos en la dignidad del hom- 
bro, en la virtud de la mujer, en la lealtad del amigo, 
en la abnegación del patriotismo, en la filantropía de la 
caridad, y en todos los nobles sentimientos del corazón 
humano; por eso nos consume ardiente sed de gloria, y 
queremos honrar el nombre que heredamos, y nos senti- 
mos capaces de sacrificar hasta la existencia por la feli- 
cidad del suelo que nos vio nacer; por eso amamos la 
libertad y el progreso, y nos sublevamos contra todas 
las tiranías, y confiamos ciegamente en el porvenir y en 
los gloriosos destinos que reserva á la humanidad un ser 
bueno y justiciero, porque es omnipotente, y el que todo 
lo puede ¿por qué ha de ser malo como los fniserables 
pigmeos de la tierra, que necesitan destruir cuantos 
obstáculos encuentran en su camino para llegar al tér- 
mino que desean? 



Esta sencilla definición esplica nuestras creencias re- 
Ijjiosas, políticas y literarias. Si son candorosas ilusiones 
de poeta, pido al cielo que al arrebatármelas corte con 
ellas el hilo de mi vida. Hemos aprovechado con gusto la 
ocasión que se nos presentaba de ponerlas en relieve, 
para que se sepa cual es la bandera que seguimos y la 
única pauta que nos sirve de base para formular nues- 
tras opiniones. La fé y la moral cristianas, aplicadas á 
los instintos, á las acciones, á las obras, á las teorías y 
á los preceptos arbitrarios de ios hombres. 

Concluiremos haciendo una observación mui digna 
de tenerse en cuenta y que nos sujiere lo que acaba de 
suceder en Inglaterra y España. Una de las grandes 
ventajas del sistema representativo, es que los deposita- 
rios del poder están obligados á dar cuenta de sus pro- 
yectos, á consultarlos con otras personas competentes, y 
á esponerios de grado ó por fuerza ante el sol esplendo- 
roso de la publicidad, antes de realizarlos. Si en ellos 
bal algo útil y fecundo, las semillas esparcidas por el 
aura ó el huracán de la discusión, tarde ó temprano 
prenden y jerminan en la conciencia pública; y la ver- 
dad una vez reconocida encuentra sectarios hasta entre 
sus mas implacables enemigos. Luego, cada ministerio 
que se sucede, contrae el deber de seguir el cauce que 
le marca la opinión pública, é impotente para poner un 
dique á la ola que le empuja hacia adelante, puede en 
este sentido realizar todo el bien de que sea capaz; pero 
si vacila, si se detiene, si intenta torcer su dirección, la 
ola le arrebata y le arroja sobre la arena de la política, 
como uno de tantos despojos carcomidos é inútiles. No 
de otra manera han sido últimamente arrollados casi al 
mismo tiempo, aunque por causas diversas. Lord Derby 
y Bravo Murillo. No de otra manera en mas de una 
ocasión han triunfado en Inglaterra las ideas de Sir Ro- 
berto Peel, y en España el sistema representativo, 
(Fragmento de una corresijondencia dirijida á la Consti- 
tución y publicada en el niim. 187 de este periódico corres- 
pondiente al 20 de febrero de 1853). 



VII 

La. rREN'SA EL'ROPKA OOXSIDERADA EN SL'S RELACIONES 

CON LOS Estados de Sud-America. 

Bajos Pirineos, mayo de 1858. 

E-í leí constante que el que está arriba mire con des- 
den al que tiene debajo. Todavía, por mas que nos alu- 
cinemos, somos muí poca cosa, políticamente hablando, 
y nadie .sn acuerda de nosotros sino como consumidores 
ó revolucionarios incorrejibles. Todavía en el orden 
económico, la América Española solo és para el antiguo 
continente un inmenso bazar de producciones brutas, 
donde el comercio y la industria europea van á surtirse 
de las materias piimeras, dejando en cambio sus arte> 
factos y productos, y en e! orden moral una especie de 
circo romano, donde hombres como fieras, y fieras tan 
buenas como los hombre*, se disputan el terreno palmo 
:'i palmo, como si la munificencia divina no les hubiese 
regalado tierra y tesoros suficientes para satisfacer cum- 
piidameníe todas sus necesidades, dar ensanche a las 
mas altas aspiraciones, centuplicar al infinito su exi- 
gua población, y sustentar millones de jeneraciones por 
centenares de siglns ! 

El hombro de Europa se pregunta, ¿cómo és que un 
puñado de habitantes, diseminados como el perfume de 
una flor en el espacio, en el suelo mas espléndido que 
para mansión de nuestra raza haya sido preparado sobre 
el globo, en vez de ocuparse en rellenar sus incomensu- 
íablcs pampas, sus desiertas llanuras, sus cstensos y goli- 
tarios valles y sus jigantescas cordilleras, y de gozar en 
paz los dones que una naturaleza vírjen le prodiga á 
manos llenas, di^jando que á su sombra jerminen y se 
desarrollen todos los sentimientos elevados y jenerosos 
del corazón y del alma, cómo és que malgasta estéril- 
mente, desde que empieza á vivir hasta que cae aniqui- 
lado, (d vigor de su í>razo y la actividad de su espíritu 
en una lucha insensata y frr.tricida^ [Vov qué dónde 



VIlí 



quiera que el estranjero vuelva sus ojos ha de ver 
reproducido ese cuadro desgarrador, que nosotros he- 
mos intentado bosquejar en los siguientes versos, que 
si poco ó nada valen como obra de arte y poesía, son el 
grito unánime de todos los buenos patricios, el eco fiel 
4e\ anatema que nos abruma: 

" Desde que el sol asoma hasta que tiende 
Su pabellón de estrellas la azul noche, 
Con hórrido fragor los aires hiende 
El ánjel de la muerte en negro coche : 
A su marcha veloz arden las nubes. 
Retiembla el suelo y la montaña roía, 
Convertida en volcan alumbra el llano, 
Y atletas á su luz la tierra brota. 
Que en bélica porfía 
Se despedazan con furor insano 
Un dia y otro dia. 
Una luna, otra luna, y siempre en vano ! " 

Y el hombre de Europa, que no puede comprender 
ese terrible problema, inclina la cabeza como el Inca 
prisionero por Pizarro, y se pregunta de mil maneras 
distintas sin encontrar una respuesta satisfactoria: ¿qué 
quieren esos hombres? ¿quién los impulsa? ¿quién los 
guíai' ¿adonde van? 



Programa de la *'Revista EspAñoLA de Ambos Mundos", 

PUBLICADO SIMULTÁNEAMENTE EN PaRIS Y MaDRID, Y RE- 
PRODUCIDO POR CASI TODOS LOS ÓRGANOS MAS ACRE- 
DITADOS DE LA PRENSA SuD- AMERICANA. 

(Fragmentos.) 

Cada dia se hace mas urjente poner un dique á ese 
aluvión de libros malos y traducciones detestables con 



IX 

que ]a cspecuíacion nos inunda. Cada dia es mas apre- 
miante ]a necesidad de nutrir la intelijencia de jóvenes 
jeneracionps americanas con estudios severos, útiles, 
prácticos, do aplicación inmediata a las necesidades de 
su pais. Cada dia es mayor la creencia entre todos los 
gobiernos y los hombres sensatos que para destruir el 
cáncer de ¡a anarquía y el despotismo en el Nuevo Mun- 
do, hai que empezar por combatir, lo mismo las preocu- 
paciones y el espíritu retrógado de rutina, que las ideas 
subversivas, disolventes c inmorales, hijas de tres siglos 
de coloniaje, de treinta años de guerra civi!, de las ma- 
l.is pasiones, de los escesos y errores propios de los hom- 
bres en épocas de fiebre y vértigo revolucionario, y mas 
que todo eso, de la falta de virtudes republicanas, de la 
ambición incalificable y de ¡a ignorancia de algunos pig- 
meos que aspiran á gobernar á los pueblos cuando son in- 
capaces de gobernarse á sí mismos. Ya es tiempo que 
todos los hombres de corazón é intelijencia, unidos por 
el santo amor de la patria, la fé en el porvenir y en los 
gloriosos destinos que la Providencia reserva al hemis- 
ferio sud-americano levanten una bandera en la cual se 
lea: ¡ Paz, Orden, Progreso, Libertad ! . . . miembros de 
una misma proposición que se suponen y se enjendran 
reciprocamente, como el honor, la virtud, el patriotismo ; 
májicas palabras tantas veces profanadas, pero siempre 
simpáticas y sublimes para todos los que creen en los 
nobles instintos del corazón humano ! 

Nosotros pertenecemos á ese número, y esa ha sido y 
és nuestra divisa. 

Creemos, sí, que la paz y el orden son la primera con- 
dición de todo progreso, y que la libertad no existe ni 
puede existir dónde el estado normal és la guerra con 
todos los hábitos vandálicos, inmorales é impíos que ella 
incuba: donde no se respeta el honor, la vida ni la pro- 
piedad: donde cada uno cree, con los socialistas rojos, 
que la libertad consiste en hacer lo que se le antoje; la 

II 



igualdad, en ocupar ó usurpar la posición social, — como 
ha hecho Prudhoii quo és ho¡ rico y propietario,— de los 
que están encima por sus luces y riqueza; y la fraterni^ 
dad, en esterminar al uso de Mahoma, á ios malvados 
que no opinan como ellos. 

Pueblos como los americanos, que solo necesitan 
asentar el pié para dejar que se seque el charco de san- 
gre que ios circunda y dónde resbalan, caen y se despe- 
dazan como acometidos de un vértigo satánico; pueblos 
que solo necesitan respirar una atmósfera mas pura 
para crecer, desarrollarse y con(juistar dignamente su 
puesto en la gran familia de las naciones civilizadas; 
no deben sentirse humillados porque se les aconseje que 
sacrifiquen á la necesidad suprema de la paz cuanto 
pueda servir de protesto para alterarla. En su impa- 
ciente anhelo de querer ser hombres antes de tiempo, 
se parecen á los niños enervados por goces prematuros. 
No tienen de republicanos mas que las fórmulas sonoras 
y retumbantes, ios resabios anárquicos y la altivez ingo- 
bernable , * . . . . - 

Un poco de calma y sensatez, un poco del buen senti- 
do y moderación que caracterizan á Chile, y pronto nos 
encontraremos en situación tan próspera como él; pronto 
seremos, en efecto, pueblos numerosos, respetados y feli- 
ces, y tendremos de la libertad algo mas que el vano 
nombre. 

Paz! paz! es el grito de todos ios buenos patriotas, 
7)obres y ricos, ilustrados é ignorantes; paz! paz! es la 
plegaria que cruza el espacio en distintas direcciones, 
desde el cabo de Hornos al de Santa Maria, desde el co- 
diciado goifo déla hermosa cuanto desdiíihada Méjico, 
hasta las rocas desiertas y estériles del Estrecho de 
Magallanes. ¿Y por qué^... ¿qué nos dice ese clamor 
universal?... — Nos dice que la paz invita á la concordia, 
estrecha la unión y trae consigo el orden: el orden con- 
vida á todos al trabajo, crea nuevos hábitos, moraliza 



XI 

las costumbics, hace estable el iaiperio de la lei, ense- 
ña á elevarse por las vias lícitas y honesta?, y traza á 
cada uno el r.íi-calo de sus deberes y derechos. Afianza- 
do el orden, el progreso moral y el matei ial surjen á su 
lado corno por encanto, y la libertad apoyada en ellos 
brota espontáneamente y echa raices })rol'undas en el 
suelo. Entonces la democracia no es una mentira, no es 
un sarcasmo ni una maldición. 

Nuestros padres, al cortar el cable que los sujetaba 
al ancla metropolitana, plantearon en 1810 el dificil 
fjfoblema de fundar la democracia en las colonias 
f^s'pañolas sobre las aras de la igualdad y la libertad. 
Ya no es tiempo ni podemos repudiar ese legado: nos 
despedazaj'iamos inútilmente y volveriamos envilecidos 
y degradados á nuestro punto de partido. La América 
entera está destinada á ser republicana: las razas distin- 
tas que abriga en su seno, no pueden vivir unidas hasta 
que se verifique una fusión jeneral de sangre, ideas e 
intereses. Luego, al iN'-oríe nos acecha el coloso anglo- 
americano. Al sud hai un imperio que puede, aunque no 
lo creemos nmi fácil por ahora, llegar en manos de un 
hombre de jénio á ensefiorearse del vasto territorio que 
se cstiende desde el Amazonas hasia la embocadura del 
Plata, desde el Plata á los Andes, desde los Andes al 
mar. Entonces... ay! de nosotros todos los que hablamos 
en el Nuevo Mundo la hermosa lengua de Castilla ! 

Se vé, por lo tanto, cuales son nuestras convicciones 
y sentimientos respecto de la república en !a América 
independiente; y que al proclamar la paz y el orden 
como la primera necesidad del momento, imitamos al 
médico que aconseja el reposo á un enfermo débil y 
¡)OStrado, mas por sus escesos que por faltado vitalidad. 

Por débiles qnv. sean los esíuerzos del individuo ais- 
lado, unidos á otros mas poderosos dan el resultado ape- 
tecido. Del concurso de todos lesulta la victoria. 

La iniciativa y la acción tocan á los gobiernos; pero 



* XII • 

cada ciudadano en su esfera, y el escritor mas que ningún 
otro, deben contribuir á la obra jeneral aunque fuese 
una Babel, como dice Lamartine — que no lo será, 
sino un escalón mas de un glorioso altaren que se exal- 
tará y comprenderá mejoría idea divina. 

Así, política, ciencia, industria, filosofía, arte, litera- 
tura que no vayan encaminadas á ese fin, son reacciona- 
rias, perjudiciales y estériles en nuestra opinión. 

Los redactores de la Revista penetrados de esta ver- 
dad, procurarán reducirla á la práctica en sus escritos. 
Ella servirá de crisol á sus doctrinas, buscando siempre 
bajo el punto de vista americano, en los elementos que 
constituyen la vida intelijeníe, moral y material de los 
pueblos, el jérmen que debe animar nuestra grandiosa 
nacionalidad futura. 

Discutiremos unas en pos de otras, todas las cuestio- 
nes capitales y que mas afectan al presente y al porve- 
nir americano; cuestiones solidarias, harto conocidas 
para que lasenumeremos y que se reducen á gohe^'nar 
en vez de mandar-, á^ educar al pueblo para la democra- 
cia; á mejorar física y moralmente nuestra raza hispano- 
indico-africana cruzándola con otras mas adelantadas y 
dotadas de ciertas cualidades de que nosotros carecemos; 
á llenar de pobladores aquellos inmensos desiertos; á 
acortar las distancias que nos dividen y facilitar la co- 
municación, lo mismo de los individuos y de las ideas, 
que de las mercancías europeas y productos indíjenas, 
por m.edio del vapor, los ferro-carriles y la canalización; 
á introducir nuevos veneros de riqueza y perfeccionar ó 
aum.entar los existentes; á reformar las leyes y costum- 
bres, y estirpar las preocupaciones que se oponen á su, 
desarrollo y al triunfo de los buenos principios; y en 
suma á destruir las simientes del jenio da la baj barie, 
creando para^ todos, con las necesidades del hombre ci- 
vilizado, hábitos de legalidad, de orden y de trabajo, 
áncoras salvadoras en el cataclismo de las revoluciones 
y que permiten al progreso asentarse sobre las eternas 



Xlil 

bases de la moral y de ia justicia, único refujio que ya 
]e queda talvez al mundo en medio de la falta de creen- 
cias y del abatimiento jeneral. . . . 

Mientras llega esa época anhelada, la redacción y 
el editor confian en la induljencia de los hombres ilustra- 
dos, que comprenden los muchos inconvenientes con que 
á menudo tendremos que luchar. Para podernos elevar 
á la altura que deseamos, es forzoso, de absoluta nece- 
sidad, que el público y los escritores americanos — úni- 
cos competentes para muchas de las cuestiones especia- 
les que nos proponemos ventilar — nos tiendan una ma- 
no amiga — Entretanto la Revista, tal como és y será, 
con todas sus faltas é imperfecciones, aspira á contentar 
al mayor número, pero no abriga la ridícula'pretension de 
agradar á todo»;. En relijion es católica, en política libe- 
ral y democrática; en filosofía, espiritualista; en comer- 
cio, en industri;:», en navegación, en economía politica, 
i¿e inclina á la escuela inglesa presidida por Peel; en 
lejislacion, ciencins y artes aceptad progreso europeo, y 
busca en las fuentes eternas de lo justo, lo bollo y lo 
bueno, la realización del tipo ideal á que deben encami- 
nar sus esfuerzos los pueblos américo-hispanos; la regla 
para innovar, reformar y mejorar lo existente, y la base 
mas ancha y segura de su reorganización politica y social. 



(2) BLA.»fEMiAs DE Proudhon. — Nada conozco de mas 
cínico é impío que las siguientes líneas, que parecen 
escritas á la sombría luz de los infiernos: 

*'El primer deber del hombre intelijente y libre es 
arrojar inmediatamente la idea de Dios, de su espíritu y 
de su concienncia; porque Dios,si existe.es esencialmente 
hostil á nuestra naturaleza, y no dependemos de él para 
nada....;con qué derecho me diría Dios todavía, sé 
santo corno yo soy santo? .... Espíritu engañador le res- 



XIV 

ponderia yo, Dios imbécil ! tu reinado ha acabado ya: 
busca otras víctimas entre lo? seres irracionales. Yo 
sé que ni soy ni puedo llegar á ser santo jamás; y en 
cuanto a tí, ¿cómo lo has de ser tu, si tu y yo nos pare- 
cemos? Eres, fuiste y seiás perpétufimeiite el rival de 
Adán, el tirano de Prometeo. 

'•Triunfas y nadie se atrevía á contradecirte, cuando 
después de haber atormen ado en su cuerpo y en su al- 
ma al justo Job, figura de nues:tra humanidad, insultas- 
te su piedad candida y su ignorancia discreía y respe- 
tuosa. Todos éramos como si fuésemos nada en presen- 
cia de tu majestad invisjb.e, á quien dábamos el cielo por 
dosel y la tierra por peanM. Los tiempos son ya otros: 
hele ahí quebrantado y destronado. Tu nombre Vn otro 
tiempo compendio y suma de toda sabiduría, única san- 
ción del juez, sola fuerza del principe, esperanza del po- 
bre, refujio del pecador arrepentido; ese nombre inco- 
municable, entregado ya á la execración y al desprecio, 
será desde hoi m;ts vilipendiado de las gentes. Diosnoes 
otra cosa sino tontería y miedo, hipocrecía y engaño, 
tiranía y miseria. Dioses el mal. Mientras que la huma- 
nidad se incline ante un altar, esclava de los reyes 3^ de 
los sacerdotes, será reprobada; mientras que un solo 
hombre reciba en nombre de Dios el juramento de otro 
hombre, la sociedad estará fundada en el perjurio, y la 
paz y el amor serán desterrados déla tierra. Retírate, 
Jehová! porque de hoy mas, curado del temor de Dios y 
habiendo abanzado la verdadera sabiduría, estoy pronto 
á jurar con la mano levantada hacia el cielo, que no eres 
sino el verdugo de mi razón y el espectro de mi con- 
ciencia!" (Systéme des coniradicíions cconomiqíies — chop. 
VIH.) 



(3) Poetas -FíLÓsoFos. — Esta nota que corresponde á 
la pajina IQ y cuyo número falta en el testo, debía 



com- 



XV 

prender un juicio comparativo entre las ideas relijiojas 
contenidas en la Divina Cmnedia de! Dante, en los dra- 
mas de Calderón, én la ?dessiada de Klopstock, en el 
Fausto de Goethe, en elManfredo de Byion y en la his- 
toiia de filosofía de Hege!; nero la mucha estension de 
un trabajo semejante, y el deseo de apresnrar la impre- 
sión de este opúsculo, me han oblígalo á suprimir dicha 
nota así como otras varias. Recomiendo el asunto, que 
es nuevo y bellísimo, á nuestros jóvenes eserítores. 



(4) Misterio de la Trinidad. — "Allí está el Dios 
católico, uno y trino: uno en esencia, trino en las per- 
sonas. El Padre enjendra eternamente á su Hijo, y del 
Padre y del Hijo procede eternamente el Espíritu San- 
to. Y e! Espíritu Santo es Dios, y el Hijo es Dios, y cl 
Padre es Dios; y Dios no tiene plni-al, porque no haí 
mas que un Dios, trino en las personas y uno en la esen- 
cia. El Espíritu Santo es Dios como el Padre; pero no 
es Padre; es Dios como el Hijo; pero no es Hijo. El 
Hijo es Dios como el Espíritu Santo ; pero no es Espíritu 
Santo : es Dios como el Padre • pero no es Padre : el 
Padre es Dios como el Hijo ; pero no es Hijo : es Dios 
como el F.spíi-¡tu Santo ; pero no es Espíritu Santo. El 
Padre es Omnipotencia, el Hijo es Sabiduría, el Espíri- 
tu Santo es Amor; y el Padre y el Hjo y el Espíritu 
Santo son infinito Amor, Potencia suma, perfecta Sabi- 
duría 

*'El hombre fué hecho por Dios, á imájen de Dios, y 
no solamente á su imájen, sino también á su semejanza; 
por eso el hombre es uno en la esencia y trino en las per- 
sonas, Eva procede de Adán, Abel es enjendrado por 
Adán y Eva, y Abel y Eva y Adán son una misma co- 
sa : son el hombre, son la naturaleza humana. Adán es 
el hombre pndre, Eva es el hombro mujer, x\bel es el 



XVI 

hombre hijo. Eva es hombre como Adán ; pero no es 
padre: es hombre como Abel ; pero no es hijo. Adán es 
hombre como Abel, sin ser hijo; y como Eva, sin ser 
mujer. Abel es hombre como Eva, sin ser mujer ; y co- 
mo Adán, sin ser padre." [Ensayo sobre el Catolicismo, 
el Liberalismo y el Socialismo. Lib. I. cap. IL] 



(5) Vínculos entre el Hacedor y la criatura. — No 
hay efecto sin causa, ó mejor dicho, todo fenómeno tie- 
ne una causa. 

Esta idea está tan adherida á nosotros, que la aplica- 
mos no solo a lo que entra en el dominio de los sentidos, 
sino aun á aquello que está fuera de su alcance. 

Es un principio universal, reconocido por todos los 
pueblos, y del que no puede el hombre despojarse sin 
anonadar su propia existencia y su personalidad. 

De aqui nace forzosamente la necesidad de remon- 
tarse, para comprender la creación, auna causa superior 
á todas; la causa de las causas, que no puede ser otra 
que Dios. 

Este Dios tiene por precisión que ser intelijente, bue- 
no y omnipotente. 

Que es intelijente lo prueba la armonía y el orden 
del Universo; la manera portentosa é invariable como 
se operan las leyes querijenal mundo físico; la simple 
contemplación de cualquiera de sus criaturas: es imposi- 
ble que la casualidad haya combinado tan bien las par- 
tes que las componen, y con medios tan sencillos produ- 
cido resultados tan maravillosos. 

Fuerza es convenir que es todo poderoso si hemos de 
ser lójicos: primero, porque la razón no puede concebir 
un Dios condenado á obedecer á leyes estrañas á su 
propia esencia, ó subordinado á otro; porque entonces 
este sería Dios y no él: segundo, porque las obras suyas 
que conocemos, y los prodijios que entreveo el pensa- 



XVII 

miento cuando se lanza al través de los millones de 
mundos que pueblan el espacio, nos patentizan que solo 
un ser omnipotente pudo producir semejantes mara- 
villas. 

Que es bueno y justo se deduce de su misma natura- 
leza. El que todo lo puede, porque ha de ser malo?. . . • 
Porqué ha de ser malo aquei á quien le basta un soplo, 
para convertir en polvo el universo y sumerjirlo en el 
caos de donde lo sacó? 

La aparente injusticia y el desorden que se nota en el 
mundo por la influencia del mal, en nada contrabalen- 
cea los principios sentados. Dios ha establecido leyes 
inmutables, de las cuales en su eterna sabiduria, no le es 
dado separarse: nosotros ignoramos las relaciones miste- 
riosas queecsisten entre los seres y las cosas que forman 
la gran caílena del orden físico y moral; la clave de este 
secreto está fuera del alcance de nuestra escasa inteli- 
jencia; y querer nosotros, miserables pigmeos, querer 
juzgar al Supremo Hacedor por loque no comprendemos 
ni podemos comprender nunca, es tan risible é irracio- 
nal, como la ira del Inca que arrojó contra el suelo el 
libro que le presentaba Valverde, porque acercándoselo 
al oido nada le decia; ó como si pretendiéramos que se 
justificase un presunto reo, sin permitirle hablar, y le 
condenáramos sin oir sus descargos. 

Por lo tanto, los males á que parece condenada la 
humanidad, no son á los ojos del verdadero filósofo mas 
que una espiacion necesaria en los ocultos designios de 
la Providencia; pruebas sucesivas por las cuales se pu- 
rifica el hombre para pasar á un estado mas perfecto, 
como el gusano al de larva y luego al de mariposa. "No 
es e-sla vida el centro de las almas," dice Arjensola en el 
postrer verso de uno de ios mas bellos sonetos que posee 
la musa castellana; y San Agustín, Azais, Ballanche, 
Chateaubriand, de Maistre, Balmes y otros eminentes 
escritores de las escuelas espiritualista'y ecléctica, han 
escrito sobre este tema las mejores pajinas de sus obras. 

III 



XVIII 



Existiendo, pues, un Dios y siendo inteiijente, omni- 
potente y bueno, estamos en el deber de acatar sus le- 
yes y ofrecerle el tributo de nuestra adoración y respeto: 

— Por el beneficio de la existencia; 

— Por habernos dotado de una alma inmortal, infun- 
diéndonos ademas de la conciencia, un principio innato 
de justicia que no nos engaña, y dádonos el libre albe- 
drio, ó sea la libertad de optar entre el bien y el mal. 

Admitiendo el dogma espiritualista la primera pro- 
posición se prueba fácilmente. Era necesario que el 
hombre naciese, puesto que ha nacido: Dios sabe por 
que y para qué. Si sufre y es desgraciado, a'sí convendrá; 
pero su sacrificio no será estéril, tendrá la recompensa 
en otra parte. Un buen padre no puede querer sino el 
hiende sus hijos, un ser justo no puede confundirla 
virtud con el crimen, ni dejar sin recompensa á la pri- 
mera, y sin castigo al segundo. 

Se prueba que en nosotros hay algo que no pertene- 
ce á la tierra: 

— Por la naturaleza del espiritu, cuya inmaterialidad 
ha sido demostrada hasta la evidencia; — 

— Por la abstracción, esa facultad estraordinaria que 
tenemos de considerar las cualidades separadas é inde- 
pendientes de los objetos, como vg: cuando nombramos 
la gravitación, la transparencia &a. sin fijarnos en nin- 
guna cosa en que recaigan;— 

— Por la índole de ciertos sentimientos y pasiones 
propias solo del hombre; — como la sed de gloria, la idea 
del honor, el respeto á los muertos &a, 

— Por su amor á la vida, siendo tan mala, pues como 
dice Larra, solo un Dios y un Dios todo poderoso, pudo 
hacerle amar una cosa semejante; — 

— Por el horror que le causa la idea de la muerte y 
de su anonadamiento, que no com.prende cuando medi- 
ta seriamente en el; — 

— Por la satisfacción que encuentra dentro de sí mis- 
mo en practicar la virtud y hacer algún bien á sus se- 



XIX 

mejantes, siguiendo las prescripciones del deber y la 
conciencia; y por el malestar cjue leaciueja, la lucha é 
indecisión secreta que esperimenta entre su razón y sus 
malos deseos y pasiones, antes y después de entregarse 
á ellas; — 

— Por el vacío que siente, aun en medio de las ma- 
yores felicidades; parece que su alma aspira siempre á 
una ventura mas perfecta: la que el mundo le brinda, 
lio le satisface sino por breves instantes; — 

— Por esa convicción misteriosa, profunda unas ve- 
veces, débil otras, pero que existe hasta en los mas de- 
salmados, (porque los ateos hace macho tiempo que es- 
tán considerados como dementes, porque nadie en su sa- 
na razón puede serlo:) por esa convicción, decia, (jue 
no es posible definir y que sin embargo preocupa á to- 
dos, de que hay «/«•« mas allá de la tumba. — Hasta en 
las tribus mas salvajes se ha encontrado arraigada esa 
idea: la distinta manera de concebirla, en vez de ser 
un argumento que la destruye, como se ha pretendido, 
es la prueba mas insigne del sentimiento de inmortali- 
dad infundido por Dios á la especie humana. Unacieen- 
cia tan jeneral, vehemente y espontánea, podrá deber su 
oríjen solo á las preocupaciones? — Imposible! 

— Por el progreso incesante de sus conocimientos 
que se aumentan y perfeccionan cada dia, enriquecién- 
dose con la herencia de ¡os siglos y jeneraciones que no 
existen. Con la particularidad de que siempre marcha 
el hombre adelántemele progreso en progreso, sin tener 
la posibilidad de llegar nunca al término, pues por mas 
siglos que se amontonen, la actividad humana es supe- 
rior al tiempo y ni espacio, y seguirá siempre adelante, 
justificando el hermoso pensamiento dé Pascal (1) hasta 
que le plazca al supremo Artífice, y cumpla el objeto pa- 
ra que fué creada: 

^I) La liumanidad ea como un hombre i^uc vive siempre, y pro- 
fjresa cor'st.\nt',>mcnte, 



XX 



Y por otras muchas razones peculiares de la ciencia, 
y que no transcribo, en la imposibilidad de desnudarlas 
de su lenguaje técnico y pedantesco. 

Ahora bien, sentadas estas bases, el hombre, feliz 6 
desgraciado, por convencimiento y necesidad, debe apo- 
yarse en sus creencias reÜjiosas y cumplir los preceptos 
que ellas y la sociedad le imponen. 

De todas las relijiones conocidas, ninguna está mas 
conforme con la razón, ninguna presenta una revelación 
tan clara y convincente de los instintos morales de la 
humanidad, como el cristianismo. Ella, como dice Mon- 
tesquieu (2) "pareciendo no tener otro objeto que la fe- 
licidad de la vida futura, hace ademas el bien de la 
presente." 

Prescindiendo por un instante de su carácter divino, 
al ver las máximas fundamentales proclamadas por su 
fundador, no se puede menos de reconocer que si el es- 
píritu de üios descendió alguna vez sobre la frente de 
un mortal, nadie fué mejor su intérprete que el hijo de 
Maria. 

El abuso que se haya hecho de sus doctrinas, nada 
prueba en contrario. Nada mas sublime que la inteli- 
jencia, emanación purísima del hálito del criador, y el 
hombre la prostituye á cada paso: nada mas santo y be- 
llo que la verdadera libertad, y en su nombre se come- 
ten los crímenes mas atroces. Y la intelijencia y la li- 
bertad dejarán poroso de ser menos sublimes, santas y 
bellas? Diremos que son palabras huecas que nada si- 
gnifican y que para nada valen? .,. ..solo los ignorantes 
y lo perversos así lo creen, por que asi les conviene. 

Estando, pues, suficientemente probado que el cris- 
tianismo es la ley natural, y que en el Evangelio están 
encerradas todas las virtudes, desde la caridad hasta la 
abnegación de sí mismo, es un deber, imprescindible en 
nosotros, sujetarnos sin murmurar al culto que sirve 



(2) Esprit des lois— liv XXIV, ch Ut 



XXI 

para manifestarlo, y que es tan indispensable, como los 
sonidos para la armonia, pues toda relijion lo presu- 
pone y no se concibe pueda existir sin él. 

Si lo que acabo de esponer no lleva en si el convenci- 
miento, no será por que los principios sean falsos, sino 
por la torpeza del abogado que los defiende : la mejor 
causa en malas manos, se pierde. Creedlos, pues, oh vo- 
sotros, que habéis tenido aliento para escuchar mi largo 
sermón, y perdonadme en gracia del buen deseo, si he 
estado serio tanto tiempo, algo pesado, y un si es no es 
inoportuno. Hay materias en que no es posible condu- 
ciise de otra manera: yo estoi dispuesto á reirme de 
todo, empezando por mi individuo, porque en todo, me- 
ditando un poco, se encuentra abundante material para 
llorar y reir; pero nunca me permito bromas en nada 
que atañe á los dogmas de la fé; y no creáis que ubre 
asi porque sea un modelo de virtudes y cumpla con to- 
dos los preceptos del decálogo: poco mas o menos soy lo 
mismo que los demás hombres de mi edad. Mi proceder 
es hijo de leales y altas convicciones, porque creo que la 
peor de todas las inmoralidades, la mas trascedental, es- 
túpida y digna de reprobación, es burlarse de lo que ele- 
va y engrandece al hombre, le difei'encia de los brutos, 
le consuela en la adversidad, arroja en su corazón, — 
recéptalo inmundo de las mas ruines pasiones — el óleo 
rejenerador de las virtudes evanjélicas, y alumbra la 
horrorosa obscuridad del sepulcro, la insondable nada 
del no ser con la consoladora luz de una esperanza in- 
mortal: creo. .. .tantas cosas creo, que, si hubiera de 
enumerarlas todas, sería interminable este capitulo. 

Espero que el buen juicio del lector suplirá el resto, 
y sino lo súplele declaro imbécil, y le advierto que no 
escribo para él, porque no me gusta hablar conjente á 
quien hay que decírselo todo. 

Este fragmento forma parte de un artículo escrito 
en 1847 para la Reviaía pinloresca; y que luego intercalé 
en una de mis novelas, cuyo argumento sirvióme de pre- 



XXII 



testo para fibandonarnie á digresiones de toda clase. Pa- 
receme que aquí se encuentra en su verdadero lugar. 



(6) Apropósito de la RiauEZA. — Aprovecho esta oca- 
sión para poner de bulto, mi manera de pensar respecto 
de ciertos ideas, que en teoría corren muy aceptadas 
en la sociedad y se reciben como artículos de fé; pero 
que muy pocos observan en la práctica. Los párrafos que 
van á leerse pertenecen á un estenso estudio crítico-lite- 
rario publicado en ios folletines del Porvenir de Sevilla, 
durante mi breve permanencia en aquella capital, 

"iVunque quisiera, me seria imposible aprobar la exa- 
jeracion de algunas ideas muí nobles, muy respetables y 
santas; pero que se desvirtúan, generalizadas y llevadas 
hasta el estremo y acaban por pervertir la moral, degra- 
dar al que las práctica y hacerle odiosa su existencia en 
el mundo. En un buen medio estriba la virtud, y como 
escribe el portentoso San Agustín con la profundidad 
que le caracteriza: Virtus est ordo amandi. Con efecto, 
¿qué hay en la creación, ni en la sociedad, ni en los senti- 
mientos fuera del orden y la armonía? 

Pobreza no es vileza, sí; pero tampoco es el emporio 
de todas las virtudes, como la opulencia no es el taber- 
náculo de todos los vicios. El que nada tiene, lejos de 
desatarse en improperios contra la sociedad, debe empo- 
zar por crearse una posición. Estudie, trabaje, conquís- 
tese un nombre, y la sociedad, aun la mas alta y desde- 
ñosa, le abrirá sus puertas de par en par, y acaso, aca- 
so le busque y le solicite cuando él no se acuerde de 
ella ni la necesite para nada. ¿Quién no ha visto en los 
palacios, en las grandes solemnidades, en los primeros 
puestos de la nación, en las embajadas estranjeras, un 
poco mas descontentadizas que la aristocracia de la san- 
gre ó el dinero, quién no ha visto alternando con prin- 
cipes y ministros, con duques y jenerales, con capitalis- 



XXIII 

tas y banqueros, á artistas y literatos, muy pobres en 
bienes de fortuna, pero ricos en ciencia y en talento? 
¿Qué salón elegante no se honra con su presencia? ¿Que 
padre negarla su hija, en la hipótesis de que no estuvie- 
sen ya casados, al poeta Zorrilla, al jurisconsulto Pache- 
co, al publicista Baralt, al pintor Madrazo, al actor Ro- 
mea? .... 

Esas impías y añejas preocupaciones no existen ni 
tienen razón de existir ya. Las costumbres y las leyes 
las condenan. Hoi la intelijencia y el mérit ) reconocidos 
valen tanto ó mas que los pergaminos y las talegas. Son 
un diploma, mejor diré, un firman de nobleza, ante el 
cual todos, altos y bajos, de grado ó por fuerza, se ven 
compelidos á doblar la cerviz! 

Por eso, si encuentro justísimo yconveniente que se 
marque con hierro de infamia á los individuos de senti- 
mientos ruines y bastardos, califico de absurdo y me pa- 
rece una ingratitud confundir en un anatema universal 
á la sociedad en masa. 

Por idéntica razón abomino las declamaciones contra 
el dinero 3' contra los ricos. El abuso es la escepcion, 
no la regla. El oro, medida de los valores, símbolo de la 
riqueza, que á su vez se simboliza en el capital, es el ner- 
vio de las naciones, el barómetro de su poder, la reden- 
ción de las jeneraciones actuales por los ascendientes, la 
emancipación de la intelijencia, la recompensa del sa- 
ber, del trabajo, de la economía y la perseverancia, la 
independencia y la dignidad del hombre, el auxilio mas 
pronto y eficaz para hacer y contribuir á realizar el 
bien, la palanca que mueve al mundo. . ..y al fin y al 
cabo, apesar de todas las sempiternas maldiciones y ful- 
minadas, contra el vil metal (nobilísimo por escelencia), 
la mano del hombre, mas ¡ntelijente y sincera que sus 
labios, le ha buscado, le busca y le buscará siempre á 
través del anatema. Podemos, y debemos exijir que le 
busque siempre honestamentr; condenemos sin piedad 
al miserable que todo lo sacrifica á el; creamos y ense,- 



XXIV 

ñemos que él solo no constituye la felicidad, que es un 
medio y no un fin, y habremos cumplido nuestro deber. 
Luego, seamos lójicos, reflexionemos con calma, pene- 
tremos en el fondo de las cosas, y dejemos las vulgarida- 
des para el vulgo y las palabras huecas para las cabezas 
vacias 

El señor Benavides puede creerla y creerme, porque 
bien sabe que desde que la ola de ingratos sucesos me 
arrojó casi niño á las playas de España, mi modesta 
renta se ha reducido á mi cabeza, y aunque no tengo 
motivos para quejarme del público ni de los editores, 
confieso sin rubor que las emborronadas letras que yo 
trazo, nada tienen que ver con las que jira Roschildt y 
compañía. 

Sin embargo, y lo diré para estímulo y consuelo de 
losque se encuentran en el caso de Alberto, del Sr. Be- 
navides y en el mió: sin otro auxilio que el de las letras 
de imprenta, convertidlas penosa y laboriosamente en 
letras de cambio, he vivido, sino con espleníj^dez, deco- 
rosamente; y no solo he vivido, sino que he logrado sa- 
tisfacer el instinto de locomoción, la necesidad de con- 
templar nuevos horizontes, que no me permite perma- 
necer mucho tiempo estacionario en un mismo punto. 
Siempre escribiendo y estudiando, he recorrido casi to- 
da la España, la Francia, la Inglaterra, la Béljica y par- 
te de Alemania; y no pienso abandonar la Europa sin 
visitar á Viena y Berlín. Sueño con la poética Italia, y 
vivo ó muerto la veré, si es que los muertos viajan por 
el mundo con la celeridad que pintan las baladas ale- 
manas. 

Volviendo al drama del señor Benavides, y á la cues- 
tión que dilucidaba, diré que para el que se encuentra en 
la situación de Alberto, los obstáculos con que tropieza 
no son preocupaciones, sino conveniencias muy natura- 
les, lejítimas y hasta necesarias. Hablo en jeneral, y par- 



XXV 

ticularmente, bajo el punto de vista artístico y moral. 

No hay gloria sin lucha, ni grandeza sin sacrificio. El 
infortunio purificajevanta y engrandece al que lo acepta 
voluntariamente, y en vez de abatirse á sus redoblados 
golpes, combate con él cuerpo á cuerpo, brazo á brazo, 
hasta vencerle ó sucumbir en la demanda. Es el yunque 
donde se templan los grandes caracteres. Al recibir el 
bautismo de la desgracia y el dolor, aparecen mas gran- 
des y se centuplican las simpatías y el interés que por 
ellos la humanidad abriga. Un eminente publicista, rea- 
sume en pocas palabras, toda la virtud de esta ley divi- 
na, misteriosa y terrible, comparando la vida y la muer- 
te de Napoleón con las de Cromwell. Napoleón, dice, de- 
bió morir de otra manera: debió morir vencido en Wa- 
terloo; proscripto por la Europa, debió ser puesto en un 
sepulcro fabricado por Dios para él desde el principio de 
los tiempos; un ancho foso debia separarle del mundo, y 
en ese foso anchísimo debia caber el Occéano! 



Esta obra recomendable por tantos conceptos, escri- 
ta con el calor y el sentimiento de la pasión, llena de 
preciosos versos y de situaciones interesantes, sanciona- 
da con los unánimes aplausos de un público numeroso y 
escojido, puede resistir críticas aun mas severas que la 
mia. En estos calamitosos tiempos en que predomina el 
egoísmo, en que se aparenta no creer en nada, en que se 
escarnecen los sentimientos mas elevados del corazón, y 
se arrodillan y se prostituyen ante el becerro de oro las 
mas privilejiadas intelijencias, es grato, es bello y con- 
solador que una voz poderosa se levante para enseñar 
con la teoría y el ejemplo, que el trabajo, la honradez, el 
estudio y la perseverancia guian mejor al templo de la 
consideración y la fortuna que las torcidas sendas, que 
estraviada sigue la muchedumbre. Alberto es el tipo de 
todos los jóvenes intelijentes, honrados, laboriosos, que 
pelean la batalla de la vida, sin otro amparo que la Pro- 

IV 



xivi 

videncia, sin otro apoyo que sus propias fuerzas, sin otra 
esperanza que alguna vaga quimera que tal vez nunca 
se convierta en realidad! Al encontrarle en mi camino, 
le he tendido la diestra instintivamente, como á un ami- 
go, como á un hermano; y al oir sus palabras y empa- 
parme en su espíritu, gozo intenso ha inundado mi pe- 
cho, todas las fibras que en él hai se han estremecido 
como las cuerdas del harpa sacudidas por el jénio invisi- 
ble que protejo á los que han combatido con el dolor y 
el infortunio; y mi alma, — impresionable y harto propen- 
sa á dejarse arrebatar de sus primeros impulsos, — entre- 
abierta como las flores que rompen su broche para reci- 
bir el jérmen fecundo que les trae el aura de la mañana, 
ha aspirado por todos sus poros la savia vivificante que 
manaba de los labios del poeta. Adelante! joven amigo 
mío! El porvenir te guarda nuevos triunfos y laureles. 
Viendo á tu Alberto en la escena y estudiándole en el 
silencio del gabinete, me he sentido mas firme en mis 
convicciones, mas inclinado al bien, mejor templado para 
la lucha, mas fuerte y mas bueno! 

Ojalá á tí te suceda lo mismo, al leer estos mal tra- 
zados renglones! y si algo te aflije en el presente ó en el 
futuro, escucha lo que yo decia en París hace pocos 
meses (3) defendiendo á Alejandro Dumas de los ataques 
de una parte de la prensa francesa. 

•* En nuestra opinión, Dumas no obra con acierto. 
La crítica siempre es útil: severa ó induljente, ilustrada 
ó imbécil, razonable ó destemplada, sirve de antorcha, 
de estímulo y aguijón al verdadero talento. El que vale 
algo y tiene fé y perseverancia, llega hasta donde sus 
fuerzas alcanzan á despecho de todos y de todo. El 
mismo Dumas es un ejemplo notable de esta verdad. 

** Cegado por las impresiones del momento, olvida 
que no hai cosa peor que el silencio del desprecio. Mas 



(3) Reeviita Española de Amhos Mundos.— Entrega del 30 do 
Noviembre de 1853; paj. 256.— -Edición de Paris. 



i 



XXVII 

vale hablar mal de un escritor que no decir de él ni una 
palabra en ciertas ocasiones, como si ya se contase entre 
los muertos, ó sea nulidades de quienes nadie se acuerda 
para nada. Entre la jente que piensa y escribe, es un 
axioma vulgar que solo á los débiles se mira con indife- 
rencia y compasión, porque no hacen sombra ni daño, 
porque no crecen, y al crecer no ocupan el lugar, no las- 
timan el orgullo y amor propio, no se ponen encima, ni 
arrojan involuntariamente de su posición por la ley de la 
gravedad á los que no pueden resistir á su empuje... 

** También es un axioma vulgar que solo á los fuertes 
se ataca, porque solo ellos inspiran zozobra y miedo, 
porque solo ellos tienen el triste y grato priviiejio, — lo 
mismo por sus defectos que por sus buenas cualidades, — 
de atraerse tantos odios, enviabas, y calumnias"como sim- 
patías, entusiasmo y cariño. Por eso jeneralmente, son 
tan felices y tan desgraciados á la vez. De lo contrario, 
su destino seria demasiado hermoso y envidiable; pero 
todo está compensado en el mundo, y si yo fuese Ale- 
jandro Dumas, por una dulce mirada de unos bellos ojos, 
ó por una demostración de aprecio de un hombre de co- 
razón é intelijencia, olvidaria con gusto todas las'críticas, 
injurias y murmuraciones por mas acerbas é injustas que 
fuesen. Diriacon el tierno y noble cantor de las Medí- 
taciones: 

Et moi j'aurai vidé la coupe d'amertume 
Sans que ma lévre méme en garde un souvenir. 
Car mon ame est un feu qui brúle et qui parfume 
Ce qu'on jette pour la ternir! 

*' Y añadiría como añade el mismo poeta en una va- 
riante á esta estrofa que hemos visto en una nueva edi- 
ción de sus obras: 

Car je sais que le temps est fidélo au gcnie, 
Et mon coBur croit á ravenii!" 



XXVill 

(7) Definición del hombre. — "El hombre, dice el 
ateo Proudhon en su Tratado de las contradicciones econó- 
micas, — el hombre, compendio del universo, reasume y 
abarca en su persona todas las virtualidades del ser, to- 
das las escisiones de lo absoluto; es el punto culminante 
en que estas virtualidades que solo existen por sus diver- 
jencias, se reúnen en una haz, sin penetrarse ni confun- 
dirse. Por medio de esta agregación, el hombre es á un 
mismo tiempo, espiritu y materia, exponíaneidad y re- 
flexión, mecanismo y vida, ángel y bestia. Es calumnia- 
dor como la vivora, saiíguinario como el tigre, glotón co- 
mo el cerdo, lascivo como el mico, fiel como el perro, ge- 
neroso como el caballo, obrero como la abeja, monóga- 
mo como la paloma,sociable como el castor y la oveja; es 
ademas, hombre, lo que equivale á decir, racional y Ubre, 
susceptible de educación y de perfeccionamiento." 



(8) Delitos carnales. — He aquí como se espresa 
uno de los primeros abogados de España, el Sr. Montero- 
Hidalgo, promotor-fiscal de la Audiencia de Sevilla en 
su luminoso informe sobre el nuevo código penal, circu- 
lado con la real orden de 20 de abril de 185J. 

" Es muí difícil, si no imposible, protejer suficiente- 
mente la moralidad en los delitos contra el pudor. Sea 
efecto de que la mayor parte de estos, solo pueden per- 
seguirse á instancia de la parte agraviada, ó cuando me- 
nos previa su denuncia; sea efeeto de que se prefiere el 
silencio para evitar ed ludibrio de la publicidad; sea 
efecto también de la dificultad de las pruebas; ó sea efec- 
to, en fin, de la lenidad con que la opinión aprecia la 
mayor parte de tales actos, ello es lo cierto que el nú- 
mero de los que se perpetran es infinitamente mayor que 
el de los que se persiguen, y mucho mas que ei de los que 
se castigan. Donde la diferencia es sin duda mas nota- 
ble, es en los pueblos cuyo refinamiento de costumbres 



ha llegado á un periodo de degradación humillante, ó en 
los países meridionales cuya calidez de clima está siem- 
pre en razón directa del mayor número de tales delitos, 
Pocas, mui pocas son las causas que se invocan para la 
persecusion de estos; y de ellas, la mayor parte conclu- 
ye ó en sobreseimiento por ahora, ó absolución de ins- 
tancia, ó por perdón de la parte agraviada, ó por casa- 
miento: solo en alguna que otra, la pena suele hacerse 
efectiva. Por lo mismo la ineficacia de la represión ju- 
dicial, como medio de garantir la moralidad en este pun- 
to, no puede ser mas patente. Mas efectiva pudiera ser 
la penalidad instaurándose el procedimiento de oficio; 
pero los graves inconvenientes que acompañarianá este, 
lo hacen desde luego inadmisible. ¿A donde irian á parar 
los secretos, la tranquilidad y el honor de las familias?... 



No obstante, debe tenerse presente que cuando laa 
costumbres llegan á corromperse de un modo notable, 
cuando en su consecuencia la opinión transije con los 
actos contra el pudor, 6 aprecia tenuemente su grave- 
dad, no es á los medios judiciales á donde debe acudirse 
para castigar los unos y corregir los otros. Entonces los 
medios preventivos, y entre ellos la buena educación mo- 
ral y relijiosa, son los únicos de los que el legislador pue- 
de prometerse resultados favorables. El aguijón de la 
carne, y la actividad que le prestan los ardores del cli- 
ma, solo pueden refrenarse paulatinamente, trabajando 
en ello desde la infancia ó la pubertad. La eficacia pre- 
ventiva del temor al castigo es, por otra parte, casi nula 
cuando los actos criminales reconocen por base fogosos 
instintos, cuando el culpable recorre obcecado los últimos 
periodos de una pasión funesta. 



(9) Instabilidad del presente e inseguridad del 
i'ORVEMR. — Para que no se imaginen algunos que des- 



XXX 



conozco cuánto influyen en nuestra habitual inercia las 
mil causas políticas y morales, que explican y justifican 
hasta cierto punto, nuestro abandono é indiferencia, co- 
piaré una composición de mis Brisas del Plata, escrita en 
Málaga el 24 de Setiembre de 1848. Ella epiloga acaso 
los sentimientos dominantes en el seno de todas las fami- 
lias orientales, lo mismo hoy que ayer, lo mismo dentro 
que fuera de la Patria. Dice asi ; 

¡Siempre lo tnisino! 

(A mi Padre.) 

Siempre lo mismo! .... Anhelantes 
Entre un abismo profundo 

Y entre el cielo, delirantes 
Nos lleva un jénio iracundo. 

Pasa un dia y otro dia, 
Un año tras otro año, 

Y cada vez mas impía, 
Con horrible desengaño; 

La realidad desvanece 
Las esperanzas mejores, 
Cual se nutre oculto y crece 
Negro reptil entre flores. 

Y siempre con brillo incierto 
Contemplamos el futuro, 
Entre nubes encubierto. 
Cada vez mas inseguro! 

Y ya perdida la calma 

Y la paz que Dios le niega, 
Esperando siempre el alma 
Un mañana que no llega; 

Va pasando nuestra vida 

Y encaneciendo el cabello, 

Y grabándose en la erguida 
Frente, de la edad el sello! 



XXXI 

No importa! La fé profunda 
Del Redentor me sustenta, 
Y él me dice que fecunda 
Para el suelo es Ja tormenta. 

Quiera el cielo, padre amado, 
Que en el año venidero, 
De venturas coronado 
Brille un sol mas placentero! 

Quiera el cielo que propicio 
A mi humilde, ardiente ruego, 
Disfrutes tu natalicio 
Con mas placer y sosiego! 

Y cercado en dulce anhelo 
De tu prole venturosa. 
Puedas elevar al cielo 
Tierna plegaria amorosa! 

Y recibir dulcemente 

La guirnalda peregrina, 

Que ella depondrá en tu fruente 

Sin un abrojo ni espina! 

Y la dulcísima endecha 
Que saldrá del harpa mia, 
Al ver que rompió su flecha 
A tus pies la suerte impia! 



Ahora, aunque yo quisiera 

Cantar feliz, no podria, 

Que mi corazón lacera 

Negra y cruel melancolía. 
Y el llanto produce llanto, 

Y el dolor, dolor inspira, 

Y muere al nacer el canto 
Sobre la enlutada lira! 

(10) Teoría de Benthan. En otra forma y apoyan- 
do sus juicios en las ideas correlativas de ley, delito, 
derecho, obligación, servicio, que nacen y existen juntas 



xxxir 

y son inseparables, ha establecido Benthan su teoría 
del derecho fundado en la utilidad y el interés', teoría 
tan mal apreciada y desnaturalizada por los que se fijan 
en las palabras y no en las ideas que representan; por los 
mismos pedantes y charlatanes que se meten á criticar 
lo que no entienden, ó lo desacreditan con sus torpezas y 
exajeraciones. 

" La ley — dice el profundo jurisconsulto inglés no 
infiere derechos, sino creando delitos, es decir, erijiendo 
en delitos ciertas y determinadas acciones. Si confiere 
un derecho, otorga al mismo tiempo la cualidad de de- 
litos á las diversas acciones que interrumpen ó contra- 
rían el goce de ese derecho. Por consiguiente la divi- 
sión de los derechos puede referirse á la división de los 
delitos. 

*' Los delitos en cuanto conciernen á un individuo 
determinado, pueden dividirse en cuatro clases, teniendo 
en vista los cuatro puntos en que se le puede inferir 
agravio: delitos contra la persona, contra el honor, con- 
tra los bienes y contra la condición. Igual división ad- 
miten los derechos respecto de la seguridad y garantías á 
las personas, al honor, á los bienes y á la condición. 

Asi pues, la distinción entre los derechos y los deli- 
tos es puramente verbal. No existe en las ideas; y nadie 
acertarla á concebir un derecho, sin hacerse cargo de un 
delito. 

'' Yo me represento al legislador contemplando las ac- 
ciones humanas bajo el punto de vista de los fines que 
se propone: en consecuencia prohibe unas, ordena otras, 
y deja muchas sin calificación: se abstiene igualmente de 
prohibirlas y de ordenarlas. 

" Por la prohibición de las primeras crea los deli- 
tos positivos, por el mandato de las segundas los delitos 
negativos-, pero crear un delito positivo equivale á crear 
unvi obligación de no hacer, como crear un delito negati- 
vo equivale á crear una obligación de hacer. Crear un 
delito positivo, equivale á crear un servicio negativo, (el 



XXXIII 

servicio que consiste en abstenerse de una acción daño- 
sa:) crear un delito negativo equivale á crear un servicio 
positivo (el servicio que consiste en practicar una ac- 
ción útil.) Por consiguiente crear los delitos, es crear 
obligaciones ó servicios forzosos. Crear obligacienes ó 
servicios forzosos, es conferir derechos. 

" Respecto de las acciones acerca de las cuales nada 
ordena ni prohibe el lejislador no crea él ningún delito 
obligación ni servicio forzoso; ós confiaré sin embargo, 
cierto derecho, ó bien os deja el poder que ya teniais de 
hacer ó no hacer según vuestra propia voluntad." 

" Si hubiese existido de antemano apropósito de es- 
tas mismas acciones, una prohibición ó mandato y que 
fuesen revocados podrá decirse que la lei os confiere ó 
restituye el nuevo derecho y la nueva obligación que 
sanciona. 

" Los densos vapores que han interceptado la luz de 
la ciencia, debense á la mala comprensión de las pala- 
bras, derechos y obligaciones. Desconociendo su orijen 
nuestros antecesores se han perdido en un mar de abs- 
tracciones; han formulado sus juicios sobre estas pala- 
bras, cual si fuesen seres eternos que lejos de nacer de 
la ley, la engendraban. No las han considerado como 
productos de la voluntad del lejislador, sino de un dere- 
cho quimérico, el derecho de jentes ó el del hombre en 
su estado primitivo. 



(11) Disposiciones sobre el adulterio. — La ley ÍII 
tit. VII, Lib. IV. del Fuero Real concedía á todo hom- 
bre el derecho de acusar á la muger casada ó desposada^ 
que habia faltado á sus deberes; pero no el de proceder 
contra ella sin el consentimiento del esposo. ** E si el 
marido, añade terminantemente la ley, no la quisiere 
acusar, ni quiere que otro la acuse; ninguno no sea res- 

V 



xxxiv 

eebido por acusador en tal fecho eomo este; cá pues que 
el quiere perdonar á su muger este pecado, no es derecho 
que otro gelo acuses, ni geío demande par malquerencia, 
ni de otra guisad Este principio es el que ha prevale- 
cido en casi todos los paises, y hoy nadie, escepto el ma- 
rido, tiene derecho para acusar el adulterio. 

Voy el artículo 339 del nuevo código penal español 
publicado en 1848, el marido que sorprendiendo infra- 
ganti á su esposa, matase en el acto á esta ó al adúlte- 
ro, ó les causare algunas lesiones graves, será castiga- 
do con la pena de destierro. Si les causare lesiones de 
otra clase, quedará escento de pena, ...El beneficio 
de este artículo no aprovecha á los que las leyes anti- 
guas llaman consentidores y alcahuetes', es decir, á los 
que hubiesen facilitado ó promovido la prostitución de 
sus mujeres ó hijas. 

El articulo de que voy hablando, deroga las disposi- 
ciones consignadas en el ordenamiento de Alcalá y en la 
N. Recopilación que dispone: " que toda mujer que fue- 
re desposada por palabras de presente con orne que sea 
de en catorce años cumplidos, é ella de doze años aca- 
bados, é fiziere adulterio, si el esposo los ñdlare en uno, 
puédelos matar si quisiere a ambos a dos, assi que non 
pueda matar al uno e dejar al otro, podiendolos á am- 
bos á dos matar. ..." 

La ley XIIÍ tit. XVII. P. Vil, citada á menudo por 
varios comentaristas modernos, que probablemente no 
la han leido, no imponía al marido para eximirse de to- 
da pena, la obligación de matar á la mujer juntamente 
con el seductor; pero si la XÍV del mismo titulo, al pa- 
dre respecto á su hija casada, y la razón que aduce el 
lejíslador es digna de meditarse: " E la razón, dice el 
buen D. Alonso, porque se movieron los sabios antiguos 
á otorgar al padre este poder de matar á ambos, é non 
al uno, es esta; porque puede el orne aser sospecha que 
el padre aura dolor de matar su íija, e porende estorcerá 
el varón por razón delia. Mas si el maridojoviesse este 



XXXV 



poder, tan grande seria el pesar del tuerto que resci- 
biesse, que los mataría á entrambos. Pero si el padre 
de la muger matasse al que faltó yaziendo con su fija, e 
perdonosse á ella; o si el marido matare a su muger fa- 
llándola con otro, é al orne que assi lo deshonrasse; ma- 
gües non guardasse todas las cosas que diximos en las 
leyes ante desta; que deven ser guardadas, como quier 
que erraría faziendo de dicha guisa, con todo esso non es 
guisado que resciba tan grave pena, como los otros que 
fazen omezillo sin razón; esto es, porque el padre, per- 
donando á la fija, fazelo con piedad; otro si, matando 
el marido de otra guisa que la ley mandasse, muévese 
á lo fazer con gran pesar que ha de la deshonrra que res- 
cibe. E porende dezimos &a. 



(12) Dicha cumplida, solo en la otra vida. — Triste 
condición de lo^ bienes humanos, que siempre han de 
estar acibarados por algún pesar ó temor ! siempre las 
espinas al lado de las rosas, siempre el bien junto al mal; 
la inseguridad del porvenir no permitiéndonos gozar del 
presente; el dolor, en el seno de la voluptuosidad; la 
privación de una cosa, haciéndonos insensibles á las 
(]ue poseemos; la impotencia de vencer un obstáculo 
cualquiera, revelándonos á cada instante lo limitado y 
mezquino de nuestros recursos, ora dependa su conse- 
cución de nuestra voluntad, ora de la ajena, enseñándo- 
nos así que ni la juventud, ni el talento, ni la hermosura, 
ni el poder, ni las riquezas, ni la virtud aveces, bastan 
para hacernos felices. Al menor contratiempo nuestro 
castillo de naipes se viene al suelo, y nos sentimos impo- 
tentes para reedificarlo .... y esa es la vida! .... 

La vida!.... y que es la vida? .... palabra misleriosa, 
Astro que noche y dia reverberando está; 
Eco que todo y nada, repite lastimosa 



XXXVI 

Trajedia ó farsa loca, y emblema de una cosa 
Que no merece el nombre que nuestro error le dá! 

La vida!.... todo en ella, cual humóse evapora, 
Dejándonos en cambio recuerdos de dolor; 
Recuerdos déla dicha que un tiempo seductora, 
Como una tierna madre al hijo que la implora, 
Besaba nuestra frente con entrañable amor! .... 
{Estrella del Sud, tom. II p. 133.) 



(13) La pena de muerte por delitos políticos. — El 
7 de diciembre aniversario de la ejecución del mariscal 
Ney, su estatua ha sido inaugurada en el mismo sitio 
del jardin del Lujemburgo donde cayó fusilado, victi- 
ma déla reacción monárquica. 

Ya desde 1848 se habia improvisado un cenotafio po- 
pular para rehabilitar la memoria del valiente adalid. 
Un decreto del Gobierno Provisorio, expedido el 18 de 
marzo décia: *'Se erijirá un monumento al mariscal 
Ney, en el m.ismo lugar en que fué fusilado." Justo era 
que Luis Napoleón realizase ese proyecto. 

La estatua de bronce, es obra de Mr. Rudde. El ma- 
riscal está representado en la actitud de mandar, el sa- 
ble en la mano y volviendo el rostro como para dar al- 
guna orden. En el pedestal que es de mármol blanco, es- 
tá grabada su hoja de servicios. Rodea el monumento 
una verja circular, ante la cual se veiá estendido el dia 
de la fiesta un tapiz de terciopelo adornado con una cruz 
de plata, 

Miguel Ney, dice uno de sus biógrafos, era hijo de 
un pobre tonelero, de Sarrelonis. La República hizo de 
él un voluntario, es decir, uno de esos gloriosos plebe- 
yos que sacrificaban su vida en defensa del pais y de sus 
nuevas instituciones. El Imperio le hizo mariscal de 
Francia v lo elevó sucesivamente á las dignidades de 



XXX vn 



duque, de principe y senador. La restauración le entre- 
gó á un tribunal militar, y el Mariscal Ney, fué conde- 
nado á muerte y pasado por las armas á consecuencia 
de uno de esos actos que la justicia politica de la época 
encontraba culpables, y que, apreciados á larga distan- 
cia y al través de acontecimientos imprevistos, cambian 
de aspecto hasta el punto de convertirse en titules para 
los honores postumos. 

Ni la solemnidad del acto, ni la belleza de la estatua, 
ni la inmensa muchedumbre allí reunida, ni los discur- 
sos del ministro de la guerra y de Mr. Dupin, el defen- 
sor del mariscal Ney, preocupaban nuestro espiritu. Vol- 
viendo mentalmente la visia como nos sucede siempre 
en ocasionen parecidas, á la América Española, recordá- 
bamos con melancólica tristeza todas las ilustres victi- 
mas de nuestas interminables guerras civiles. Con los 
ojos clavados en la estatua y el pensamiento en otra 
parte sentiamos ajitar nuestros cabellos al soplo de una 
idea confusa, que al tomar cuerpo y vida sacude y elec- 
triza nuestro ser; y el ánjel ó el demonio que se apo- 
dera dejlos que escriben,elevandonos entre sus alas de fue- 
go sobre todo lo que teníamos delante nos apostrofaba en 
estos términos: 

No busques en el orgullo, en las miras interesadas y 
las represalias de los partidos, la moralidad que resulta 
de la erección de la estatua del mariscal Ney. El bronce 
que la representa se convertirá en polvo antes qne la me- 
moria de los hombres olvide las páginas de diamante, 
escritas con la espada de un confín á otro de la Europa, 
por los héroes de la epopeya napoleónica! Puede el hu- 
racán de una revolución derribar ese monumento; pero 
no borrará de la historia la sublime lección que simboli- 
za. Ella quedará en pié para enseñarnos que la muerte 
por crímenes políticos, es impía inútil é insensata; para 
decirnos que la infamia de hoi se cambiará mañana en 
apoteosis; para gritarnos que el plomo ó el acero solo 
aniquilan el cuerpo, mientras el espíritu, la voz que hho- 



XXXVIII 

gada en aquel momento espira en la garganta, sale de la 
tumba; resuena, salta y rebota como una cabeza cortada 
en el tremendo dia de la justicia, como si volviese al 
mundo de los vivos el alma de los muertos, reclamando 
venganza y espiacion ante el tribunal de la posteridad. 
(Carta al Mercurio de Valparaíso. — Diciembre, 1853, 



(14) Ultima Revolución de EspAñA. 

Londres, 8 de Julio de 1854* 

Tal és en los momentos en que escribimos la situa- 
ción de España, situación grave y que tiende á compli- 
carse mas y mas cada dia. Aunque no somos partidarios 
de la escuela impía que absuelve siempre al vencedor, 
aunque no creemos que en el éxito estriba la moralidad 
de las acciones humanas, aunque siempre en último re- 
sultado, cuando la suerte las favorece, la balanza de la 
historia se inclina á su favor, juzgamos sí, que el gabi- 
nete Sartorius y la corte se habian empeñado en una 
senda de perdición, hollando los eternos principios de la 
moral y de la justicia que no podían menos de minar 
por su base la autoridad del gobierno y destruir el pres- 
tijio del trono, 

" Queremos la conservación del trono, dice eljeneral 
O'Donell en su proclama, pero sin camarilla que le des- 
honre; la ejecución rigorosa de las leyes fundamentales 
la mejora de la ley de elecciones y la de la prensa; la 
diminución de los impuestos fundados sobre la mas es- 
tricta economía; queremos, que en la provisión de los 
empleos civiles y militares se respete la antigüedad y mé- 
rito de los candidato.^ queremos emancipar á los ayunta- 
mientos de la centralización que los envilece, dándoles la 
independencia local necesaria al aumento de la prospe- 
ridad de los pueblos; y en fin, queremos como garantía 
de todos estos dones, el restablecimiento, sobre sólidas 
bases, de la milicia nacional." 



n 



XXXIX 

Doña Isabel lí, por su calidad de reina, de mujer y 
de madre, por sus pocos años, por las bastardas influen- 
cias, á que ha estado sujetu desde su infancia, por los 
peligros que la rodean es ya demasiado digna de compa- 
sión. Quede para otros la fácil tarea de denigrarla, y al 
amparo de las circunstancias, hacer directa ó indirecta- 
mente recaer sobre su cabeza las tristes consecuencias 
de esta revolución. No ha sido ella, no, quien ha abierto 
á sus pies el abismo en que amenaza hundirse su trono 
y acaso su dinastía. Tocaba á otros hacerla comprender 
que aclamada y sostenida por el amor de los pueblos, en 
una tenaz y sangrienta lucha contra el absolutismo, su 
existencia y su porvenir estaban estrechamente ligados 
con la lei fundamental del reino, con la constitución y 
los principios liberales. Atacando ó permitiendo que se 
atacase la constitución absolvia por el hecho mismo de 
sus juramentos á todos sus antiguos defensores. La lóji- 
ca inflexible de los pueblos les enseña que nadie puede 
exijir deberes, cuando viola los derechos en que se funda- 
ba; y los reyes mas que ningún otro están obligados á 
ser fieles á sus compromisos y consecuentes con el prin- 
cipio, con los intereses y las tradiciones que representan. 
Isabel II, reina constitucional, mandando despóticamente 
era un contrasentido y un sarcasmo. 

La responsabilidad, pues, debe recaer tremenda y 
abrumadora sobre los consejeros de la corona que han 
esplotado en beneficio propio la inesperiencia ó la debi- 
lidad de su soberana; y mui principalmente sobre Don 
Luis José Sartorius, primer conde de San Luis. 

Entre los muchos cargos que podriamos dirijirle, hai 
uno que ofrecemos á la meditación de nuestros lectores 
americanos, porque en América ?.omo en España se ob» 
servan á menudo iguales contradicciones entre los hechos 
y las palabras, igual trastorno; igual subversión de ideas, 
igual locura en los hombres salidos de la nada y eleva-, 
dos al poder. 

El pobre y oscuro redactor del Heraldo, que, merced 



XL 

á su indisputable talento, llegó de humilde periodista a 
sentarse en los escaños del congreso, á ser ministro y 
luego presidente del congreso; el señor Sartorius que 
alcanzó, no diremos como, el doble título de vizconde de 
Priego y conde de San Luis, corf sobrados medios para 
sostener su alto rango; el Sr. Sartorius no se contentó 
con ocupar la primera posición oficial de España. En el 
vértigo de su ambición, volvió su mano airada contra 
los hombres y las cosas á que debia su grandeza. Solda- 
do traidor de la prensa, la encadenó y le puso una mor- 
daza de hierro; persiguió y desterró á los escritores inde- 
pendientes; orador parlamentario sofocó la discusión, 
atacó y cerró las cortes; hombre político, alejó al jeneral 
Narvaez, su protector, y á lodos sus antiguos amigos y 
aliados; representante de la autoridad, se enajenó la vo- 
luntad de su mas firme apoyo, el ejército, ofendiéndola 
en la persona de sus primeros jefes; finalmente, hijo del 
nuevo réjimen y encumbrado por la constitución, trató 
de aniquilarla y no pudiendo conseguirlo, la redujo du- 
rante su mando, al estado de letra muerta; No de otra 
manera el malhechor, perpetrando el crimen y viéndose 
perseguido, corta la escalera por donde subió, sin acor- 
darse que todas las salidas están tomadas y no le queda 
otro recurso que arrojarse por la ventana I 



(15) El jenio, la perseverancia y la 'gloria. — 
La perseverancia sin estar unida á un gran talento, bas- 
ta muchas veces para alcanzar los mas sorprendentes 
resultados y hacer descollar al hombre animado por la 
fuerza y la fé incontrastable que ella sola le comunica. — 
Con perseverancia el tartamudo Demostenes llega á ser 
al primer orador de la Grecia, y Rouseau, que escribía 
con suma lentitud y trabajo, el escritor mas elocuente 
de su siglo. Hai ocasiones en que equivale al jénio y le 
supera. Es la clave que esplica muchos fenómenos in- 



j 



XII 

comprensibles para íos que no se detienen mas que en 
la superficie de las cosas deslumhrados por el oropel que 
las circunda. 

Rióme por eso de muchas aserciones que oigo con 
frecuencia, y que se repiten como verdades inconcusas 
hasta por personas mui instruidas y recomendables por 
otra parte. Para mí, el hombre que de cualquier modo 
que sea, consigue llegar al finqúese propone en el arte, 
ocupación ú oficio á que consagra su actividad, tiene un 
talento especial fecundizado por una gran dosis de per- 
severancia: loque á mis ojos es un mérito incontestable. 
No recuerdo á que rei presentáronle en cierta ocasión á 
un opulento capitalista de quien la envidia murmuraba 
que se habia enriquecido por medios no mui licitos, y cu- 
yo aspecto no era el mas agradable: no bien se hubo 
marchado, volvióse él monarca al ministro que le acom- 
pañaba y le dijo que tenia una facha muy grotesca y vul- 
gar, que se conocía que la fortuna era mujer y capri- 
chosa, que aquel Orang-Outang debía ser un solemne 
picaro, y otras lindezas por el estilo; á lo que el favorito, 
sonriendo é inclinándose Jespetuosamento constestó con 
esta delicada ironía : 

— Perdone V. M.; el hombre que sin tener un mara- 
vedí consigue realizar un capital de diez millones como 
N., no puede ser un ladrón vulgar ni un bruto. Necesa- 
riamente debe ser nn hombre de talento en su jénero. 

Lo mismo podemos decir del modo como se justipre- 
cia á los hombres eminentes. Oh! repiten á cada paso, 
el jénio de Platón, del Dante, de Cervantes! .... Todo se 
atribuye al jénio, es decir, á la casualidad, á un don de 
la Providencia, que se dignó escojerlos entre la muche- 
dumbre para orlar sus sienes con una aureola de gloria. 
Miserable efujio de la vanidad humana que no sabe co- 
mo ocultar su nulidad y rehabilitar su amor propio hu- 
millado! Sin desconocer las felices disposiciones con que 
nacieron Platón, Dante y el inmortal autor del Quijote, 
niego que por esa sola circunstancia hí^yan realizado 

VI 



XLII 



SUS pasmosas creaciones, como se finje creer, porque eso 
seria dudar de la justicia de la Pro\idencia y caer en 
el absurdo principio de la predestinación, en el fata- 
lismo. 

El jenio! el ienio! repiten, y no consideran que los 
hombres á quienes proclaman como tales, antes de re- 
velarlos, antes de conquistar el derecho de hacérselo 
confesar, pasaron y pasan losdias y las noches, entrega- 
dos á la meditación y al estudio, regando gota á gota 
con el sudor de su frente los retoños del laurel que ha de 
ceñirla mas tarde,brotando en una tierra infecunda y des- 
vastada por los ardientes rayos del sol de la vida mate- 
rial — el positivismo: luchando brazo a brazo con las con- 
cepciones de su pensamiento y la dificultad de embutir- 
las en una forma dada; desalentados al principio por la 
indiferencia del público, lastimados luego por el orgullo, 
el egoísmo y la envidia de los demás; heridos por los en- 
venenados tiros de le malevolencia ó de la calumnia; 
postrados por la continuación de un penoso labor inte- 
lectual, mil veces mas abrumante que el del cuerpo; que- 
brantada su salud por las enervaciones físicas y n^oraies, 
que le ocasionan la facilidad con que se exaltan y el en- 
tusiasmo y ardor febril de las situaciones que se forjan, 
cuando la inspiración ajita en torno de ellos sus alas de 
fuego, siguiendo por entre abrojos y espinas, el fantas- 
ma engañoso de la gloria, que, si alguna vez los acaricia, 
es solo por breves instantes y para comunicarles el ar- 
dor de la piel de Üeyanira. Amante cruel que no con- 
cede sus favores sino después de la muerte, reclinada 
sobre la tumba de su victima y coronada con las flores 
que brotan de ella ! 



XLIII 

He creido oportuno cerrar estas notas con las dos 
composisiones que vana leerse, ya publicadas ; pero que 
reimprimo aquí por las razones indicadas en el prólogo. 

LO aUE SINTIÓ MI ALMA AL DIVISAR LAS COSTAS 
URUGUAYAS VOLVIENDO DE EUROPA. 

A mis amigoSf Don Juan Gudlherto Méndez 
y Don Blas Vidal, 

Al fin te ven mis ojos ¡oh dulce patria mia! 
Delirio de mis sueños, imán de mi deseo; — 
Al fin tras nueve años, al fin Montevideo, 
Puedo aspirar tus brisas, llorando de alegría, 
Llorando de alegria, que al fin tus playas veo! 



Recuerdos candorosos de la apacible infancia, 
Primicias de la Musa que me abrazó hechicera, 
Ardientes emociones de la pasión primera. 
Verted en torno mió la virginal fraganciaj 
Que exhala el puro cielo de mi oriental ribera! 

¡Cuan leve y grata el aura! cuan bello el sol anega 
Las rocas orientales con fúljidos reflejos! 
Desnuda y tan hermosa como la Venus griega, 
Saliendo de la ondas, la tierra de amor ciega, 
¡Cuál sus amantes brazos me tiende desde lejos! 



Dejadme que la mire, y solo, en la ancha popa, 
Las fibras de mi pecho sentir una por una 
Vibrando cual ramaje que ajita inmensa copa, 
Contar al manso viento que me arrulló en la cuno. 
Por qué á mi dulce patria nunca olvidé en Europa, 

Porque yo codiciaba gloria, renombre, fama, 
Porque con sed no exhausta, la noche como el dia, 
Al genio y a la ciencia su inspiración pedia; 



XLIV 



Porque mi cal ellera quemó la interna llama, 

Y anubla mi sien pálida febril melancolía. 

Lo sabes tú, y me hablas con tu murmullo ¡oh Plata! 
Que mi alma de poeta comprende y adivina; 

Y mustia ya, á tu acento, revive y se dilata 
La flor de mi esperanza, magnífica, divina, 
Como la azul esfera que tu cristal retrata* 

Mas ay! que contemplando tus aguas, de repente 
No sé que negra nube cubrió su faz tranquila; 
Una ardorosa lágrima cayó de mi pupila!.... 
Ideas encontradas reluchan en mi frente, 

Y entre el placer y el jlanto mi corazón vacila. 

Tus hijos, patria mía, libre, opulenta, hermosa. 
En una rejion nacen que á todos causa envidia. 
¡Podia su existencia correr tan venturosa! 
Pero ellos ¡ay! uncidos á su cadena odiosa, 
Verdugos son, ó mártires, en cruel y eterna lidia. 



Opresos ú opresores, mas nnnca ciudadanos 

De su deber esclavos, modelos de civismo. 

Que el sacrificio hagan de sus rencores vanos, 

Y hasta de sus agravios con noble patriotismo. 

Antes que armare! brazo de hermanos contra hermanos. 



No acuso á nadie. . ..Lloro la inútil esperiencia, 
De la que no aprendemos ni escarmentamos nada! 
Lo que sanciona el crimen y usurpa la violencia, 
La sangre derramada, la mísera existencia 
Que á todos nos reserva, la ley atropellada! 



No acuso á nadie .... todos, y yo como el primero, 

En días lamentables de vértigo y delirio, 

Sañudos esgrimiendo la pluma ó el acero. 

El seno de la Patria rasgamos lastimero, 

Hiél á su hiél mezclando, martirro á su martirio! 



XLV 

¿Y siempre será el mismo nuestro deslino impio? . . . 
¡Oh! no! Dios es piadoso, y el bien al mal domina; 
En tempestad deshecha, yo he visto el mar bravio, 
Y aunque dudé un momento, roto el celaje umbrío, 
Al suspirado puerto mi nave se encamina. 

Así en virjínea selva del suelo americano, 
Cual raudo meteoro, de pronto hirviente llama 
8e estiende, centellea, salta, se enrosca y brama 
En lenguas mil de fuego; flamíjero occeano. 
Que destrucción y muerte por donde vá derrama! 



Cae la jigante palma y el arazá rastrero; 
El fuego al par devora la ortiga y el aroma; 
La tórtola inocente y el tigre carnicero; 
La sierpe y la flor pura que su veneno doma, 
El vil carancho imbécil y el trinador jilguero! 



¿Por qué tan ciego encono? furor tan implacable? 
Cual torbos enemigos, la selva y el desierto, 
Tendían sobre el honibre su manto impenetrable: 
Y el hombre entre sus pliegues, anonadado, yerto, 
Auxilio pidió al fuego; fué el fuego inexorable. 



Dócil brotó ásu anhelo, y en igneo torbellino. 
Giró por el espacio cumpliendo su destino, 
Que era cubrir la tierra de fecundante abono, 
Y dar al jénio humano, ya espédito el camino, 
Nuevo horizonte inmenso donde elevar su trono! 



Acoje, Patria mía, y dá en tu seno abrigo 

Al hijo siempre tierno, que vuelve á tus hogares, 

Que compartir anhela tu gozo y tus pes'íres , 

Y si eres desdichada, llorar quiere contigo, 

Y si feliz, tu dicha doblar con sus cantares. 

Costa de Maldojiado, noviembre 20 de 1855. 

A. MAGARiños Cervantes. 



XLVI 
AL DISTINGUIDO POETA ORIENTAL 

D. ALEJANDRO MAGARIÑOS CERVANTES. 

CON MOTIVO DE SU REGRESO A MONTEVIDEO. 

Al avistar las costas Uruguayas 
Melancólico son lanza tu lira .... 
¡ Aún no pisas sus desiertas playas, 

Y ya tu pecho con dolor suspira! 

j Comprendo tu aflicción.' — En esas rocas 
Que se alzan colosales de la tierra, 
No ves el jénio de la paz que evocas. 
Sino el nuncio feroz de infanda guerra! 

No ves en esas playas movimiento, 
Ni el agrícola arado en sus campiñas; 
No ves en ellas pastoreo, fomento. 
Ni el rubio fruto de robustas viñas. 

Huellas tan solo de aflicción y luto, 
Amarga soledad, es lo que miras . • . . 
j Digno por cierto y ominoso fruto 
De belicosas, fraternales iras! 

¡Comprendo tu aflicción! — En tu cariño, 
Creíste hallar en tu patria la alegría, 

Y columpiado en la ilusión de un niño 
Diste vuelo á tu ardiente fantasía. 

Mas la avistas al fin : ante tus ojos 
Acerba y triste decepción se ofrece; 
Amargan tu placer hondos enojos 

Y el prisma seductor se desvanece! 

Nueve años ha que partiste 
De este pueblo, que es tu cuna, 
En pos de un nombre; fortuna 
Que tu afán te mereció. 
Nueve años que le dejaste 
Empeñado en cruda lidia 



LXVII 

Por rechazar la perfidia 
Que su existencia amagó. 

Nueve años, y ya tu lira 
Su triunfo vaticinaba : 
Porque la fé te alumbraba 
Con profética intuición. 
Nueve años, y ya entrevias 
El porvenir alhagueño 
De que en poético ensueño 
Te hizo Dios revelación. 

Vino el triunfo, y nos creimos 
Exentos de los errores • 
Que en imbéciles furores 
Nos lanzaron á la lid; 

Y nos llamamos hermanos 
Con ficticios juramentos, 

Y nos creimos exentos 
De la ambición y el ardid. 

Y vislumbramos entonces, 
Los que con fé nos juramos 
Mutuo olvido, vislumbramos 
A quel bello porvenir 
Que eu tu sueño columbrabas, 

Y en tus dulces poesías 
Como en caras profecías 
Mirábamos sonreír. 

Mas, ah ! . . , . tú bien lo dices: fué inútil la esperiencia 
Que nos dejó un pasado de oprobio y destrucción! 
Inútil ese ejemplo que pone en trasparencia 
Los tristes resultados de infausta desunión. 

La sed devoradora de la ambición espuria 
A nuevas disenciones bien pronto nos lanzó, 
Y nuestras esperanzas risueñas, en penuria 
Bien pronto, sí, lo miras!.... bien pronto convirtió! 
f»íNosotros merecimos la maldición del cielo ! 
Nosotros despreciamos su pródiga bondad: 



XLVIII 

Nos diera de riquezas un promisorio suelo, 
Y solo en él plantamos el jérmen de maldad. 

Ingratos derrochamos la paternal herencia 
Que en este suelo fértil nos dieron treinta y tres ! 
Hoi, viles, mendigamos el pan de la indijencia, 
Pendiendo hacia un abismo que se abre á nuestros pies! 

¿Qué fué de las virtudes de aquellos ciudadanos 
Que heroicos se lanzaron á lucha desigual? 
Que á fuerza de civismo y esfuerzos sobrehumanos 
Glorioso nos legaron el nombre de Oriental? 

¿Qué fué del patriotismo profundo y jeneroso 
Que hiciera renunciaran con honda abnegación, 
Por solo darnos patria, — doméstico reposo, 
Hogar, familia, bienes y toda otra afección ? . . . • 

Ah! todo, todo se perdió en el caos 
De nuestras miserables disenciones! 
Las virtudes de aquellos campeones 
Descendieron con ellos al ataúd!. . . . 
Deslumhrados sus hijos con la herencia 
Que muy temprano en posesión tuvieron, 
De su preciosa libertad hicieron. 
Insensatos! su propia esclavitud. 

Y no han bastado angustias á millares! 

Y no han bastado asolación y luto 

Para engendrar en nuestro pecho el fruto 
Que debió la esperiencia sazonar! 

Y no han bastado tantos sinsabores, 
Tanta sangre vertida, tanto llanto! 

Y no ha bastado desengaño tanto 
Para la venda del error rasgar! .... 

¿Y no habrá una esperanza entre nosotros 
Que eche cimiento al porvenir que ansiamos 
Un sólido baluarte en que pongamos 
Límites al desquicio jeneral. 
Los que fluctuamos con la fé en el alma 
De una bonanza pródiga en alhagos 



XLIX 

Que repare los bárbaros estragos 
Del hórrrido impetuoso vendaba!? .... 

Si ! tenemos aún esa esperanza 
Radiando en este caos de amargara, 
Como en medio del mar, en noche oscura, 
De un faro la esplendente claridad; 
Una noble projénie se levanta.... 
Y en esa juventud se cifra solo 
De nuestra dicha y salvación el polo, 
La esperanza de patria y libertad. 

Tú, en cuya frente brilla la aureola del talento, 
La inspiración que hiere tu armónico laúd; 
Tú, que has logrado un nombre de escelso valimiento. 
Tú, prez de esa ilustrada, patriota juventud ; 

¡Levanta, sí, levanta tu poderoso canto, 

Y anímala á que emprenda su espléndida misión; 
Arrójale una chispa del fuego sacrosanto 

Que debe del poeta templar el corazón i 

Indícale la senda que del error aleja; 
Infúndele creencias y aliento varonil; 
Enséñale la cumbre que el porvenir despeja, 

Y ayddale á que venza sus asperezas mil ! 

¡Levántate! — Sus pasos te seguirán doquiera 
En ese apostolado de regeneración. 
Levántate! seguro que el triunfo nos espera 
>Si impávidos llevamos la fé en el corazón ! 

Montevideo, 22 de Noviembre de 1855. 

H. C Fajardo. 



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